La vacuna

Sabíamos que iba a morir, estaba ardiendo, apenas podía mantener los párpados abiertos, pegados por legañas. Respiraba tan superficialmente que en cualquier momento podía dejar de hacerlo.

Entró el asistente sanitario robótico y me hizo la pregunta.

La cuestión ya estaba decidida con mi padre y con mi hermana. La respuesta fue sí, dió media vuelta sobre sus rodamientos y se alejó.

Me quedé allí con ella, en medio de aquel espacio inundado de blancura cegadora y peste a limpio. Cogí su mano huesuda, ahora me arrepiento de no haberme quitado el guante y notar por última vez sus venas hinchadas y su calidez de madre.
De repente, me di cuenta de que ya no recordaba la voz de mi madre. Hacía tanto tiempo que no la escuchaba que la había borrado de la lista de sonidos recientes en mi lista de reproducción. Di la orden a mi procesador integrado cerebral para buscar entre los archivos ocultos de la memoria interna bajo las palabras clave madre, amor y belleza. Y vino a mi mente mi hijo mayor, siendo todavía bebé, en los brazos de su madre, que le hacía arrumacos y le decía que era precioso y que lo adoraba. Esa voz no era la que yo buscaba, esa voz estaba ya olvidada, archivada y enterrada bajo kilos de basura visceral, y no tenía ninguna intención de volver a recuperar ese recuerdo. Con un golpe de concentración, logré concretar más los parámetros de búsqueda y la lista de archivos encontrados me devolvió la voz de mi madre respondiéndo “Súper bien...” en un lastimero tono suave y quebradizo de voz, respondiendo a mi pregunta "¿Cómo me estoy portando, mamá?". Aquella fue la última vez que logró tragar una cucharada de papilla, su garganta se paralizó poco después, dejó de tragar, de beber, de hablar, de poder comunicarse. Pero sus ojos nos hablaban, del amor que sentía por nosotros y del miedo que sentía por saber certeramente cuál iba a ser su temprano final.
Comenzamos a alimentarla a base de preparados suministrados a través de una sonda abdominal directa al estómago, aderezados con toneladas de amor, mimo y cariño. Afortunadamente, estos últimos tres ingredientes de su fórmula no eran de síntesis, no necesitaba esos suplementos sintéticos ya que la dosis recomendada diaria la superábamos con creces mi padre, mi hermana y yo.

Fue entonces cuando su médica nos habló de la vacuna.

Nos reunió a toda la familia y nos dijo que en breve deberíamos tomar decisiones importantes sobre mi madre. Nos dejó atónitos. Mi cuñado rompió a llorar y se apartó a un lado. Mi padre nos cogió de la mano a mi hermana y a mí y dijo que el sufrimiento ya había sido excesivo y que necesitaríamos ese descanso. Acordamos que llegado el momento, utilizaríamos la vacuna.

Y el momento había llegado.

Nos reunimos toda la familia en la sala en torno a la cama, nadie se atrevía a mirar a la cara de nadie salvo al rostro de mi madre, intentando fijar aquel momento en nuestro corazón, porque nuestra memoria nunca más podría hacerlo.
La puerta de la sala se deslizó silenciosamente y apareció de nuevo aquel asistente sanitario robótico con dulce voz de persona de compañía, atravesó el corto espacio que separaba la entrada de la cama, y giró dirigiéndose hacia nosotros. Sus cuatro brazos articulados bastaron para levantar ante nosotros los cuatro viales aspirables y con un suave movimiento, acercarlos a nuestras narices. Aquella vacuna de diseño refinado suministraría a nuestro organismo una enzima desmielinizante que destruiría selectivamente la mielina que recubría los circuitos neuronales que guardaban todos los recuerdos que tenían que ver con mi madre. Aquellas neuronas sin mielina dejarían de funcionar y todo el dolor de los últimos tiempos se borraría al instante. En el momento de mayor sufrimiento nos pareció una idea descorazonadora pero que nos ayudaría a rehacernos como personas, ausentes de recuerdos dolorosos, capaces de volver a reconstruir nuestras vidas tras el derribo del pilar madre. Pilar. Madre.

Alguien dio al botón rojo de abortar en el último segundo, quién no importa. Fue entonces cuando dije no, cuando pensé que aquello no estaba bien. Decidimos quedarnos con todo. Con el dolor y con los recuerdos. Gracias a ello, ahora puedo recordar lo duro que fue todo, su enfermedad devastadora, sus terapias experimentales fallidas, su mirada de impotencia cuando ya no podía articular palabra, su llanto sin lágrimas ni muecas por la parálisis facial. Pero también su risa desorbitada de antaño, su alegría de vivir de siempre, sus caricias sanadoras, su voz tranquilizadora y sus cosquillitas en la espalda.

El recuerdo es dolor y alegría. Es vida. No hay vacuna para el sufrimiento.

València, 9 de junio de 2021. Hoy es vuestro aniversario.
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