El día en que el calor del hogar alteró el acervo

La madre tomó a la pequeña Heidelbergensis del brazo y con un rápido y calculado movimiento, la cabalgó sobre su espalda con las piernas alrededor de la cintura. Luego, con jirones de piel de venado, la sujetó fuerte contra su cuerpo.
—Un día de estos vas a tener que soltar a esa cría —le dice una mujer al cruzarse con ella.
La madre no responde y se adentra en el bosque con su hija sobre el lomo. Al atardecer regresa con la alforja llena de tubérculos y varios roedores colgados de la cintura.
Hace tiempo ya que el clan robó el fuego a los dioses. Desde entonces, les aterroriza que se extinga la llama y volver a ser víctimas de los depredadores y del frío. Para que eso no pueda suceder, tanto machos como hembras, se turnan para cortar madera y avivarlo sin descanso.
La madre se sienta junto a los miembros del clan que, al ponerse el sol, se amontonan en la entrada de la cueva, cerca del fuego, para entrar en calor y contar historias. La madre, piensa que ese es un buen momento. Desata de su espalda a la pequeña y la coloca con delicadeza a su lado entre pieles.
—Como habréis visto, pronto no podré llevar conmigo a la niña¬—dice mirando a la pequeña con ternura¬.
—Esa cría ya tendría que poder andar hace tiempo — dice el más anciano.
—Es un ser deforme y monstruoso que nunca va a poder cazar ni dar hijos —dice otro.
La madre los deja hablar mientras desuella a los conejos, los empala en una vara y los coloca sobre las brasas.
— Será una carga para todos nosotros — dice una mujer mientras husmea con su narizota la carne asada.
—Hay que abandonarla, sin más, como hemos hecho siempre —sentencia otra.
—Esta criatura es un engendro, pero es uno de los nuestros y este es su hogar. Así lo han querido los dioses— dice un hombre que acababa de incorporarse al grupo y que posa una mano sobre el hombro de la madre.
La mujer no había vuelto a pronunciar palabra. Se había limitado a escuchar y a repartir entre los presentes la sabrosa carne.
—Todos tenéis razón, pero no puedo dejarla morir— dice de pronto la madre, tomando a su hija entre sus brazos acariciando el torcido cráneo de la pequeña—. He pensado que, a cambio de la carga que pueda suponer su cuidado para el clan, yo me encargaré de mantener el vigor del Dios del fuego encendido.
Hubo un largo debate durante días, nunca se había hecho nada parecido. La prioridad había sido siempre la supervivencia del grupo. Sin embargo, había llegado el momento para que la madre y su cría desvalida alteraran el acervo de la tribu.


En la sierra burgalesa de Atapuerca se halló el cráneo de una niña de Homo heidelbergensis que vivió hace 530.000 años. La niña padecía graves alteraciones morfológicas, diagnosticadas hoy como craenosinostosis, una enfermedad que provoca un retraso psicomotor. La niña tenía entre diez y doce años al morir.
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