Ingeniero

Apenas acababa de recoger un cubo y ya volvía a caer agua de nuevo. Con un resoplido de paciencia, se dispuso a transportar el cubo que acababa de llenar hasta el depósito inferior. Con mucho cuidado el viejo ingeniero bajó por las rudimentarias escaleras labradas en la pared de la caverna. Cargaba el cubo de madera con ambas manos, para no desequilibrarse. Con cada paso el agua se balanceaba jugando a querer derramarse pero, ya eran muchos años y el anciano tenía muy controlada cada pequeña ondulación. Finalmente llegó hasta la zona inferior. Dejó el cubo junto a la màquina y miró hacia arriba. En la parte más alta de la abovedada caverna se abría un gran boquete y por este se colaba un rayo de sol. Adoraba estos pequeños momentos donde la cálida luz calentaba su pálida piel. Le recordaban a su juventud.

Recordó el día que llegó allí como si fuera ayer. Recordó despertar sobre un suelo arcilloso y seco. Recordó la oscuridad y el olor a humedad. Esa primera vez que vio la máquina. No recordaba cómo había llegado hasta ahí, ni su nombre, ni su edad. Sólo sabía que esa era la máquina y que, pese a su tamaño y complejidad, él era el único que sabía cómo funcionaba. Recordó esa primera vez en la que escuchó el agua caer. Un gran chorro de agua precipitándose desde el boquete, en lo alto de la cueva, hasta una especie de laguna que había en una zona elevada. Recordó sus pies moviéndose hacia las escaleras de piedra. No sabía nada pero tenía muy claro qué debía hacer. Subió por la espiral que formaban las escaleras hasta la zona superior. Una pequeña laguna le esperaba y junto a esta unos cubos de madera. Desde esa zona miró hacia abajo para ver desde donde venía. Pudo ver una zona plana, más bien arcillosa, la cual se asentaba en una especie de gran depósito vacío. Aquí se encontraba la máquina, de gran tamaño, y junto a esta una diminuta cabaña y un orbotrón, esa especie de esfera donde los astronautas entrenan su equilibrio. Observó con más detenimiento el gran depósito y vió que en la parte inferior había una pequeña cueva. Decidió que la exploraría más tarde, ahora debía recolectar el agua.

El anciano suspiró de nuevo al volver de ese recuerdo y una sonrisa le secuestró los labios. Cogió el cubo y, con mucho cariño, dejó caer el agua por la tolva inferior de la máquina. Esta empezó a recorrer los entresijos del gran aparato. A medida que el agua hacía su recorrido, los cristales de freón se iluminaban en destellos azules como testigos del paso del líquido. Al mismo tiempo, la campana superior se cargaba hasta el punto en el que una nube de vapor se acabó liberando por los tubos de descompresión que la rodeaban. No era un proceso rápido pero el ingeniero adoraba observar cómo funcionaba cada una de sus partes. Tras finalizar todo el trayecto, el agua volvía al exterior a través de un serpentín el cual la arrojaba al depósito inferior. Eso sí, muchísimo más fría de lo que había entrado.

Con la satisfacción del trabajo bien hecho, se dispuso a subir a rellenar el cubo con más agua. Lo había hecho tantas veces que se permitía el lujo de desconectar, poner el piloto automático y navegar un poco por sus recuerdos. Le vino a la mente el dia que decidió poner un sistema de poleas que le facilitara el trabajo de transporte de cubos. Al principio estuvo bien, pero le sobraba mucho tiempo que no sabía cómo usar. Así que decidió dejarlo todo como antes, pues disfrutaba más con el trayecto. También le asaltó el recuerdo de cuando quiso canalizar la laguna superior con la máquina, todo un error pues el aparato era incapaz de procesar tanta agua de golpe. Eso le acarreó muchas reparaciones. Recordó también el dia que se aventuró a explorar la cueva, en la parte inferior del depósito. Aquello no tuvo éxito. La oscuridad no ayudó y la curvatura de la cueva, ascendente hasta la verticalidad menos.

Cuando se dio cuenta ya estaba de nuevo de vuelta en la máquina. Un temblor sacudió el suelo. Con suma paciencia dejó el cubo y caminó hacia el orbotrón. Ajustó bien los correajes y se dispuso al giro. Toda la cueva empezó a inclinarse hasta alcanzar los 90º. Se mantuvo así unos segundos y, poco a poco, volvió hasta su posición original. El viejo ingeniero esperó unos segundos hasta oír el sonido de confirmación, más allá del boquete en lo alto de la caverna: “¡Mmm, qué fresquita! Mamá, ¿cómo hace el botijo para sacar el agua tan fresca?” Con paciencia se fue aflojando los correajes mientras una sonrisa volvió a secuestrar sus labios.
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