De cómo los Humanos fueron regalados

Al principio en el Todo sólo había Nada.
Y Krönecker, el Hacedor, creó al Uno, origen del Algo. Y luego creó al Dos. Y más tarde al Tres. Y a éstos los llamara Caprichos.
Pero viendo que era aburrido crear uno a uno todos los números, ingenió la forma de crearlos a todos.
Y Krönecker observó que le bastaba con dar vida a los Caprichos, sus números esenciales. Le resultó grato y entretenido crear al 5, al 7 y al 11, al 13, al 17 y al 19 y al… Y aunque pareciera que se le hubiere olvidado el 4, el 6, o el 8, el 9 o el 15, nada más lejos de la realidad. Sólo una mente creativa como la suya pudo diseñar tan perfecto mecanismo con el que despertar a los números destinados a gobernar el Universo.
Para ello el Hacedor proporcionó a los Caprichos la capacidad de replicarse discrecionalmente al modo al que lo hacen las gotas de agua. En breve, el Todo que había sido Nada hacía un instante, se llenó de copias de doses, de treses, de cincos, de sietes… y era tal su avidez clonadora que hubo Krönecker que dispensarles de un sistema inhibidor para que no desbordaran el Todo que había sido Nada.
Y se dijo, “Hágase que los Caprichos generen nuevas estirpes de números”.
Y así hizo, y creó el Producto. Y dispuso que algunos doses –todos clones, pero no idénticos- se sintieran atraídos por algunos cincos –todos clones, pero no idénticos- y generaron el diez. Y Krönecker vio que el diez no había sido obra suya, sino del dos y del cinco. Y se sintió reconfortado de la plenitud que había creado.
Y así, asomado al mundo de los números que germinaban por doquier, disfrutó de la perfección de su obra y contempló cómo algunos emparejados doses desarrollaban querencia por algún cinco al que se adhirió un caprichoso tres para gestar nada menos que al sesenta. Y fue tan de su agrado que decidió que a partir de ese momento los relojes del universo marcarían el tiempo en bloques de sesenta pulsos de su corazón.
Krönecker que gustaba de poner nombre a todo, llamó a este fecundo paraíso numérico Le Grand Jardin du Demi-groupe Abélien, el más bello jardín de Ideas que Platón hubiera nunca podido imaginar.
Y fuera este el regalo que Krönecker hiciera a los Humanos que habitaban la Tierra: “Tomad y disfrutad de la belleza de mi jardín de números.” -les dijo; “Es para vosotros. En ellos encontraréis los secretos del TodoQueFueNada.”.
Y los Humanos se sintieron arropados por el abrigo del Conocimiento. Y se revolcaron entre los números y los disfrutaron y los amaron.
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