Antirrelato

Subimos como hormigas inquietas por la Rue Démocrite. Las nubes también han madrugado y, como diría mi madre, hace de cuellito alto.
Cecilia lleva el abrigo desabrochado. “Es que es finlandesa”, me digo a modo de consuelo mirando su melena rubia. Cecilia trabaja en Naciones Unidas. Me habla del proceso constitucional sirio. Yo, por añadir algo de contexto, cito al filósofo que ríe.

La calle es larga como pata de saltamontes. “Ahí está Ana”, dice en un idioma forastero. Señala un viejo hangar que conserva la esencia del cobertizo en ruinas en el que Maria Curie montó su propio laboratorio.
Ana es física. La cremallera de su abrigo sellada hasta la glotis. Su pelo también rubio, un girasol en vacaciones. “¿Has estado en Barcelona?” pregunta siempre que alguien se interesa por sus raíces. “Pues donde el aeropuerto, de ahí soy, del Prat”. Ana es física porque mira su alrededor con ojos de madre.

Colisionamos flojito con ella. Nos abrazamos para compartir un poco de la ilusión y el calor que arrastramos. “¿Preparadas?”. Ana, como una Willy Wonka de la ciencia, se gira para abrirnos las puertas a lo hasta ahora desconocido. “Bienvenidas a la fábrica de antimateria”.
Máquinas polvorientas, pesadas, algunas tintadas de rojo y azul, otras recubiertas con papel albal como bocadillos de recreo. Marañas de fibras y cobres, destellos y ecos intermitentes, estanterías llenas de ordenadores. Yo, que aprendí a caminar entre versos y lienzos, que tengo el pelo oscuro como ojos de gorrión, siento estar en la sala de máquinas de la USS Enterprise.

“Aquí es donde fabricamos antimateria, y eso qué es, os preguntaréis”. Cecilia y yo entramos de la mano en la incertidumbre. “La materia está formada por partículas y, para cada una de ellas, existe su contraria: una partícula idéntica, pero con carga opuesta”. Esta idea, que en su momento abrió la posibilidad a la existencia de universos de antimateria, atravesó mi cosmos particular.
Ana y su sonrisa de niña frente a la tarta de cumpleaños nos guían y explican. Cecilia y yo asentimos con cautela para que la teoría sedimente. “Esta es la joya de la corona: el desacelerador de antiprotones, que lleva aquí desde el año 2000. Con él ralentizamos los antiprotones para poder investigar sus propiedades”.
Cecilia inmortaliza con su iPhone la curvatura del gigantesco anillo. Un anillo orquestado por los mejores imanes de la clase. Ana ya ha soplado las velas y yo pienso en las limaduras de hierro que bailaron ante Faraday.
Damos vuelta y media al desacelerador como quien entra perdido a una rotonda. Tomamos la única salida sin señales de “PELIGRO” o “RADIACTIVIDAD”, donde Ana espera sin prisas. “¡Ah! Una última cosa. Si la materia y la antimateria entran en contacto, se aniquilan. Desaparecen en un destello de energía”.
Fuera, los viejos Alpes nos reciben con la ilusión de quien espera a que sus nietas salgan del colegio.

Las migajas que Ana fue dejando resuenan en mi cabeza como latidos después de una carrera. Gravitan en torno a bocetos previos, cada vez más protagonistas, hasta que se funden como los hielos en el café. Por eso al abrir la nevera y ver el tupper de berenjenas rellenas, imagino el sabor de una antiberenjena rellena. Y al acariciar al perro de la vecina me pregunto si el antiperro estará contemplado en “El origen de las antiespecies”.
Pienso en nosotros, que no somos más que garbanzos en un gran cocido. “Y, claro”, me digo, “si también somos un puñado de partículas, ¿existirán unos antinosotros, nuestros antigarbanzos?
Pienso en mi antiyo, en qué estará haciendo, en si será tan friolera. Pienso también en la posibilidad de conocerme, pero eso, incluso si fuese posible en la manera en que ahora lo es en mi constelación mental, no lo desearía. Darle la mano o un efusivo abrazo a ese yo antónimo significaría fulminarnos. Conocernos sería aniquilarnos. Saturno devorándose a sí mismo.

Me ovillo en sábanas de franela y sigo fabricando en mi telar antibufandas y antiteorías que Ana me ayudará a descoser de día.
Sueño con el anticocido del domingo.
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