Juventud, divino tesoro

Recostado en una de las dos camillas apéndices de EOS el joven dormía plácidamente, indiferente a la realidad que crepitaba fuera del reino de los sueños. Titono acarició el dorso de la mano del muchacho, tersa y suave en contraste con la aspereza de la suya, y se sintió, una vez más, viejo. Cincuenta años tenía ya; el chico, veinticinco recién cumplidos, pues aquel era el día de su cumpleaños. Cincuenta frente a veinticinco. El doble de años, como siempre. Qué rápido había pasado, de nuevo, el tiempo.
Todavía recordaba a aquel bebé regordete y llorón del que se había hecho cargo, con sus manitas torpes y su tierno cuerpecito de neonato, esponjoso como una nube. Le había visto crecer, madurar, volverse un hombre. Pasar de niño a joven y de joven a adulto. Y, con el paso del tiempo, irse reconociendo a sí mismo en rasgos ajenos, en los ojos azul oscuro, en esas orejas tan características, en una nariz chata y felina. Cuanto más crecía ese niño a su cuidado, más se veía a sí mismo reflejado, tanto en la forma como en el fondo.

De aire distraído, tímido y tendente al ensimismamiento, probablemente de haber tenido la oportunidad de salir del hogar y confraternizar con otros muchachos de su edad habría declinado con amabilidad.

Era, en ese sentido, un calco del carácter de Titono. Eso sí, en nada se veía a sí mismo en el joven tanto como cuando lo despertaba a altas horas de la noche al borde del ahogo, con los ojos desorbitados y empapado en sudor, hiperventilando de angustia provocada por la consciencia de su propia muerte, de que un día su psique se disolvería hasta quedar en nada, la misma angustia existencial que a su edad había atenazado al propio Titono. Y que, hasta cierto punto, seguía sobrecogiéndole hoy.

Pero el chaval también manifestaba patrones de conducta que Titono nunca mostró. Frente a su lobreguez natural, el joven era risueño, de una alegría muda encantadora, afrontando su realidad con mucho más entusiasmo del que su situación justificaría.

Tampoco era un chico curioso, y eso sí que era extraño, pues no solo Titono había sido un explorador en potencia desde su infancia, sino que, hasta este joven, los anteriores habían mostrado una profunda curiosidad. Todavía recordaba Titono la de problemas que muchos de ellos le habían dado, con sus preguntas sobre qué había más allá de los límites de su jardín, circunvalado por un espeso bosque que no permitía escapar ni las miradas, y hasta algún que otro intento de fuga. Y sin embargo este había salido tan indiferente… aceptaba todo lo que le ocurría con naturalidad, nada le era sorprendente. Incluso el día en que Titono se dejó la puerta del sótano abierta y el joven descubrió la cabina de EOS, con el clon de Titono todavía en estado fetal flotando en un amarillento líquido embrionario, el joven, pese a ver el aparataje de un proyecto que iba a resultar tan trágico para él -que había resultado tan trágico para los anteriores- no le hizo ninguna pregunta al respecto.

Titono soltó la mano del joven, profundamente dormido. Este último pensamiento le había expulsado de su ensimismamiento. Siempre le pasaba en los momentos previos al intercambio, la punzada del remordimiento. ¿Pero qué alternativas tenía? Envejecer, languidecer, morir… y Titono temía demasiado a la enfermedad y a la muerte. Se recostó sobre la cama en la que EOS, su vieja compañera, le iba a ayudar a realizar el mismo intercambio de consciencias con un clon con el que, cada veinticinco años, llevaba vampirizando nuevos y jóvenes cuerpos, garantizándose así la eterna juventud. Recostado en la cama, echó un último vistazo al muchacho que, con una sonrisa en los labios, dormía en la otra cama, el clon cuyo cuerpo sería su próximo huésped. Activó EOS pulsando nada más que un botón (gran avance el de los últimos ciento cincuenta años, que permitía el intercambio sin intervención de ningún otro ser humano) y se tumbó. Y la anestesia le indujo en un nuevo sueño de juventud.


Titono bajó las escaleras al sótano con dificultad: los minutos siguientes al proceso de intercambio siempre eran difíciles, y costaba adueñarse del todo de sus movimientos. Pero agarrado a la barandilla consiguió bajar las escaleras, y en el líquido fetal ver, formado al fin, a un nuevo Titono que le sirviera de huésped dentro de veinticinco años. El bebé estaba listo. Accionó una palanca, y la cápsula se vació de líquido fetal hasta quedar el bebé completamente suspendido de un arnés. Abrió entonces la cápsula, extrajo de ella al recién nacido con sumo cuidado, que al contacto con el aire empezó a llorar, y, sosteniéndolo entre sus brazos, Titono dio a Titono la bienvenida al mundo.
  • Visto: 74