Obsolescencia programada

No era la primera vez que me sometía a un trasplante. Años atrás había perdido la pierna derecha en un accidente de moto. Los médicos lo habían descrito con crudeza: “Miembro inferior derecho catastrófico. No susceptible de reparación. Se prescribe sustitución con prótesis orgánica”. Yo diría que fueron crueles, pero ellos dijeron “profesionales”. Afirmaron que la buena praxis les exigía ser descriptivos, impersonales, y evitar interpretaciones erróneas. Así procedieron entonces.

Con profesionalidad amputaron y sustituyeron mi pierna destrozada por una generada en un cultivo de mis propias células, extraídas y conservadas en BioBank, el banco celular del sistema sanitario. Desde que el Consorcio dirige la política sanitaria global, todos los ciudadanos de la Unión de Estados estamos obligados a aportar un diez por ciento de nuestra prestación prejubilar para garantizarnos repuestos orgánicos perpetuos. ¡Qué alivio!

Poco después vinieron las intervenciones de pulmón, laringe y vejiga, todos sustituidos por otros órganos también cogenerados en procesos biocelulares. Afortunadamente éstos nunca sufrirán degeneración por cáncer, pero ya no puedo fumar los mentolados que tanto me gustaban. A veces olisqueo en el ambiente rastreando el humo de algún fumador, pero cada vez son más difíciles de encontrar. Primero fueron las prohibiciones, luego el rechazo social, y ahora una conciencia colectiva nos aleja de hábitos insolidarios.

Por suerte, con mis antecedentes ya me sentía un veterano en los hospitales. La intervención de hoy sería rutinaria: un sencillo cambio de mi hígado graso por uno sano, criogenizado a -80ºC. Un exclusivo modelo Ícaro de última generación. Sin embargo, se trataba de un órgano de único uso e imposible de regenerar. Era una intervención que sólo se podría hacer una vez. Nada podía fallar.

Reflexionaba sobre ello durante la última hora, desnudo y acostado sobre la camilla, y con todos mis sentidos alerta, era consciente del ambiente frío y aséptico del quirófano. Percibí corrientes de aire que dispersaban un ligero aroma a éter con lavanda -qué extraña mezcla, pensé-, incluso la música ambiental era incapaz de inducirme el deseado estado de relajación, tal vez porque por fin pude conocer al equipo de cirujanos, y éstos no eran humanos.

El Consorcio había hecho propaganda durante años sobre la compra de robots y máquinas de todo tipo capaces de ejecutar los actos quirúrgicos más complejos. Las estadísticas de éxito en las intervenciones por estos medios y la enorme reducción de las infecciones les habían dado la razón. Los médicos tradicionales habían abandonado la cirugía, y ejercen, desde entonces, solamente materias de diagnosis y prevención. Algunos alertaron del riesgo que suponía dejar a las máquinas al frente de las decisiones más importantes, pero por el bien de la ciencia se había impuesto la eficacia. En los últimos años se cuentan por millones las cirugías de precisión optimizadas por inteligencia artificial.

El equipo que habían asignado a la mía estaba formado por tres androides dirigidos por otro, de nombre Androx, claramente más evolucionado. Éste me explicó que no sería necesaria la sedación, pues utilizarían hipnosis inducida por hologramas hasta lograr una anestesia total. “Con ello se evitan complicaciones sin necesidad de dormir al paciente” -prosiguió con voz metálica, dando órdenes concretas a los otros- “Corten aquí, bajo el plexo. Correcto. Hagan la incisión, diez centímetros. Correcto. Otra incisión, ésta más larga y profunda. Correcto. Extraigan. Correcto. Cautericen. Correcto. Limpien la zona. Correcto”.

Todo parecía ir bien hasta que uno de los auxiliares abrió un contenedor refrigerado y, tras una bocanada de vapor helado, extrajo el órgano biónico protegido dentro de una bolsa de vacío. No pude ver la etiqueta, pero Androx la leyó para mí:
“Ícaro O.P 5. Obsolescencia programada, cinco años. Correcto”.
Entonces le vi sonreír.
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