Fermín Vento, un hombre de ciencias

El doctor Fermín Vento supo cumplir infinidad de roles en su vida, pero sobre todas las cosas se consideraba científico. También fue ebanista, apicultor, panelista televisivo de programas vespertinos, primer adelantado en off side, vidente con evidente estrabismo, curador de museos y medico clínico de mausoleos, entre otros tantos oficios variopintos.
Quizás no lo hayan oído nombrar y eso tiene su explicación. Sus inventos eran como mínimo, algo extraños. La granada boomerang que hizo que su país perdiera la guerra en un santiamén antes de la primera batalla; el re-encarozador de aceitunas, una asquerosidad que no compró nadie y hoy reposa en la Galería de Objetos Inútiles, un lugar donde a nadie le interesa ir; el libro de recetas comestibles; que admitía una sola lectura y garantizaba una segura indigestión por su grueso volumen, usaba como ingrediente secreto el milhojas hojaldrado y cuando alguien se aburría con la lectura podía empezar por las páginas primeras aunque los glotones se quedaban sin saber el final.
La Máquina del Tiempo Presente fue un fiasco. Consistía en un breve pasadizo de doble entrada que producía un molesto pitido al ingresar. Al salir por el otro extremo, el viajero se encontraba unos segundos más tarde en el mismo lugar, apenas un poco más adelante. Sus detractores calificaron a este adefesio como el Túnel Zumbador.
A pesar de ser algo tarambana y bastante distraído como cualquier creativo, pensando constantemente en universos nuevos y realidades alternativas, siempre se lo consideró un buen tipo. Detestaba los aparatos creados para destruir. El rayo desintegrador le parecía una aberración digna de un mundo enfermo. Quiso compensar la existencia de tan infame arma con un invento genial: el Láser Integrador. Lo aplicó sobre una población mediana que fusionó sus cuerpos en una sola masa con infinidad de brazos piernas y rostros. ¡Era un canto a la unión de las razas! Más la gente no estaba muy feliz y se le rebeló. Aprovechó esta anécdota agridulce para escribir “La rebelión de la masas”, que ya había sido publicada con un siglo de antelación.
Cuando era niño se zambulló en una tina y gritó ¡Eureka! No, no había descubierto el principio de Arquímedes y más le valía, porque si no el físico griego lo habría molido a golpes por robarle sus ideas. Eureka era el nombre de su perro y al salir del baño semanal se sintió medio babieca, que era el caballo del Cid. Fue también en su mocedad cuando creó el moco invisible. Práctico artilugio para evitar que sus padres lo vieran haciendo bolitas y amasando esa gelatina asquerosa de procedencia nasal, lo que le hubiera valida una buena tunda y una feroz reprimenda. A pesar que todos afirman desconocer el invento supo ser un secreto éxito de venta, consumido principalmente por taxistas, conductores de autobuses y coches particulares, que buscan no escandalizar a sensibles damiselas y peatones de estómagos flojitos.
Una mancha negra en su historial fue el agua deshidratada, una decidida estafa y por culpa de aquel polvillo al que se le agregaba H20, fue a parar con sus huesos directamente tras las rejas. Allí se le ocurrió la reja horizontal. No era ideal para ambientes sin techos ya que los presos la usaban de escalera y escapaban con facilidad. Esta invención le valió mayor tiempo de condena por incitación a la fuga masiva.
En cierta ocasión diseñó un dron de mayor tamaño con capacidad para transportar personas. Sería una revolución en los transportes. Más los planos demostraban un objeto muy similar a un helicóptero y el Registro de patentes se negó a aceptar su creación.
Siempre siguió a rajatablas el método científico tradicional: observación, hipótesis, predicción, experimentación y resultados. Su espíritu curioso e innovador lo llevó a alterar este orden y supo predecir con el resultado puesto, jactándose de nunca equivocarse; también procedió a experimentar al azar, para luego llenar el campo de la hipótesis a la bartola sin saber que estaba estudiando y en la mayoría de los casos se quedaba en el peldaño de la observación constante hasta quedarse dormido. Entonces sí, en los sueños, se alzaba con hipótesis maravillosas, experimentos dignos de genios y conclusiones lamentables. Lástima que al despertar raramente los sueños se recuerdan y sus mayores lumbreras se perdieron en los brazos de Morfeo. El Consejo de Sabios le aconsejo abandonar la sabiduría, antes que ocasionara más estragos.
Sin embargo sus nobles enseñanzas nos dan una sabia lección. Cualquier oficio puede transformarse en un derroche de creatividad y conocimientos, y si bien hasta el trabajo de un jardinero puede volverse una ciencia, a través de técnicas probadas, aplicadas con sabiduría y con paciencia, es absolutamente imposible que las cosas sean al revés y la honorabilísima ciencia, por ejemplo y por fortuna, se convierta en horticultura.
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