ENSAYO FINAL

Como todo gran científico Merklin Stein tenía desarrollado su poder de observación.
Ya de pequeño se sentaba largas horas frente a la ventana de la habitación. A pocas conclusiones pudo llegar en esa época porque lo único que veía a través de la ventana era la pared medianera del vecino. Cuando los padres notaron esa aptitud lo cambiaron a la pieza del fondo con vistas al jardín. Fue allí donde surgió su primer cuestionamiento.
¿Porqué me habrán cambiado de habitación?-
Seguido por un segundo cuestionamiento que tuvo más que ver con el futuro científico que lo esperaba. Ocurrió cuando en su estado contemplativo del jardín vio caer una manzana al suelo. A partir de allí comenzó a investigar y elaborar una hipótesis.
En la cena familiar Merklin comentó con entusiasmo su teoría pero no logró contar con la atención de sus padres que estaban abocados a solucionar sus problemas económicos.
Estuvo meses tratando de probar su hipótesis, sin éxito.
Todo lo que cae…sube.-había enunciado con convicción.
Pero la manzana colocada bajo el árbol demostraba, con su quietud, que las conjeturas no tenían ningún basamento científico.
Ni hablar cuando se enteró que Isaac Newton, a partir de una situación similar, había desarrollado una formulación matemática que cambió el mundo.
Y yo ni siquiera puedo modificar algo de mi jardín.-sostuvo apesadumbrado.
Superada esa primera frustración Merklin Stein cursó en forma paralela las licenciaturas de química, física e ingeniería.
Instaló un laboratorio en su casa, que duró poco. Las explosiones nocturnas, los extraños olores y los humos de diversos colores convocaron a una reunión de urgencia de los habitantes del edificio que terminaron con los experimentos del departamento del cuarto piso apartamento “C”.
Pero cuando hay una vocación definida no hay obstáculos que la detengan.-sostenía Stein.
Mudó su laboratorio a un lugar desértico de la Patagonia, a cincuenta kilómetros del poblado más cercano.
Una vez por mes se acercaba al pueblo en busca de provisiones. Solía aparecerse con los pelos parados después de transitar en su moto esos cincuenta kilómetros en medio del polvoroso viento patagónico Lo llamaban “El loco de la motoneta”.
Se aisló por años abocado a su proyecto científico.
Las gallinas se asomaban curiosas por la ventana del laboratorio, las ovejas corrían en estampida cuando algún experimento terminaba en explosión, los pájaros esquivaban (por precaución) los gases de colores que surgían de la chimenea.
Lo último que compró en el pueblo fue un carro. Allí, enganchado a su motoneta, llevó su finiquitado proyecto científico a los grandes poblados.
Con sus pelos más revueltos que nunca Merklin Stein llegó a la XXXV Convención de Inventos y Ciencia Aplicada portando su “Rotor Hidrogenado Vinculante Externo”.
Durante los veinte días que duró la exposición el proyecto del doctor Stein era el que se llevaba la atención de todos los visitantes. El artefacto en cuestión tenía vida propia. No era eléctrico ni a batería, nadie sabía con que energía funcionaba. Compuesto de tubos vidriados, poleas, burbujas de colores (que emergían y al explotar se convertían en amebas y paramecios). Bolas de metal que ascendían y descendían de rampas metálicas y al golpear una tecla activaban la “Novena sinfonía de Beethoven”. Rollos de papel que se cortaban en el aire y se transformaban en origamis. Vapores de diferentes densidades que al entremezclarse con sustancias gomosas se expandían conformando intrincadas telarañas. Y un habitáculo cerrado, sin transparencias, donde se gestaba el proceso final.
El día de las exposiciones ante el gran jurado todos los científicos ajustaban los proyectos y se disponían a demostrar sus hallazgos y conclusiones. Estaba en juego el sueño de cada uno de ellos por acercarse a los aportes trascendentales de Einstein, Arquímedes, Galileo, Marie Curie, Copérnico y Leonardo Da Vinci.
Ese día, el que podía ser el de su consagración, Merklin Stein no estuvo presente.
Su ausencia impidió ver el funcionamiento completo de aquel artefacto que había roto los cánones de la física, la química y la electromecánica mundial.
Meses después el científico fue encontrado sin vida en su laboratorio patagónico, rodeado de fórmulas, extraños bosquejos y gallinas cacareando entre sus papeles.
Lamentablemente su muerte ha truncado el último gran desafío que había encarado el profesor Stein en beneficio de la comunidad: llegar a descubrir para qué rayos servía su afamado “Rotor Hidrogenado Vinculante Externo”.


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