La paradoja de Wheeler

El 10 de diciembre de 2021, a las 23.14, William Wheeler comprendió que el pasado, el presente y el futuro no se suceden, sino que están conectados en un ciclo infinito.
Aquella mañana el pequeño William de seis años había ayudado a sus padres en la cosecha de naranjas del huerto, y acompañaba a su madre con la cesta a rebosar. Cuando entraron en la cocina, la cesta se volcó y unas pocas naranjas cayeron al suelo. A William le pareció ver que una, en lugar de chocar con la pared de piedra, se había esfumado como por arte de magia. Su madre no parecía haberse fijado en ningún suceso fuera de lo normal. El abuelo Bill apareció con una naranja en la mano y dijo algo sobre el cielo y la filosofía, y se había dirigido a él como Horacio. William pensó que el abuelo era muy mayor y debía de haberse confundido de nombre.
El abuelo estuvo más enérgico que otras veces durante el resto del día y William olvidó el extraño suceso de la naranja. Sin embargo, unas pocas horas después de que todo el mundo durmiera en sus habitaciones, el abuelo Bill lo despertó. Le pidió que no hiciera ruido. William, algo soñoliento, se dejó guiar de la mano de su abuelo hasta la cocina. Lo situó a un metro de la pared y le habló en murmullos. Le dijo cosas sobre el destino, el pasado y el futuro que el muchacho no comprendió. Tampoco entendió que su abuelo le invitase a dar un paso hacia la pared. Antes de soltarle la mano, su abuelo dijo:
—Todo está conectado.
Cuando atravesó la pared apareció en la cocina. Había dado un paso hacia la pared de piedra y sin embargo se encontraba delante del fregadero, con la pared a la espalda. No entendía nada. Comenzó a llamar a su abuelo. A golpear la pared para volver con él. Nadie parecía acudir a sus reclamos. La casa era la misma, pero con muebles de otra época. Salió al jardín llamando a su madre, cuando tropezó con una mujer desconocida. Ella le dijo que se llamaba Nancy Marsh y le preguntó cómo había llegado ahí. El pequeño William, con lágrimas en los ojos y con el deseo de volver con su madre, le contó a la señora lo que acababa de vivir.
La Sra. Marsh lo miró sorprendida.
—No es la primera vez que algo atraviesa la pared de la cocina —dijo. Había una suavidad en su voz que a William lo reconfortaba—. Esta mañana una naranja llegó rodando hasta mí. Fíjate tú, cuando yo nunca he cultivado naranjas.
La Sra. Marsh señaló hacia el huerto. El mismo lugar donde el muchacho y sus padres cultivaban naranjas. Ella lo invitó a pasar adentro y se extrañó de la manera de vestir del muchacho, muy distinta a lo corriente en 1955.
William Wheeler no volvió a ver a los familiares de su época. El pequeño William pasó de apellidarse Wheeler a Marsh, pues la Sra. Marsh lo acogió como a un hijo. Él iba cambiando de aspecto, al igual que la casa, cuyos habitantes también crecían, envejecían. En 1987, junto al amor de su vida, William Marsh tuvo una hija a quien llamó Joyce, en memoria de la madre que una vez dejó atrás. Y un año después, Nancy Marsh falleció a causa de un paro cardíaco mientras dormía.
El matrimonio Marsh cuidó de su hija Joyce, hasta que esta, en su juventud, conoció a un encantador Mike Wheeler. Años más tarde, William Marsh pasó a ser el abuelo Bill, cuando el matrimonio Wheeler, en 2015, dio a luz a un niño. Su hija Joyce insistió en que debía conservar el nombre del abuelo y lo llamaron William. William Wheeler.
Seis años después, el 10 de diciembre de 2021, el abuelo Bill percibió aquel día como un déjà vu desmesurado.
Todo cobró sentido cuando su nieto acompañó a su madre a la cocina. Él escuchó desde el salón como el muchcacho le decía a Joyce que una naranja había atravesado la pared.
—Hay más cosas en el cielo y la tierra, Horacio, que cuantas se sueñan en nuestra filosofía —dijo.
Durante ese día jugó más de lo habitual con su nieto. Cuando todos se hubieron acostado, el abuelo Bill entendió que no solo había distraído al muchacho, sino a sí mismo también. No obstante, interpretó que si su nieto no atravesaba la pared, todo lo que había construido a lo largo de los años se desmoronaría; su hija no nacería, y si ella no nacía tampoco lo haría él.
—No es otra cosa que una causa sin fin. Un destino ligado al siguiente. Todo está conectado —dijo dibujando una sonrisa, cuando su nieto atravesó la pared.
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