Números

Aquel martes, en la escuela, aprendieron el 100. Lo escribió varias veces, con cuidado, justo encima de las líneas celestes de su cuaderno. Y, algún día después, se vio sustituyendo los dos ceros por nueves. Luego, el uno por un nueve. 999. ¿Y si le añadía un 9 más? Ese era un número mucho mayor que cualquiera que le hubieran enseñado en clase. ¿Cuál sería el mayor número capaz de escribir?

En menos de una semana agotó el primer cuaderno, rellenando hojas y hojas de nueves. Las primeras páginas estaban cubiertas de nueves redondos y ordenados, con una hermosa caligrafía, que se fue descuidando a medida que completaba el cuaderno. Cuando escribió un nueve en la esquina de la última página, sintió un pequeño sobresalto, un vuelco al corazón, como cuando olvidas las llaves de casa nada más cerrar la puerta. Pero respiró profundo, miró a su alrededor, y empezó un cuaderno nuevo.

En cuestión de meses agotó los cuadernos de casa, incluso terminando los empezados, usando los folios sueltos, pintando la agenda de contactos de su madre, los márgenes de los periódicos. Hasta que llegó un día en que no quedaba un hueco de papel sin rellenar… Y escribió un pequeño 9 en la esquina de su mesa. Y después otro. Y otro 9. Y cubrió la mesa de homogéneas líneas de nueves, con la esperanza renovada de escribir un número gigante, ahora que la cifra no dependía del papel, sino de la superficie donde escribirlo.

Y, entonces comenzó a escribir nueves en el resto de los muebles, en las patas de las sillas, en las lámparas, en las puertas. Cubrió las ventanas con nueves de múltiples formas y tamaños. Había nueves en los huecos de los radiadores, en las macetas de las plantas, en los azulejos del baño, en el espejo del hall. Usó incluso los platos, las copas de cristal de bohemia (en estas los pintaba con extrema delicadeza para no romperlas), los ceniceros o las sábanas.

Llegó un momento en el que no le quedó más remedio que seguir por el descansillo. Los vecinos protestaban al ver las paredes, buzones y puertas repletas de nueves. Pero nadie podía pararla. Extendió su tarea al colegio. Pintó nueves en pizarras, bancos, extintores y escaleras. Cubrió las campos de fútbol y de baloncesto, las baldas de las espalderas del gimnasio, los grifos del baño, los retretes. Desde Febrero hasta final de curso no se pudo proyectar nada en el salón de actos, ya que ni siquiera la gran pantalla quedó libre del asedio.

Un día, volviendo a casa, se fijó en los muros de su ciudad. Estaban en cada edificio. Los llenó de nueves, a menudo subiendo por balcones de forma arriesgada. Superó el miedo a las alturas; los tejados de la ciudad se convirtieron en el lienzo en el que escribir el mayor número de la historia. Desde ellos, observó el inmenso paisaje y decidió comprar pinturas especiales para para carreteras.

Recorrió kilómetros durante años, pintando nueves en los caminos y paredes del mundo. Aprovechaba incluso los viajes, ya fuera en barco, en tren o en avión, para dejar su novena huella en el correspondiente medio de transporte. Pasados los años, llegó a desarrollar técnicas para tallar nueves de manera rápida en las duras rocas de las montañas o para grabarlos en las volátiles arenas de los desiertos. Ninguna superficie del planeta quedaba libre de su objetivo.

Hasta que, una noche, en el altiplano, mirando la luna en un cielo de cuento, observó su cráteres y su blanco suelo. Las miles de estrellas brillando a su lado, rodeada, cada una de ellas, de enormes planetas, con inmensos espacios en los que escribir nueves, nueves, y más nueves… Y entendió, con calma (y un poco de vértigo), a que se refieren con el infinito.


Para la Helena que descubrió el infinito en clase de Lengua
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