El menú de cada día.

Un día cualquiera en una cocina de un piso de un barrio de trabajadores de una gran ciudad. Es la hora de la cena y madre e hijo, están sentados en la mesa delante de un plato con unos “nuggets” de pollo, pan de molde y refresco de cola para acompañar. Ni rastro de fruta, como mucho un yogurt de sabor “fresa”. Al acabar, el hijo se levanta y se va ver un poco la televisión hasta que acabe su madre de limpiar la cocina y acostarse junto a ella. Junto a ella, literalmente ya que el piso es tan pequeño que el niño, no tiene habitación propia.

Tan pronto como se dan las buenas noches, el niño cae rendido bajo las riendas de Morfeo. Está muy cansado pues se ha pasado la tarde tratando de parar los goles del equipo del colegio de enfrente. Su sueño es ser futbolista y jugar en la posición de delantero-lateral, pero su condición de niño obeso le reduce a la posición de portero. Su obesidad (está por encima del percentil 95, a sus 10 años) le impide correr como sus ídolos futbolistas, puesto que si lo intenta, a los pocos metros, empieza a tener flato y/o faltarle el aire.

Su madre procura llevarlo a las revisiones del pediatra, pero todos los intentos de éste y de su endocrino, para el que ha tardado mucho tiempo en conseguir cita por la seguridad social, no han conseguido que el niño baje de peso. A pesar de todo, por ahora según las últimas analíticas realizadas, no presenta ningún parámetro bioquímico que lleve al pediatra a diagnosticarle diabetes mellitus tipo I, ni dislipemia, ni síndrome metabólico ni ninguna otra patología de comorbilidad junto a la obesidad. Sin embargo, para su pediatra figura en la lista de seguimiento crítico por las características corporales (luce una barriga bien prominente) que presenta y las condiciones socio-económicas que le rodean.

Después de darle las buenas noches a su hijo, la madre se da la vuelta y permanece despierta durante un buen rato, sin dejar de pensar en que lleva dos recibos de la hipoteca devueltos por el banco. Su trabajo como limpiadora en el hospital apenas le proporciona los ingresos suficientes como para pagar el piso, los servicios esenciales (luz, gas, electricidad, teléfono…) y los requerimientos de libros, material escolar, vestimenta y zapatos que requiere su hijo para asistir a clase como el resto de sus compañeros. Desde hace un tiempo, compagina su trabajo con otro como limpiadora de oficinas de banco pero son pocas horas y los ingresos escasos. No sabe de dónde sacar más dinero, así que lleva tiempo ahorrando en la cesta de la compra.

No sólo aprovecha las ofertas de los supermercados, sino que además para ahorrarle tiempo, su cesta se llena de productos ultraprocesados o de gama V, con algún que otro alimento de gama III o IV, además de los básicos como la leche, los huevos y alguna que otra conserva vegetal y animal. Los de gama I, los frescos, por mucho que ha mirado en mercados y supermercados (y mira, pareciendo que cada vez aumentan más los precios) no puede comprarlos, pues supone un gasto extra y además su hijo, tiene el gusto sesgado hacia los productos industrializados. Todo lo que llega de la huerta o del árbol, le sabe “diferente”. Y ella, sabiendo que no le hace nada bien a su desarrollo y crecimiento, hace que mira para otro lado para no desperdiciar alimentos que ni puede permitirse y tirar hacia adelante, ofreciéndole al menos algo de comida tres veces al día.

En sus fases REM, ambos sueñan con lo que más ansían en la vida. El hijo, con ser un futbolista reconocido mundialmente, la madre con un trabajo indefinido, una nómina acorde a sus horas de trabajo y una casa propia, en la que disfruta del tiempo libre sin preocupaciones de su hijo, libre de cualquier peligro de enfermedad metabólica o cardiovascular.

Suena el despertador. Son las 06.00 a.m. La primera en desperezarse es la madre, acostumbrada a ese horario. Se levanta con cuidado, se asea, se viste y toma un desayuno frugal (un poco de leche y unas galletas). Ya está preparada para afrontar otro día más, con todos los problemas y la esperanza de que algo suceda que haga cambiar su situación. A las 08.00 a.m. despierta a su hijo, le dice que se asee, le deja la ropa que debe ponerse encima de la cama y le prepara el desayuno: un bol de leche con cacao soluble y cereales del desayuno. Para el recreo, lleva unas galletas rellenas de chocolate. El niño termina el desayuno, recoge la mochila, se despide y va en bus hacia el colegio, con la esperanza de poder correr por la banda sin ahogarse.
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