El olmo centenario

Año 1855.
Era el lugar. Justo en la linde oeste de su terreno, junto al agua fresca del arroyo, la fuente de vida que daba sustento a frutales y huertos. Reunió a la familia: su mujer, su hija pequeña -tan frágil-. Lloraban. Sí, ese era el lugar donde debía plantar el joven retoño de olmo. El hijo mayor había cortado el esqueje la primavera pasada y lo había cuidado con mimo. Pero él ya no estaba, el penoso brote de cólera que estaba asolando el pueblo, se lo había llevado. Desde aquel punto veía el cementerio, sentía su presencia. El olmo sería el guardián de su alma y del recuerdo. Algún día, en siglos venideros, se desplegaría, frondoso, en mil ramas y mil hojas. Rezaron una larga y sentida oración por el alma del hijo fallecido y prosiguieron sus vidas, pues la vida nunca se detiene.

Año 2035.
El año académico estaba siendo pródigo en nuevos e interesantes proyectos de investigación en biología vegetal. Triste ironía -se decía a sí mismo- porque en buena parte, era producto del cambio climático, desbocado en esta tercera década del siglo, que machacaba y llevaba al límite a los ecosistemas degradados y más fuertemente humanizados.

- Mira, allí está el tetraclinis, le dijo Ginés, ¿lo ves?
- Sí, impresionante su aspecto, contestó Javier
- Mi abuelo, que era un viejo minero de la Unión -prosiguió Ginés, me contaba que había conocido viejas galerías romanas entibadas con su madera.

Lo cierto -pensó Javier- es que apenas quedaban ya unas pocas decenas de ejemplares de este endemismo, que los locales llamaban ciprés de Cartagena, históricamente arrasado por los incendios. El proyecto, de materializarse, estudiaría la filogenia de la especie y su relación con sus hermanos -o primos- del norte de África.

- Javier, ¿tú crees que lo introdujeron los cartagineses? ¿Aníbal Barca?
- Bueno, Ginés, no sé, habrá que ver, para eso está el proyecto. El entorno es espectacular -añadió-, con el mar tan en calma que casi se ve África.
- Es el viento de poniente, por eso está todo tan seco -sentenció Ginés.

Sonó el teléfono. Era Sonsoles, de la Universidad. No le dio buena espina, para las cosas de rutina bastaba un simple mensaje.

- Javier, ¿sabes lo del incendio?
- No, ni idea, llevo toda la mañana con Ginés, buscando cipreses... ¿Qué se ha quemado?
- Pues… la loma del Castellar.
- ¡No fastidies!, pero si estamos a mitad de mayo, no es temporada de incendios.
- Ya, Javier, pero ¿te haces una idea del calor que está haciendo aquí?
- Sí, sí, claro -contestó. Si sentía el aire caliente en la costa, allá en la meseta debía ser sofocante -pensó. Y entonces ¿el olmo centenario?
- Habrá que esperar, pero pinta muy mal -comentó Sonsoles, sombría.

Javier recordaba bien aquel olmo, cuya edad se estimaba en unos doscientos años. Se ubicaba en una zona de antiguas terrazas, que desde hacía más de un siglo eran de utilidad pública. Le tenía un cariño especial, porque, según la tradición familiar, en tiempos remotos esas tierras habían pertenecido a algún antepasado suyo.

Aquel árbol formaba parte de un ambicioso proyecto de regeneración de la especie, diezmada por la enfermedad de la grafiosis desde principios del siglo XX, y agravada en la última crisis de 2029-2031, a la que el olmo del Castellar había sobrevivido. Por eso estaban analizando exhaustivamente su ADN y su hábitat: suelo, insectos, hongos, etc.

Quince días -más o menos- transcurrieron desde el incendio. Conversaban distendidamente en la cafetería de la universidad.

- Javier, el olmo compartía rasgos genéticos insólitos de ulmus minor y de ulmus laevis -explicaba Sonsoles
- ¿Podrían ser los responsables de su inmunidad?
- Es una hipótesis a confirmar, claro, pero sí, sería posible -afirmó Sonsoles, bastante ufana.
- ¡Bien! Entonces, ¿el sábado? -preguntó Javier cambiando de tema.
- Ok, yo llevo los aperos y la furgoneta -apuntó Sonsoles.
- Y yo plantaré tu esqueje -dijo Javier. El legado del viejo olmo -añadió con un toque de solemnidad.

Resultaba anacrónico que en 2035 la furgoneta de la universidad aún funcionara con gasolina, pero así iban las finanzas del departamento. Subieron por el camino de la loma del Castellar, entre parches, socavones, piedras sueltas y árboles calcinados. Del vetusto olmo sólo quedaba un esqueleto carbonizado. Al fondo, en un claro, se divisaba el pueblo y lo que parecía ser un antiguo cementerio.

El esqueje había sido providencialmente tomado por Sonsoles en su visita de inspección, poco antes del incendio. Lo plantó no lejos del viejo tronco y lo regó con mimo. Quizás viviera otros dos siglos y otros ojos -lejanos en el tiempo- admiraran su porte. Miró al cielo y sin saber por qué susurró para sí mismo: -In memoriam.
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