La Transición

Nos convencieron de que así sería más sencillo, que acabaríamos con el sufrimiento que asolaba al grueso de la población mundial. Nos metieron en la cabeza la idea de que no había otra salida para la especie humana; el hambre y la desesperación empezaban a extenderse por el planeta. Y no dejaron de asegurarnos que aquello que habíamos desarrollado sería la solución.

«¿En qué momento pasamos de intentar convertir máquinas en seres pensantes, a convertir a humanos en meros almacenes de conocimiento? No lo recuerdo y eso, me atormenta, hoy más que nunca».

Nuestra investigación se llevó a cabo con una finalidad médica. Con ella queríamos subsanar las consecuencias que provocan algunas enfermedades, lesiones cerebrales y accidentes. Era algo así como localizar los archivos dañados del cerebro, extraerlos y volverlos a grabar de forma correcta. El mayor éxito de nuestra vida condenaría a la humanidad.

«Se me rompe el corazón cada vez que lo veo ahí, conectado a esa dichosa máquina que le embute el cerebro como si del hígado de un pato se tratase. No aprende, almacena. Hace mucho que los niños dejaron de ir al colegio y que nuestra profesión dejó de existir. Ya no somos profesores, ahora nos llaman asesores del conocimiento».

Cada día de mi vida necesito hacer memoria y recordar cómo sucedió todo, cómo nos convencieron. Puede que tan solo sea un absurdo y último intento de expiar mi parte de culpa o puede que simplemente quiera volver a creer en que hicimos lo correcto pero, tras revivirlo una y otra vez, no consigo ninguna de las dos cosas.

«Dentro de dos horas abrirá los ojos teniendo la sensación de que ha leído más libros que yo. No es así. Tiene tan solo trece años y cuando se desconecte será conocedor de más obras de las que yo he sido capaz de leer a mis setenta y cuatro años habiendo sido una de las literatas más reconocidas de la historia».

Desarrollaron un programa que podía ofrecer un pronóstico de viabilidad para la supervivencia humana. Incluyeron infinidad de variables al complejo algoritmo y fueron muchos años de trabajo introduciendo datos. Los resultados, sin embargo, siempre mostraban lo mismo: la extinción de la especie tras décadas de sufrimiento. Y así, tras años de cálculos sin ninguna alteración considerable en las conclusiones, nos convencieron.

«Me siento culpable, soy partícipe de un sistema impuesto que crea seres multifuncionales y polivalentes con más conocimientos de los que ningún otro humano pudo llegar a albergar antes de la Transición. Con todo, se está anulando una de las cualidades naturales de la humanidad: el libre albedrío. ¿Es esto progreso?».

De la noche a la mañana nos vimos configurando personas, anulábamos su capacidad de decisión, les introducíamos conocimiento y “voluntad adquirida”, así era como llamaban a las ideas introducidas por igual a cada uno de los sujetos. Era mucho más económico, eficiente y seguro para la supervivencia que la educación.

«Hoy la situación me supera. No soy capaz de contener las lágrimas. ¿Qué hemos hecho?».

Tras treinta años desde que se iniciara la Transición, miro a mi mujer mientras observa con lágrimas en los ojos a nuestro nieto, ahí sentado, ausente. Ahora mismo nada podría alterar ese estado al que se le ha inducido. Como cada día durante dos horas, pues más podrían provocar daños irreversibles, está conectado al programa. Hoy, no obstante, resulta especialmente duro para ella, ya que ha sido la asesora de ese flujo de información que en estos momentos viaja en forma de corriente para alojarse en su cerebro. Hoy sé que nos equivocamos.
  • Visto: 126