¿Entonces no existe la magia?

¿Entonces no existe la magia? ¿Por eso no puedo volar? Pero es que mamá, tiene que haber, no podemos estar solo así en un mundo tan aburrido ¿o sí?
Aunque en retrospectiva me parece obvio, en un principio no pude comprender la razón por la cual mi abuela ignoró en su totalidad ésta gran inquietud naciente. Era un día de pájaros cantores, viento cosquilloso y abrazos de Sol; antes de la gran pregunta paseábamos bajo las jacarandas camino a casa tomadas de la mano mientras hablábamos de los seres y cosas voladoras de este mundo, al dar por finalizado el tema y como conclusión, mi pequeña-yo del kínder enunció con aires de sabionda “Pero ningún humano puede volar”, mi abuela repitió sonriente “Ningún humano puede volar” a lo que repliqué de manera inmediata “Sólo yo”. Mi abuela volteó con sus grandes ojos pardos abiertos de par en par “¡Ay, mi chiquita! No digas eso, es peligroso. Hay maneras de hacerlo, pero tú, como todo ser humano, no puede volar”.
“Oh, vamos, claro que puedo, mamá. En el mundo hay magia y uno de mis poderes es volar”. Después de un rato de largas explicaciones y de que mi abuela ignorara el asunto de la magia, acepté mi naturaleza no-voladora y de paso el mundo aburridísimo donde vivía: sin hadas, sirenas, ni conejos saliendo de sombreros; sin unicornios, teletransportación o poderes especiales. Sólo un mundo estático donde el pasto era pasto, el tiempo era tiempo y yo era una niña que no podía volar, pero qué gris.
Después de un par de días en mi habitación, mi tío favorito llegó a casa con los lentes más grandes, fabulosos y extravagantes que había visto jamás. Nunca antes los había notado, parecía que al usarlo veía cosas maravillosas, corrí a donde estaba y se los pedí impaciente, él me respondió entre risas: “¡Ah, caray! Pero si no te puedo dar estos lentes, son míos”, le lancé una mirada incrédula, él siempre era bueno con todos, antes de decirle cualquier cosa, prosiguió: “Estos son especiales, los construyen los propietarios con la mente, por eso no te los puedo dar. Lo que puedo hacer, es ayudarte a construir los tuyos”, en ese momento recobré un poco la chispa que creía perdida días anteriores y claro que acepté la oferta, emocionada.
“Va, entonces dime ¿qué te emociona sobre el mundo?” yo arrugué la nariz “Me parece que nada, todo está quieto, todo ya está así como… ya ahí nada más, tal vez las estrellas, esas me gustan mucho”. Después de una breve pausa, él fue a la ventana y señaló el cielo.
“Se expande”
Me explicó que el espacio, donde todos existimos, se expandía cada vez más, y no sólo eso, sino que lo hacía junto con el tiempo. ¡Espacio y tiempo! Expandiéndose como globo, como una mancha de tinta en el papel dentro del cual estábamos nosotros y que nadie sabía si tenía o no algún fin.
Señaló después a mis abuelos bailando en la sala, me dijo que éste universo en expansión era el escenario donde bailaban al igual, estrellas enamoradas. Tan cerca que compartían una misma atmósfera: las hermosas estrellas binarias, ellas no se cansaban de dar vueltas en torno a un punto y a veces, (aunque era raro), si se acercaban mucho podían formar un disco del que tal vez, podría surgir un planeta. Las estrellas eran otro asunto, eran el ave fénix que creía perdido hace unos días. Cúmulos de polvo y gas con colores preciosos llamados “nebulosas” eran sus cenizas: allí nacen y mueren las estrellas.
También allí en el universo habían seres oscuros: agujeros negros. De ahí nada podía escapar, ni siquiera la Luz, me dio un sobresalto cuando me enteré que uno de aquellos monstruos estaba en el centro de nuestra galaxia. Para tranquilizarme me dio un dato gracioso y que guardo con cariño: en el centro de la galaxia también se encontraba una nube de polvo, llamada Sagitarius B2. Lo encantador es que me dijo que sabe a frambuesa y huele a ron.
Al final de la plática yo seguía queriendo más, sin embargo, él tuvo que partir dejando mi cabeza llena de estrellas. Al día siguiente cuando vi el cielo, la imagen ya no era la misma, todo se expandía, todo bailaba, todo centelleaba, pensé para mis adentros: “entonces la magia sí existe”.
Ese día, me di cuenta que tenía unos lentes pequeñísimos.

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