Ann

Me llamo Ann. Llegué en una patera, escondida entre neumáticos recauchutados llenos de un líquido pestilente que fue mi bebida durante toda la travesía. Los excrementos y orines de mis compañeros de viaje se amontonaban por doquier pero acabé acostumbrándome y no oliendo su hedor. Durante el asfixiante calor del día prefería estar sola, apoyada contra la tenue pared de madera medio podrida al otro lado de la cual el océano enloquecido amenazaba con aplastarnos en cualquier momento. Cuando la gélida noche caía me abrazaba a los cuerpos calientes de aquella masa humana que estaba medio muerta y tan débil que no era capaz ni de sentir mi presencia que a veces era, lo reconozco, insidiosa.

Finalmente embarrancamos en una playa al pie de una muralla de hoteles con nombres de neón deslumbrantes. Fui la primera en salir de aquel maldito ataúd flotante y con pasión empecé a disfrutar del nuevo mundo que se me ofrecía lleno de posibilidades, como si todas aquellas jornadas en alta mar no hubiesen existido, como si fuesen ya una lejana pesadilla que ni tan siquiera estaba segura de haber vivido. De inmediato me adapté a aquella opulenta sociedad que me dejaba entrar en sus casas, compartir sus cenas, dormir en sus alcobas.

Una tarde me colé en una fiesta y gocé como no os lo podéis imaginar. Empecé acariciando como distraída el brazo de un hombre fuerte, moreno, de músculos poderosos. Con gesto brusco me apartó tras mirarme con disgusto poco disimulado. ¿Tan fea soy? No me importó, había muchas personas allí y yo no tenía remilgos. Aquella joven frágil con unas copas de más, de tez casi transparente, fue presa fácil; me lancé a su cuello tibio y tierno donde quedé pegada hasta cansarme. Había niños, también. ¿Y por qué no? Siempre jugando, no se dan cuenta de nada y puedo decir con orgullo que casi todos se llevaron un pequeño recuerdo mío. ¿Pervertida decís? No, por favor; los malvados son todos ellos; siempre tratándome a golpes y manotazos. Cuando todavía estábamos en África intentaron envenenarme con un gas tóxico, pero pude huir. Mi madre no tuvo tanta suerte y sufrió una cruel muerte a sus manos, agonizando con el estómago abierto y los intestinos desparramados. A mí me infectaron poco después con una enfermedad, malaria la llaman; creo que fue aquel joven apuesto con quien estuve una noche tórrida cuando toda la ciudad dormía en la calle. Ahora quiero vengarme; estos de aquí no tuvieron nada que ver, pero me da igual, son la misma escoria y van a pagar el desprecio que siempre han mostrado por nosotras.

Fui a beber un poco de agua al baño. No me encontraba nada bien, estaba muy mareada, tenía escalofríos y me dolían todos los músculos; el parásito debía estar multiplicándose en mi interior y pronto me dejaría noqueada; me quedaba poco tiempo para elegir a mi víctima. Soy muy discreta y a menudo puedo escuchar conversaciones sin que la gente se dé cuenta. Esperé agazapada en un rincón. En ese momento entraron dos mujeres que charlaban con desparpajo; la que iba vestida de negro dijo:

- “¡Oye, este lugar es fantástico! Lástima que haya tantos mosquitos, llevo matados más de una docena.”

Miré hacia ella y me acerqué con un furtivo saltito nervioso, pero ni me vio. La cabeza estaba a punto de explotarme, casi podía notar cómo los microbios serpenteaban por dentro de los ojos. Un odio irrefrenable se apoderó de mí; quería matar a esa indeseable. La otra dijo:

- “Sí, chica, suerte que hemos tomado la profilaxis contra la malaria; me han dicho que aquí, con el cambio climático, ha llegado hace poco una variante de la enfermedad muy virulenta y resistente a todos los fármacos conocidos. Si nos infectásemos, para nosotras sería mortal con toda probabilidad.”

- “Caramba, no me espantes; me olvidé las pastillas en Barcelona y hasta ahora no había pensado en ello. Mañana mismo iré a comprarlas.”

Con esta información me lancé al ataque sin pensarlo más, desquiciada de ira, con las últimas fuerzas que conseguí reunir. Mientras la mujer de negro estaba ocupada con los retoques del maquillaje me aferré a su yugular y le clavé el aguijón en aquella gran vena palpitante, pero esta vez en lugar de tomar un microscópico sorbo de sangre escupí con toda mi alma dentro de su torrente dulce y cálido los miles de plasmodios que tenía esperando impacientes en las glándulas salivares, ávidos por parasitar, furiosos, un nuevo organismo que desde entonces estaba ya condenado sin remedio. Agotada y vacía, casi ni he notado la mano aplastándome sobre su piel, dejándome el cuerpo hecho un amasijo de alas y patas. Mientras cedo los últimos instantes de mi efímera vida me reconforta ver el terror en su mirada reflejada en el espejo.
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