Lo siento por la bici

Fatou se removió en la piedra en la que estaba sentada, intentando que la luz de la farola iluminase mejor las páginas del libro de biología que había tomado prestado en la biblioteca del instituto de su aldea. Llevaba 3 horas leyendo sobre la célula e intentando memorizar sus diferentes orgánulos, pero no conseguía concentrarse. No, esa noche no. Sacudió su cabeza al darse cuenta de que estaba leyendo sin prestar atención y se quitó el foulard que cubría su cabello, frotándose con ambas manos la cabeza primero, dejando que la brisa cálida de la noche entrase entre sus trenzas después, como si este ritual fuese a eliminar los miedos que ocupaban hasta el último de sus pensamientos.
Volvió a colocarse el pañuelo con ligereza e intentó concentrarse, sabía que pronto aparecería su hermano menor Mamadou para advertirla y regresar a casa antes de que su padre volviese de la mezquita, a tiempo para servir la cena. Aquella noche había preparado un delicioso cuscús con carne de oveja, preparada a fuego muy lento con las mejores verduras que había encontrado en el mercado. Su familia todavía no lo sabía, pero la ocasión lo merecía. Había pensado no acudir a estudiar a su rincón esa noche, pero no podía malgastar ni un minuto, además, si no lo hacía “pequeño Mamadou” sospecharía, y no estaba preparada para enfrentarse a él.
“El retículo endoplasmático es una red de membranas a través del cual se mueven las proteínas y otras moléculas. Las proteínas se ensamblan en orgánulos llamados…”
- ¿Fatou?
“¡Maldita sea!”, pensó ella, “justo ahora que conseguía concentrarme”.
– ¡Vamos, corre! Baba ha salido hace rato de la mezquita, está a punto de llegar, tía Dialamba me ha entretenido por el camino, otra vez sus historias de espíritus y baobabs.
Fatou se levantó sin decir nada y echó a correr con los pies descalzos tras su hermano que la aventajaba ya unos 20 metros. “Pequeño Mamadou” se confundía con las sombras, pero la luna llena permitía ver dónde poner sus pies para no tropezarse con las piedras ni pisar animales indeseables, como ya le había pasado con algún escorpión. Ese día no podía permitirse ningún fallo. La arena que había estado expuesta al sol todo el día todavía conservaba el calor y Fatou se detuvo unos segundos para enterrar los dedos de los pies en ella, al tiempo que giraba su rostro de ébano hacia la luna. Se dejó lavar la cara por la luz y se sorprendió cuando unas lágrimas asomaron a sus ojos, quizá no volvería a sentir aquello en mucho tiempo.
- ¡Fatou! ¿Qué te pasa? ¡Si Baba llega antes que nosotros nos la vamos a cargar!
Fatou reemprendió la carrera, 2 minutos después ambos estaban en el patio del recinto familiar. Fue directa a servir el cuscús y cuando su padre entró segundos después, ella intentó disimular que todavía jadeaba tras la carrera. Terminó de servir el bol familiar con mimo, y se dirigió con él a la choza de su padre, llamó a la puerta diciendo “con-con” y entró. Baba llamó a todos a cenar, lavaron sus manos y comieron todos juntos del mismo bol, como siempre.
- Cuidado, está muy caliente – advirtió Fatou con cariño a los más pequeños, antes de que metieran sus manitas negras en el cuscús.
Poco a poco fueron levantándose del bol y dando gracias a Alá por los alimentos que acababan de comer hasta que solo quedaron Baba y Fatou. Los niños se fueron acostando pero Fatou se quedó hablando con su Baba, quería aprovechar cada segundo.
Horas después, mientras todos dormían, Fatou recogió su pequeño macuto, vació en él los pocos ahorros que había podido juntar el último mes y salió sigilosamente de casa, cogió la bicicleta de la familia y echó a pedalear, con la luz de la luna iluminándole el camino y la brisa de la noche secando sus lágrimas. En su cabeza se repetía en bucle la conversación que habían tenido hacía poco más de un mes cuando Boubacar había venido a pedir su mano. Baba había aceptado.
- Boubacar es un buen hombre, no te faltará de nada.
Pero no era verdad. Le faltarían los libros y sus aprendizajes, ella quería acabar sus estudios e investigar una cura contra las enfermedades que azotaban su comunidad, sabía que podía descubrir grandes cosas, lo sentía. Entonces lo decidió, se iría, y no volvería hasta haber terminado sus estudios. Desaparecería.
A la mañana siguiente, cuando Fatou ya estaba lejos, muy lejos de casa, Baba encontró una nota:
“Baba, perdóname, siempre has sido muy bueno con nosotros, pero prometí a mamá que cuidaría de vosotros y es lo que estoy haciendo, aunque no lo entiendas. Cuando haya terminado volveré. Lo prometo”
y por detrás solo una anotación:
“Lo siento por la bici”
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