¡Eureka!

Melian
Todo científico anhela su epifanía, el denominado efecto eureka: un instante en que todo conecta y lo que parecía confuso y oscuro se convierte en algo obvio. Puede suceder en los sitios más insospechados, como le pasó a Arquímedes dándose un baño. Hoy en Noches con ciencia, entrevistaremos a la doctora Raquel Martínez, una arqueogenética que nos contará su eureka particular. Buenas noches, Raquel.

Raquel
Buenas noches. Muchas gracias por invitarme a vuestro programa Melian, me hacía mucha ilusión venir.

M.
Gracias a ti por aceptar nuestra propuesta. Explícanos un poco en qué consiste eso de ser arqueogenética.

R.
Los arqueogenéticos estudiamos los restos genéticos de la antigüedad, descifrando los posibles mensajes y datos que nuestros antepasados han podido dejar almacenados en los mismos.

M.
¿Y cómo se empezó a utilizar material genético para almacenar información?

R.
Hay dos posibles respuestas a la pregunta que me haces. La primera, considerada en algunos círculos científicos como una leyenda urbana, es que los primeros en utilizar material genético para pasarse mensajes fueron los espías. El espía rociaba un papel de periódico o un papel cualquiera con agua que contenía el ADN con el mensaje, después lo dejaba en el sitio acordado con su contacto para ser luego descifrado en el laboratorio. La segunda versión que encontraremos en cualquier libro de historia es que, tras los ataques masivos a sistemas informáticos a mediados del siglo XXI, los científicos de aquella época dirigieron su mirada a la naturaleza buscando formas de almacenar datos a prueba de estos ataques.

M.
Me encantan las historias de espías ¿qué ocurría si el mensaje era interceptado por la agencia enemiga?

R.
Nada, ya que no necesitas solamente el mensaje, también el código genético utilizado para poder descifrarlo.

M.
¿Qué es el código genético?

R.
Imagínate que el ADN es un collar de cuentas. Estas cuentas serían de cuatro tipos diferentes llamados nucleótidos: la adenina o A, la timina o T, la citosina o C y la guanina o G. Pues bien, estas letras se van agrupando en grupos de tres, cada tres letras tenemos codificado un aminoácido. A su vez, los aminoácidos serían las cuentas que forman las cadenas de proteínas que componen nuestro organismo. El código genético consiste en saber cual es el aminoácido en que se traduce cada grupo de tres nucleótidos. Por ejemplo, ATG sería traducido al aminoácido metionina. Los aminoácidos también se simplifican con letras, de tal manera que metionina es M. ¿Ves a lo que me refiero? Si vamos juntando las letras de los aminoácidos podemos escribir un mensaje.

M.
Ya lo entiendo. ¿Y los científicos del siglo XXI utilizaban todos el mismo código?

R.
Ojalá lo hubieran hecho porque nos hubieran facilitado mucho el trabajo a los arqueogenéticos del futuro. El código genético que usan nuestras células es limitado y fueron necesarios códigos más complejos para almacenar datos numéricos, signos especiales, etc. Y también, al igual que los espías, para almacenar datos sensibles que habían quedado expuestos tras los ataques a los servidores. Los arqueogenéticos primero secuenciamos el ADN encontrado, y el trabajo duro comienza después identificando el código que se ha utilizado.

M.
Imagino que habrá cientos de códigos.

R.
Miles, pero con la ayuda de las inteligencias artificiales se reduce bastante la carga de trabajo.

M.
Perdóname Raquel que a veces me ando por las ramas. Ha llegado el momento de que nos cuentes en qué consistió tu momento eureka.

R.
Pues precisamente fue con un código de los que te he estado hablando. Yo estaba en el laboratorio peleándome con unas muestras de código desconocido etiquetadas como NSBEET. Decidí parar un rato a tomar un café y me puse a escuchar un podcast en el que se explicaba en qué consistía la epigenética, las modificaciones que sufre el ADN para indicar a las células si una proteína se debe expresar, en qué cantidad, etc. Como si pintásemos o hiciéramos una muesca a las cuentas de nuestro collar. En el podcast utilizaban la metáfora de que el ADN es una partitura y la epigenética es la forma de interpretarla. En ese momento no grité eureka. Grité la novena sinfonía de Beethoven, tirando todo el café por la mesa. Cuando volví al laboratorio y pedí a la inteligencia artificial que emparejara la muestra con la partitura, no tuve ninguna duda de que el resultado sería el código ansiado. La muestra NSBEET se convirtió en nuestra piedra Roseta, con la que pudimos descifrar muchos otros mensajes sin identificar hasta la fecha que resultaron ser obras musicales.

M.
Muchísimas gracias, Raquel, por compartir tu historia con nosotros. Quién sabe si algún día un oyente encontrará el material y el código que esconden la información de La Mona Lisa.
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