A hombros de gigantes

Recogió todos los instrumentos que estaban desordenados, lavó los frascos que quedaban y apagó la campana donde se encontraba el agua regia, no sin antes cerrarla. Limpió con cuidado todas las superficies y el suelo. Era arde y estaba cansada, pero había que hacerlo; mañana sería otro día de trabajo duro, de investigación minuciosa, y había que dejar el escenario en condiciones. Cuando acabó de repasarlo todo apagó las luces y cerró con llave el laboratorio. Fue al vestuario, se quitó la bata y se cambió los zapatos. Salió por fin a la calle, el aire fresco y ligero de octubre le acarició la cara con cariño. Eso le animó el espíritu, pero en cuanto el aire se alejó en su galope molecular el recuerdo de todo lo que quedaba por hacer le cayó en el cráneo como un yunque de plomo. Tenía que ir a la estación de metro, recorrer las 15 paradas luchando contra el sueño, que siempre le perseguía por los vagones. Tenía que tomar después el autobús, media hora, bajarse en San Mateo y caminar hasta casa, subiendo la cuesta de Preciados y las escaleras del Real. Tenía que arreglar lo de la solicitud y poner la lavadora, cenar lo que Javier hubiese preparado con el poco tiempo que tenía, una tortilla ridícula seguramente. Tenía que estudiar para los oposiciones, por lo menos un rato, porque solo faltaban dos meses y no lo llevaba tan bien como debería... Hasta dormir se le presentaba como una tarea agotadora. Estaba harta. Completamente harta. No cobraba un duro, se deslomaba todos los días, pero no salían plazas ni ofertas ni nada. El estudio parecía cada día más absurdo e inútil y rendirse la única opción inteligente ¿Valía la pena? Dios.
Se dio la vuelta y observo el instituto de investigación. Se veía imponente en el silencio, con las luces apagadas, aguardando en calma a ser escenario de la heroicidad. Hace tan solo dos semanas había sido testigo de un avance casi definitivo en el desarrollo de la vacuna.
Una nueva ráfaga de otoño. Salió de su pensamiento, se apoyó en el aire y se dirigió a la boca del metro.
Al otro lado de la puerta se escuchaba la televisión. Con certeza encontraría a Javier en el sofá, agotado y roncando. Giró la llave con cuidado y le sorprendió una figura diminuta delante de la puerta, con pelo largo y pijama de flores. La observaba con ojos enormes, pero medio dormidos.
—Oiga señorita, ¿qué hace usted levantada a estas horas?—Le preguntó susurrando
—Hola mami. Es una sorpresa, esperé a que llegaras, ¿te gustó?—Somnolienta.
—Mucho muchísimo, es la mejor sorpresa del mundo mundial!
—Mamá una pregunta.
—Dime, hija.
—A que tu eres la mejor limpiadora del mundo?
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