Alta rentabilidad a corto plazo

—Veinticinco años después, la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP50) volvió a celebrarse en Madrid. Por aquel entonces, negar el calentamiento global estaba fuera de cualquier discurso político: el nivel del mar había subido casi medio metro, aunque Sevilla todavía no tenía playa. Pero adoptar medidas que atentaran contra el desarrollo industrial era algo muy diferente. Así, pues, la tendencia de mediados del siglo XXI pasó no por negar la evidencia científica, sino por la inacción política: en Madrid se firmó el primer pacto por la reactivación global, un pacto por el progreso a corto plazo que hipotecaba el futuro.

—Maestrobot, ¿cómo podemos saber si había intencionalidad en su inacción?

—Podríamos holovisitar aquella conferencia para calcular la intencionalidad de sus discursos, pero el punto de esta primera parte de la clase es explorar los costes de la inacción. El mal puede ser muy banal, la irreflexión puede generar más desgracias que todos los impulsos malvados del ser humano juntos.

Esa es una de las lecciones que se pueden aprender del siglo XXI. Pero, ¿cómo se llegó hasta ahí? Con la llegada de la primera pandemia vírica mundial, el teletrabajo se hizo fuerte y el círculo se fue cerrando: los trabajos poco cualificados eran precarios y presenciales y los altamente cualificados, que sólo podían llevarse a cabo de forma presencial, se subieron al carro de la precariedad. La aparición de los Zoomjobs, como se llamaba a los desempeñados estrictamente en remoto, junto con la privatización total de la sanidad, generó el mayor nivel de desigualdad en Ibérica desde el feudalismo; y separó físicamente a la población, que vio cómo la clase presencial se distribuía hacinada por las grandes ciudades y las inestables zonas de nuevacosta, mientras que la clase remota habitaba los complejos rurales del interior y la sierra.

Todo esto ocurrió antes de la reforma parental, cuando el modelo de crianza todavía no era invertido y los mismos individuos eran mapadres y gestadores. Se necesitaba toda una infraestructura educativa destinada al control matinal de los infantes que permitía a los mapadres compaginar trabajo y mapaternidad. El coste de este sistema afectaba en mayor medida a la clase presencial. Además, el período de recesión económica había limitado la capacidad de los jóvenes para tener descendencia, retrasando la mapaternidad y lastrando la calidad de los fetos. Con el lema: “un regalo altruista para el bienestar de las generaciones futuras”, el Partido por el Progreso Sostenible (PPS) se hizo con la victoria electoral e instauró la reforma sobre el control de la natalidad: desdoblar la mapaternidad en cuidadores y gestadores. La reforma social establecía un servicio gestador obligatorio a los veintitres años cuya progenie sería criada por los gestadores de sus gestadores (quienes eran conocidos como “abuelos”). Se estabilizaba así la crianza, garantizando la idoneidad biológica a la vez que se encargaba el cuidado a la generación económicamente asentada. Pero habría damnificados: la primera generación tendría que asumir el cuidado de su progenie (los “hijos” de antes) y de sus hijos (antes conocidos como “nietos”); son los que hoy conocemos como los padreabuelos altruistas o generación perdida.

—Pero, maestrobot, ¿no tenían forma de solucionarlo con la tecnología de la época?

—Hubo un momento en el que parecía que las incubadoras acabarían con el modelo de crianza invertida, pero la gestación artificial nunca llegó a pasar de la experimentación animal. ¿El motivo? Había que invertir en una tecnología que reduciría la tasa de renovación de la población: los ciudadanos podrían elegir el mejor momento para tener hijos, pero eso suponía perder una de cada dos generaciones. Era un ataque a la pirámide poblacional y estaban en juego las pensiones.

El verdadero objetivo del PPS era establecer un esquema Ponzi, una estafa piramidal, a costa de la habitabilidad del planeta. En una estafa piramidal los primeros que se suben al carro obtienen beneficios, provenientes del dinero que invierten nuevos socios que ingresan al negocio. Pero la cantidad de nuevos socios tiene que seguir incrementando, ya que hay más "ganancias" que repartir y si el dinero no llega, saltan las alarmas. Por eso la natalidad, así como la producción industrial tenían que seguir aumentando, para mantener el abastecimiento y las pensiones, la estabilidad y la riqueza.

La izquierda del momento propuso un sistema de gestación y crianza pública que amenazaba con trastocar el estatus quo y abolir privilegios. No se aprobó. Hacía más de un siglo que el pueblo estallaba en alaridos ante cualquier atisbo de equiparación social. Y se decidió democráticamente. La campaña del referéndum se centró en ensalzar los valores del regalo generacional altruista y el principal sector en contra fue, precisamente, aquella generación de padreabuelos que acababa de terminar su segunda crianza.

—Pero ahora hay desabastecimiento y la clase presencial no puede vivir en tierra firme...

—Hipotecaron el futuro.
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