El universo en una cesta

Sus padres no estaban especialmente instruidos, pero cuando querían hablar delante del niño sin que les entendiera, tenían la costumbre de emplear sinónimos poco frecuentes. Por ejemplo, se decían cosas como:

—Hoy el vástago del limítrofe ha vilipendiado al preceptor en la escuela.

Y así es como a los diez años ese niño raro nunca llevaba regalos a los cumpleaños de sus compañeros, sino que llevaba dádivas para el agasajado. El truco de sus padres funcionaba parcialmente, ya que él no entendía esas palabras cuando las escuchaba, pero sí más tarde cuando se quedaba a solas en su habitación. Todo gracias a la señora Estrella. Un día, él y dos compinches ayudaron a la viuda a limpiar su pequeño jardín de malas hierbas y de hojas secas. No fue gran cosa, pero ella agradeció mucho la ayuda y la compañía esa triste tarde de invierno. Así que, cuando terminaron, los llevó a ver al librero y les dijo:

—Elegid uno cada uno. El que queráis.

A esa edad la mayoría de los chicos buscaban gestas, intriga, luchas… Así que uno de ellos eligió a Verne, el otro a Salgari. Pero él se lo pensó un poco más. Había que elegir bien. Y ya cuando la señora Estrella empezaba a abrir la boca para meterle prisa, señaló el estante más alto y dijo:

—Quiero ése. El que las tiene todas.

—¿Todas las qué? —dijeron el librero y la señora Estrella casi a la vez.

—Todas las palabras. —contesto él. Y mentalmente añadió—: Si las conozco todas podré inventar las aventuras que yo quiera.

Desde ese día, cada noche antes de dormir, consultaba en el diccionario los significados que sus padres habían querido, con buenas intenciones, ocultarle. Y ese diccionario le acompañó en secreto el resto de su vida.

***

Un día de finales de junio pasó, como cada tarde a la salida de la escuela, frente a la verja del patio de la señora Estrella. Ya casi tenía preparada la sonrisa exagerada que siempre le dedicaba mientras ella bebía horchata en su mecedora de mimbre. Pero aquel día la mecedora estaba vacía, así que se detuvo y se acercó a la verja. Se le paró la respiración cuando vio que tras el macizo de hortensias asomaba una pierna. Sin pensarlo, salió disparado en busca de ayuda hasta darse de bruces con un adulto cualquiera, al que le gritó:

—¡A la señora Estrella le pasa algo!

***

Aunque poco después del incidente comenzaron las vacaciones y ya no hacía ese camino, cada día se las ingenió para pasar casualmente frente a la valla de la señora Estrella. Sin embargo, la mecedora siempre estaba vacía. Cuando preguntó a sus padres, se limitaron a decirle que la viuda había sufrido un parraque, pero esa palabra no estaba en su diccionario. Hasta que al cabo de un mes ahí estaba ella: meciéndose y bebiendo horchata como si tal cosa; como si el tiempo y el mundo no fueran con ella.

—Me han contado que fuiste mi salvador —le dijo—. Pasa, tengo algo para ti.

La siguió hasta el salón de la casa, oscura y sombría. Encima de la mesa había preparada una gran cesta de mimbre atestada de objetos. La señora Estrella se giró hacia él, se agachó ligeramente y le susurró:

—Aquí no sólo están todas las palabras. Aquí está todo.

—¿Todo? —dijo él, confuso.

Se acercó tímidamente a la cesta. Primero husmeó como un ratón. Más tarde se atrevió a tocar y a sacar objetos: un microscopio, una tabla periódica, un globo terráqueo, el modelo de un esqueleto humano, un pequeño telescopio, matraces, curiosas reglas y otros muchos instrumentos de los que desconocía completamente el nombre y el uso.

—Con lo que hay aquí puedes saberlo todo, pero depende de ti descubrirlo.

***

Y éste es un pequeño fragmento de la infancia de Santiago Ramón y Cajal. ¿O quizá fuera de Severo Ochoa? O de Margarita Salas, Juan de la Cierva, Emilio Herrera, Josep Comas i Solà, Ángela Ruiz Robles… No sé… Es un detalle menor que no recuerdo. E se non è vero…
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