Huella indeleble

«―Hacia allí ―retumba la frase, cargada de ilusión, de una niña en medio de una árida ninguna parte».

Fijaos. Sí, en las dos figuras que se dirigen hacia el amanecer de los poetas muertos en tierra ignota. Y en las pisadas que dejan en la arena, restos de lo que representan. El camino es lo de menos y sus motivaciones no importan pues han sido, en parte, programadas. Pero son una pareja cuanto menos curiosa. Y diréis: «¿Por qué nos interesan?», y sería un buen apunte. En parte, debido a que hace eones que la Tierra había sido expulsada de su sistema al producirse un nefasto colapso cósmico en el viaje sideral del Sol. La biosfera sufrió las consecuencias en extinciones masivas. Luego, el planeta errante murió. En el pasado, vuestro pasado, se tuvieron que tomar decisiones desesperadas. Pese a todo, y obviando las excusas, ya lo sabíais.

La literatura, el cine, la televisión y la información soterrada en los metabuscadores os hicieron creer que algún día poseeríais grandes naves generacionales para surcar el Cosmos. ¡Qué imaginativos que sois! Erais… Ahí se quedaron, en el bulevar de los sueños rotos. Lo que sí se logró fue la construcción de pequeñas y asequibles astronaves ―del tamaño de vuestras embarcaciones de relax marítimas―, revestidas de fotocélulas de grafeno modificado para captar cualquier tipo de energía lumínica y, gracias a sus motores de antigravedad, lograr de este modo cruzar la materia oscura por impulsos electromagnéticos. Y se lanzaron al Espacio como desesperados mensajes embotellados. ¡Claro que había un mensaje, lo tenemos ante nuestras narices! ¿Ellas, ellas, ellas…? Si pudiera suspiraría sonoramente. ¡Obvio! La extraña pareja. Observad con atención por lo que creáis.

«―Hacia allí ―retumba la frase, cargada de ilusión, de una niña en medio de una árida ninguna parte».

La figura alta, de exodermis plateada, sin rostro y con contornos femeninos tiene una voz armoniosa, pero autoritaria y contundente que, al surgir de un punto indefinido de su anatomía, logra erizar hasta el alma. Por fortuna habla lo justo. A mí me inquieta, me recuerda demasiado a los maniquíes de dibujo. Es una androide de crianza. Cibertecnología de última generación a base de silicio y titanio. Su cerebro posee células cuánticas, un hito ciertamente. «Obedecer y servir», esa es su ley integrada. ¿A quién? No parecíais tan interesados hace un rato. Os lo muestro. Pues a la figura bajita, quien indica: «Hacia allí». Una bioingenio por encargo que nunca dejará de ser una niña, con sus ojos ambarinos, su melena pelirroja y su eterna expresión de felicidad. Una Gioconda moderna. Su ADN es el árbol de la vida. ¿No lo entendéis? Al final lo comprenderéis, os lo prometo.

Dos muñecas distintas, pero muñecas al fin y al cabo. A sus creadores siempre les gustó jugar. Por supuesto, a ser dioses. Ambas tienen una durabilidad garantizada de décadas y pueden soportar cualquier climatología, incluso la ausencia de oxígeno. Y su programario les permite aprender, evolucionar y lograr alcanzar la singularidad, o eso ilustraban los manuales que las acompañaban en sus cápsulas. Una parrafada demasiado extensa como para leérsela sin saltarse páginas, y mira que he dispuesto de tiempo. En la distancia han quedado los manuales, desparramados junto a los restos de su astronave.

¿Adonde se dirigen? Sígueme. Al otro lado de aquella loma, paralelo a este desierto, hay un mar de agua dulce, hermoso como todos los mares aunque puede ser igual de cruel. Cogidas de la mano lo alcanzarán y ahí se quedarán, en el acantilado del fin del mundo sin miedos, sin dolor alguno ni remordimientos por unos progenitores que las abandonaron a su suerte. El futuro es un misterio, ellas su reinicio. No obstante, son la huella indeleble de los restos de vuestra especie, condenada desde su nacimiento, que nunca supo valorar los pequeños detalles.

«―Hacia allí ―retumba la frase, cargada de ilusión, de una niña en medio de una árida ninguna parte».

Con todo, acerquémonos. Somos sombras o una vulgar brisa. Como os decía, la niña ―no deja de sonreír, es una delicia― lleva el árbol de la vida en su ADN. Y “allí” es un punto a la orilla del mar. Llegada su fecha de caducidad, la androide introducirá a la pequeña en una tumba y la cuidará hasta ver brotar la vida de un planeta que ahora es leyenda, plantas y animales. ¿Lo comprendéis? El particular y desesperado mensaje en la botella. ¿Sabéis lo triste y gracioso cuando las observo? Que hace mucho que sé, que vosotros lo sabéis, que no hay más vida inteligente que la que fue… Resulta que sois los extraterrestres allá dónde alcanzaron vuestras quimeras.

«―Hacia allí ―retumba la frase, cargada de ilusión, de una niña en medio de una árida ninguna parte».
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