Protegido contra escritura

―Dicen que fue usted uno de los mejores del cuerpo ―añadió el profesor Moore, director científico de GeneX, levantando por primera vez la vista de su escritorio táctil digital―, ¿por qué dejó la Policía Genómica?
El detective Cooper le sostuvo la mirada unos segundos antes de responder.
―La culpa fue de empresas como la suya, profesor. Convirtieron la custodia del acervo genético de la Humanidad en una farsa.
―Vamos detective… Sabe que en GeneX respetamos escrupulosamente todas las normativas de bioética…
―Que ustedes mismos dictan a los gobiernos ―le interrumpió―. También sé los muchos intereses que despiertan sus programas de eugenesia. No me tenga por un mojigato, profesor ―añadió endureciendo el ceño―. Desde que acabaron con las enfermedades genéticas, su cartera de servicios se ha vuelto de lo más… Imaginativa.
―Y es algo de lo que nos enorgullecemos en GeneX ―respondió el profesor Moore irguiéndose en su sillón―. Pero nuestra labor no ha concluido. La biología sigue siendo falible. Cada embrión que engendramos debe ser examinado minuciosamente para asegurar que traemos al mundo un individuo perfecto. Y si sus padres tienen alguna preferencia, ¿qué hay de malo en ello? ¿Por qué no introducir diversidad de forma controlada?
―Debería salir más del laboratorio, profesor ―añadió con ironía el detective―. Cuando un color de ojos, una determinada tonalidad de la piel o del pelo, o la exacta combinación de estos tres caracteres, se vuelve popular, el resultado es una generación de niños fenotípicamente clónicos. A la gente no le preocupa la diversidad, sólo ir a la moda. Pero no me ha traído aquí para hablar de su catálogo de GenEstética de esta temporada, ¿me equivoco?
―Directo al grano, ¿verdad detective? Muy bien. Lo he mandado llamar porque ha desaparecido un repositorio de genes que contenía nuestra más reciente I+D.
―¿Un nuevo ciberataque de la competencia? Se equivoca de hombre, profesor. Me prometí a mí mismo que dejaría de proteger intereses privados. Acuda a la Policía Genómica ―añadió mientras se levantaba―. Al fin y al cabo, a eso ha quedado relegado el cuerpo: a resolver casos de robo de propiedad intelectual y espionaje industrial entre empresas de ingeniería genética. Esta es, precisamente, la razón por la que lo dejé.
―Me temo que no puedo hacer eso, detective ―respondió el profesor Moore, sin rastro de la anterior arrogancia―. Digamos que me gustaría mantener en la más estricta confidencialidad dicha desaparición.
»Ese repositorio ―prosiguió lentamente― contiene una delicada combinación de genes experimentales, procedentes de un proyecto clasificado en el que he estado trabajando personalmente. Nadie sabe de su existencia ―añadió, conteniendo apenas la crispación―. Creo que se hace idea de la naturaleza de esos genes. Ya me ha demostrado que no alberga ninguna duda de los intereses militares que suscitan ciertas áreas de nuestra investigación… No me gustaría que esa información cayera en manos de genoterroristas. Por eso tomé mis propias precauciones. ¿Sabe lo que es un genoma Z?
Este repentino giro de la conversación descolocó a Cooper. Si mal no recordaba, el “genoma Z” era un término que se refería a un ADN compuesto por citosina, guanina, timina y 2-aminoadenina, en lugar de adenina.
―Es un genoma perteneciente a un raro subtipo de virus que infecta a las bacterias, ¿no es así? ―respondió Cooper―. Sus adeninas poseen una modificación química que lo vuelve mucho más estable.
―Efectivamente. Y, lo más importante desde el punto de vista biológico, la presencia de este nucleótido alterado protege al virus del ataque de las CRISPRs, el sistema inmune bacteriano, ya que no reconocen la secuencia viral.
―Ahora lo entiendo… Los genes robados están diseñados usando 2-animoadenina. De manera que, si el genoma de un individuo portador cayera en manos de un genohacker, éste tendría dificultades para plagiarlo, pues su mayor estabilidad requiere de técnicas especiales de secuenciación. Por no mencionar, que pasaría inadvertido ante los sistemas de vigilancia de la Policía Genómica. Además, su secuencia alterada impediría su extracción con CRISPRs convencionales. Una forma muy hábil de proteger su propiedad intelectual, profesor: ¡genes invisibles ante la ley, anticopia y protegidos contra escritura! ¿me equivoco?
―Brillante, detective Cooper. Veo que está a la altura de su reputación. ¿Acepta entonces el caso? Le aseguro que sus habilidades como Gene Runner recibirán una remuneración acorde.
Cooper sonrió. Hacía tiempo que no escuchaba ese mote con el que la prensa los bautizó, sacado, según se decía, de una película de hace más de 100 años.
―Creía que quería que investigara el hackeo de su base de datos. ¿Qué le hace pensar que el ladrón del repositorio posee modificaciones genéticas ilegales?
―En ningún momento se ha hablado de robo, detective Cooper. Lo cierto es ―respondió el profesor inclinándose sobre su escritorio digital―, que el repositorio es un humano Z genéticamente mejorado que se ha escapado del laboratorio. Y necesito que usted lo encuentre.
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