EL PLANETA FLOREADO

Inició el despegue, el experimentado astronauta ya lo había preparado todo, la expedición sería larga, pero aún así estaba emocionado.
Sabía lo hermoso que era el espacio, imponente, y a simple vista infinito, aunque solitario en cierta forma, los astros y el millón de estrellas le brindaban su compañía, haciéndolo sentir acompañado.
Al arribar hacia aquel planeta de tono rosado algo en el se maravilló en el con solo verlo, no sabía si era su pasividad, sus paisajes extravagantes, o incluso los propios nativos del planeta, que lo recibieron con gran amabilidad.
Caminando por el territorio con uno de ellos se encontraron con un grupo de flores, las cuales catalogó como "Rosas".
Ambas eran hermosas a simple vista, pero al acercarse se percató de algo sorprendente.
En el primer grupo había una rosa repleta de espinas puntiagudas pero su aroma era exquisito, mientras que en el otro había una rosa fina y delicada pero con un aroma muy venenoso.

- Así no son las flores en mi planeta - Le dijo el astronauta al individuo.
- ¡Que hermosura!, tu planeta debe de ser bellísimo - Exclamó el nativo planetario.
- Eso no es del todo cierto - Contestó el hombre afligido.
- ¿Por qué lo dice? - Pregunto extrañado aquel ser.
- Si las rosas fueran igual de bellas que las personas, yo no estaría aquí. - Respondió.

El nativo soltó una pequeña risa que se esfumó en el momento en el que miró el rostro del astronauta, fue ahí que se dio cuenta de que aquel forastero, nunca se refirió al aspecto.
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