Las hermanas Grillo.

Las hermanas Grillo.

Dragonfly

Seguro que en medio de tanto cachivache, invento y aparato ya nadie se acuerda mucho de aquel día, hace años y años cuando la gente se dio cuenta de lo que podrían conseguir si sólo soplaran el polvo de algunos viejos libros con el viento de la curiosidad.
Yo sí puedo decir que estuve ahí, ¿cómo podría olvidar la mañana del hipódromo? Ni el público, ni mucho menos los atontados jinetes, podían creerse que esas fueran las hijas pequeñas de Manuel Cráteras, de apenas diez y doce años, Wendy y Ovidia.
Luego de ese día histórico, a la familia Cráteras le fue muy difícil contener los rumores. Ustedes saben cómo son los pueblos. No hay discreción imaginable que pueda parar las lenguas luego de un suceso como ese. Para mucha gente fue un milagro, cosa comprensible teniendo en cuenta todos los detalles que rodearon al asunto. Por eso, de inmediato, los más curiosos empezaron a rondar por la finca de los Cráteras. Preguntaban por el caballo, un animal que nunca había atraído la menor atención excepto algunos resoplidos de verdadera lástima, así de enclenque era la montura que las dos niñas solían cabalgar al pueblo cada día. No servía para tirar de carretas ni arado.
En el pueblo todo el mundo conocía a los hijos de Manuel porque se contaban entre los mejores jinetes y competían mucho en las competencias de la comarca con sus sementales de pecho ancho y porte gallardo, domados por la fuerza de sus manos hasta quedar convertidos en cuatro piernas más de sus cuerpos. La verdad sea dicha, ellos se portaban algo vanidosos, ¡eran jóvenes! y se reían de sus hermanitas encaramadas sobre el espinazo de aquel rocín que las niñas llamaban Grillo porque más parecía insecto que equino y hacía un chirrido infernal como de violín roto al morder el freno. Ellas lo alimentaban bien y el animal había crecido con ganas, pero la flaquencia no se le curaba como si fuera hijo natural de calavera y verja, siempre con su costillaje enchaquetado.
—Pero no se suban las dos, no lo atusen así; tengan piedad, ¡niñas malas! ¡Qué ese bicho se les va a quebrar como ramaje de abedul! —se divertían al verlas pasar.
Las elegantes niñas seguían de largo sin prestar atención a los burlones. Puede que haya sido por esto que empezaron a quedarse hasta tarde en la biblioteca del pueblo. La señora Isabela contó que le pedían libros rarísimos no muy propios de señoritas, a decir verdad, pero su gentil padre no se oponía a que les suministraran ese pasatiempo. Yo repito lo que he oído, porque de esto no sé mucho, pero las señoritas Wendy y Ovidia se aprendieron de memoria cosas de mecánica, estudiaban esa asignatura que es la aerodinámica y no sé cuál ciencia de los fluidos, cosas escritas por hombres antiguos y sabios: Arquitas, un griego creo recordar; otros libros sobre cometas chinos y cómo inflar globos con fuego, cuentos sobre monjes voladores y árabes locos que se lanzaban por las ventanas de las torres. Casi arruinan al pobre Manuel cuando lo obligaron adquirir por correo un texto valiosísimo de un florentino porque ellas querían saber más sobre su tal ornitóptero.
Nadie sospechaba lo que estaban rumiando las pilluelas, encerradas todo el día en el establo con su paciente Grillo que seguro se deleitaba con las atenciones de sus dueñas. Hay que preguntarse por qué nadie se extrañó de no verlas usar sus anchos vestidos de seda, ni las mantas, ni las plumas, ni el paraguas florido. Ahora sabemos que todo se usó en secreto y algunos objetos más que se habían echado de menos en la granja.
Por fin, llegó el día de las carreras, nada fuera de los ordinario cuando de repente Wendy y Ovidia, se aparecieron, ataviadas de amazonas, y saltaron a la pista tras los veloces competidores. Por supuesto, los cascos de los campeones hollaban la tierra colorada como una corrida de toros, mientras que Grillo se movía como pavo real en celo. Pero las risas y protestas se callaron cuando las capitanas desataron los nudos hechos con sus cintas sacrificadas y un par de alas multicolores y una cola de seda con varillas se desplegó como velamen de navío. Con las riendas para manejar el planeador las niñas remaron sobre el lomo de su pegaso y este, ligero como era, no perdió tiempo y aprovechó el empuje que le daban los aletazos. De súbito, pegó un salto sobre las vallas y no cayó del otro lado, sino que como libélula de los humedales se elevó sobre aquel estadio de gente atragantada y oculta bajo los bancos mientras el caballo alado relinchaba como ave rapaz y sobrepasaba a los campeones en picada antes de que estos pasaran la meta.
  • Visto: 84