Los ojos

Había sido una noche como tantas otras: salir, beber, entrar a diferentes bares con la única finalidad de conocer a alguien, poder intercambiar un par de palabras con ella, varias copas… realizar un cortejo animal básico para conseguir que nos fuésemos juntos a mi casa o a la suya. Después me levantaría, me vestiría y me iría, con una sensación de vida que duraría poco, unas horas, a veces ni siquiera eso.
Al día siguiente volvería a repetir el mismo ritual, siempre la misma sucesión de actos como si fuera el protagonista de Groundhog Day, en la que Bill Murray durante días vivía las mismas situaciones, una y otra vez hasta que conseguía ser poco a poco mejor persona y salir de ese túnel del tiempo.
Yo no era cada día mejor persona, todo lo contrario, cada día incluso miraba menos a las mujeres que accedían por propia voluntad a compartir un rato de sexo conmigo: rubias, morenas, altas, bajas, delgadas, gruesas…al principio me fijaba en sus ojos, no me importaba el color pero sí esa experiencia vital que se ve a través de ellos, me atraían aquellos en los que la tristeza sobresalía, en los que la alegría rebosaba, en los que había un futuro esperando, en los que se había abandonado, en los que sobresalía la cobardía a enfrentarse a la vida o la necesidad de hacerlo constantemente. Yo imaginaba lo que les había ocurrido: las relaciones que habían tenido, los fracasos que habían experimentado, sus aspiraciones laborales, los problemas con sus jefes, con sus familias, las celebraciones importantes en las que esos ojos se habían emocionado. Y todo lo imaginaba porque mi regla era no hablar de nuestras vidas, no quería que me contasen nada relativo a ellas, porque no quería contarles nada sobre mi, sobre mis ojos vacíos de sentimiento y sensaciones que buscaba llenar durante ese rato compartido con ellas.
Pero esa noche fue distinta, volví a fijarme en sus ojos, me atrajeron esos iris verdes, sin embargo, esa atracción no me conducía a imaginarme ningún sentimiento por el que pudiera haber pasado ella, me llevaban al vacío y a la vez a la necesidad imperante de encontrar algo. No compartimos bebida, ni palabras, nos miramos, nos acercamos y nos fuimos. Me cogió de la mano y me llevó a su casa, el corazón me iba a mil, mi cuerpo sentía la adrenalina que le proporcionaba el sexo antes de tenerlo. Subimos las escaleras, entramos en su habitación y no puedo contar con palabras lo que allí ocurrió un encuentro de unión, que parecía cambiar todo mi interior no en el sentido literal, sino real, mi sangre circulaba más rápido, mi cuerpo rebosaba energía, mi mente se liberaba de cualquier preocupación y sin embargo, se llenaba a pesar de haber estado vacía durante toda mi vida.
Me quedé dormido, nunca me ocurría, dormí como no recordaba haberlo hecho. Me desperté, noté su cuerpo a mi lado, y pensé que me gustaría sentirlo cada noche. Me levanté para ir al baño, no hice ruido para no despertarla para intentar así que se quedara siempre conmigo y no huyera como lo había hecho yo siempre. Llegué al baño, encendí la luz y vi esos ojos verdes, apoyados en el lavabo, conectados a lo que parecía un cargador. Aquellos ojos sin vida que me la habían dado a mí.

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