Big Bang

BIG BANG


Antes de ayer me caí por un agujero negro. Al pasar el horizonte de sucesos lo vi todo. Todo. Pensé que no me iba a dar tiempo a comprenderlo, pero sí. Resulta que el tiempo no existe aquí, y la mente, libre de ataduras, divaga sin rumbo ni sentido, por los entresijos de la información, perfectamente organizada, en este sumidero de entropía.
Lo sé todo y digo: ¡Qué bien! Y sigo con lo mío, que es caer, a lo tonto, en el averno de la singularidad.
Estaba el demonio, allí, como es natural. Bebimos orujo y whisky (él era inglés), y cantamos viejas canciones picantes. Me despedí con un abrazo y me quemé.

Escribo esto desde el hospital. Han pasado casi 14 mil millones de años y no entiendo nada de lo que me dicen o me hacen, pero sonrío a todos, o eso creo. Sí, mis creencias están confusas. Vengo del infierno, del conocimiento absoluto, de la verdad, y los sentidos no funcionan bien.

Ayer todo era sencillo, vi el Universo entero en un soplo de aliento alcohólico, y ahora la resaca me machaca la nuca y la frente. Comprimidas la una contra la otra, en este aparato analizador, o lo que sea. UltraAntiSpan, pone en un borde, fino, muy fino, una lámina, intangible, en la que viven estos médicos que me hablan en taiguanés (es una hipótesis). Tres cilindros, de diferentes radios y alturas, y un cono truncado. Me parece que es el jefe.
De pronto resuena un ruido, en la cabeza. Es como música, rara, sin notas, ni tempos, ni ritmos, ni colores. Sin embargo, de algún modo, hace rememorar melodías.
–¿Qué tal estás?
–¡¿Qué?! ¿Quién eres?
–El jefe.
Es, su voz, dulce y decidida, como un canto que baila entre las neuronas.
–¿Telepatía?
Pregunté.
–No exactamente... Modulamos el campo de los bosones zeta.
–¡Sois como las ballenas! Parece que repiten un estribillo, y no. Hay mil matices inaudibles, ocultos a nuestros sentidos, y totalmente claros y precisos en su mundo.
–Más bien como los murciélagos.
–¿Ultrasónicos?
–Quirópteros.
Decido que no estoy entendiendo bien el mensaje y frunzo el ceño.

––CHAS ––
Siento un chasquido y la presión afloja.
–Caíste en un agujero negro y volviste a salir, 14 mil millones de años después. Al cambio relativístico actual sería un gugolplex elevado a sí mismo.
–¿Y eso es mucho?
–Prácticamente infinito. En este momento, el Universo es un lugar vacío, oscuro y frío. Tiene una distribución homeopática de materia. Es una nada, que se aleja de sí misma a la velocidad de la luz.
–Pero tenéis una civilización...
–Algo parecido. No somos lo que tú llamarías «reales». Más bien una idea, viva, que evoluciona. Nos grabaron tus descendientes en el propio granulado del espacio–tiempo. Pero tras el inabarcable lapso transcurrido, la terrible dispersión de esos granos ha hecho enorme e ininteligible el mensaje original.
Por eso nos interesa tanto tu caso. Tu mente se expandió hasta el infinito tenebroso de la singularidad. Lo que hemos hecho es recomprimirla a su estado normal de agregación. Básicamente te hemos reconstruido.
–¡Teletransporte!
Pensé.
–No.
Me contestó el pensamiento.
–¿Y el agujero negro?
–Hace eones que no existen. Se extinguieron.
–Y, ¿de dónde salgo yo?
–De la Nada.
Entonces exploté.

Hoy, me expando inflacionariamente.
Mañana me llamarán Big Bang.
Me gusta. Suena mafioso y gracioso. Me siento importante, primigenio y eterno.
¡Big Bang! ¡Toma ya!
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