Huellas en el suelo, voces en La Tierra

Mírame desde las alturas que ves desde tus zapatos. Hoy te pido que descubras quién soy, quién eres conmigo y quién serías sin mí.

Tardé tiempo en nacer, tardé tiempo en crecer, tardé tiempo en ser. Vivo debajo de ti, vivo en La Tierra, vivo por todos, vivo por ti y por mí. Existo para protegerte, para darte alimento, para darte agua, para que camines y corras. Mi pasado es tu futuro. Tengo varios nombres: tierra, polvo, sustrato… pero SUELO conformarme con que aprendas uno.

Soy hijo de la roca y del tiempo. El agua y el calor del pasado ejecutaron su fragmentación; quedó hecha pedazos, canjeando así su existencia por la mía. Agua y calor de un pasado tan remoto como el presente mismo, una evolución constante detenida tan solo por los periodos glaciares, por los fríos extremos, solo cuando el hielo se posaba sobre mí. ¿Lo ves? Hasta el hielo descansa sobre mí.

Los científicos me llaman cambisol, fluvisol, leptosol, regosol y de otras maneras. Como tu piel, mi cuerpo es de diferentes colores: rojo, verde, gris, marrón, negro, blanco… Soy liso o rugoso, estoy compacto o disgregado, estoy sediento o emana agua de mí. Soy tan diferente de mis semejantes, que nunca nos encontrarás repetidos en el mundo porque, como las personas, somos únicos.

Tengo un hermano muy especial. Se llama Terra preta y vive en el Amazonas. Nuestra madre le confirió un cuerpo muy rojo, y no es que diera mucho alimento. Siempre sirvió a su población humana como pudo, con escasos recursos, pero ellos le cuidaron tanto, dándole de comer, que acabó cambiando de color. Durante siglos se han mantenido unidos, respetándose unos a otros. Genera tanto alimento como el que recibe, manteniendo su equilibrio hasta nuestros días.

Tengo otro hermano muy curioso. Vive cerca de los polos y se llama permafrost. Seguro que ya oíste hablar de él, pero apuesto a que no sabes por qué es tan importante. Durante muchos años, ha ido creciendo y dando soporte a pequeñas plantas. El frío constante hizo que estuviera congelado y todo lo que moría, pasaba a integrar su estructura helada. Tantos siglos con esa vida, le han permitido almacenar carbono, un viejo amigo.

Los suelos somos una familia que no deja de crecer, o al menos lo hacíamos hasta hace unos años, hasta que llegásteis tú y los tuyos. Durante largo tiempo, he vivido con los humanos primitivos en amor y compañía, me cuidaban y les cuidaba. Entendieron cuáles eran mis necesidades, cómo me debían proteger y, a cambio, les di alimento y agua. Como te dije antes, los nativos del Amazonas acabaron formando a Terra preta, un hermano raro al que llevó tiempo formarse, a base de darle mucho de comer, y que logró dar alimento a toda su población. En el resto del mundo, no es que se hayan preocupado mucho por mí...

No entiendo qué te pasa. Si me destruyes, te destruyes. ¿Aún no comprendes la necesidad de mi existencia? Por desgracia, mi futuro depende de ti. Son muy pocos los humanos que se preocupan por conocerme, y les estoy muy agradecido, pero necesito algo más. Todo mal que me hagas repercute en el resto: el agua, las plantas, los animales… ¿Has visto a alguien cultivando sobre la roca? ¿Has visto a alguien que pueda vivir sobre suelo contaminado? Todas tus malas prácticas impactan en el resto de seres vivos. Si me dejas desnudo, vendrán el agua y el viento para llevarme; si me echas agua contaminada, nadie crecerá sobre mí; si me remueves en exceso, tus plantas acabarán creciendo mal sobre mí.

Respétame. No te lo pido como un favor, sino como una necesidad para ambos. Dame oxígeno, alimento, protección, y te prometo que entregaré todo lo que tengo para que tú y tus hijos viváis. Somos uno, no lo olvides. Tus huellas son mi historia, surcos del vínculo entre el humano y su hogar. El suelo que pisas es la Tierra que nace, el pasado que nunca se extingue en la memoria de la casa común.
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