Memorias del sotomueble

–Mamá, yo sé que le tienes mucho cariño al gato, ¿pero no ves todo el pelo que suelta? No puedo barrer tu casa cada día y…
–Y qué quieres que haga, ¿que lo regale? Bueno, sí es verdad que hay bastantes pelusas, pero…
–Eso ya no son pelusas, mamá, solo les faltan patas para salir andando. Pero si no quieres deshacerte de la bestia, creo que tengo otra solución…

Allí agazapada tras la puerta, la horripelusa Francis observaba el salón con sus ojos horripelusiles. Podía sentir en sus ácaros que se acercaba la hora del sustento. Echó un vistazo hacia el sofá; la amenaza que allí se escondía le devolvió la mirada con ojos depredadores. Eran horripelusas de sotosofá, muy diferentes de las del parqué, grandes y densas, con largos cabellos entrelazados con las finas hebras del animal creador.
Pronto, éste vendría a alimentar a todos los habitantes del ecosistema de sotomueble con sus mechones de muda. Todas estaban esperando ese momento.
Mientras observaba, Francis hizo balance de la última incursión del gran depredador. La escoballena se había llevado a todos aquellos que no pudieron esconderse a tiempo. Sus largas barbas filtradoras habían seleccionado una vez más a los incautos y a los tardones para la extinción.
De repente se le erizaron los ácaros de la nuca, por el rabillo del ojo vio como una de sus hermanas más jóvenes salía de debajo de la sotosilla. Desde allí había visto llegar al animal creador.
¡No! ¡Todavía no! Dijo Francis para sus adentros. Una horripelusa depredadora se abalanzó desde el sotosofá y la incauta fue devorada en una nube de polvo.
El sotomueble es un ecosistema despiadado.
El ronroneo del gato puso todas las horripelusas en alerta. El animal irrumpió con un salto precipitado y aprovechó para rascarse en la pata de una silla, soltando un buen mechón de pelos. Luego se detuvo a rascarse detrás de la coronilla con una de sus patas posteriores. El pelo caía a cada gesto. Con un salto final el gato salió de la habitación.
Francis se precipitó junto a sus hermanas hacia todo ese manjar. Sus ácaros se agitaban de emoción. Rodó veloz sobre sus escamas de piel muerta e hizo acopio de tantos pelos como fue capaz de asimilar. Siguió rodando grácilmente con sus patas horripelusiles hasta que alcanzó de nuevo la seguridad de la puerta. Se planteó volver a salir, aún había muchos pelos en el suelo, pero su instinto le hizo esperar. Notaba temblar el suelo, cientos, miles de patas galopando al unísono.
Una estampida de peces de plata irrumpió en la habitación invadiendo todos los rincones y arrollando a todas las horripelusas que aún se alimentaban en el parqué.
¡Qué modales! Pensó Francis. ¡Y qué raro también, no suelen mostrarse en pleno día!
Sin embargo, pronto fue patente que los pececillos de plata no estaban allí de paseo, huían, huían de una nueva especie nunca antes vista. A paso lento, entró un disco con patas circulares y aliento aspirante.
El sotomueble contuvo la respiración. El disco puso rumbo hacia la sotomesa, sin detenerse ni vacilar. En su camino había aún muchas horripelusas dándose un festín de pelos. Detuvieron el ágape para mirar fascinadas esos bigotes danzantes. Muchas de ellas se acercaron, con curiosidad. Se asomó la primera a sus fauces y fue absorbida por un viento de olvido.
¡Se desató el caos! ¡No tenían a donde huir! Trazando un rumbo zigzagueante, el nuevo depredador acabó con las pelusas y su fuente de alimento.
Esa especie invasora reestructuró el ecosistema del sotomueble. Ya no hubo más pelos ni escamas de piel de las que alimentarse. Las horripelusas supervivientes se vieron empujadas a un canibalismo fútil. Al cabo de una semana, solo sobrevivían unas pocas de ellas, que tenían los días contados.
Francis aún sobrevivía, pero estaba sola. No se atrevía a salir de detrás de la puerta. Había adelgazado, los ácaros la habían abandonado. Hambrienta, no pudo resistirse a salir de su escondite al ver pasar a la bestia creadora. Pero se había vuelto tan liviana que el trote del gato la elevó por los aires. Una corriente la llevó más allá de la ventana hacia el exterior desconocido.
Justo antes de cruzar el umbral de la ventana se giró y gritó: ¡Venganza!

–Funciona bien, ¿verdad?– dijo el hijo –hice bien en regalarte la Roomba, ¡no me dirás que no!
–No sé, cariño, donde esté una buena escoba…
–Mamá, admítelo, no has vuelto a ver esas horribles pelusas, ¿no?
–Sí, es verdad, pero ahora lo encuentro todo, no sé, más baldío– la anciana sin embargo sonrió a su hijo –no me hagas caso, me hago mayor…
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