Latidos abatidos

Por un momento no fue. No era, no sentía. Por un momento dejó de existir, y su nombre perdió todo el sentido que le daba. Esmeralda no fue sino un color durante esas dos horas de infinita nada. Por un momento no fue, pero volvió a ser. Afortunadamente, y en contra de todo pronóstico, siguió los pasos del primogénito de la religión cristiana, volviendo a la vida como un fénix de entre las llamas.
La historia de aquella joven risueña comenzó por allá en el siglo 22, cuando la biomedicina garantizaba la vida a millones de personas cuyo vital órgano bombeante no funcionaba correctamente, intercambiándolo por otro en cuestión de horas, y dejando la vida del otro paciente pendiendo de un hilo. Aún en el siglo 22, el que debería de ser del máximo esplendor económico y científico, incluso la medicina, rama dedicada originalmente al cuidado de todos y sin distinción alguna, se ponía en manos del capitalismo más exacerbado, y de parte, evidentemente, del más afortunado.
Por ello, aquella complicada operación era posible tan solo bajo una única condición: poseer más dinero que la media. Y dicha condición la cumplía la familia de Esmeralda, cuya herencia no se limitaba a un par de propiedades y cientas de criptomonedas, sino que se asemejaba más a la fortuna de un jeque árabe del siglo anterior. ¡Qué tiempos aquellos, en los que el petróleo llevaba la insignia de oro negro! Quién nos diría que la vida de los más desventurados se convertiría en la moneda de cambio por excelencia…

Mientras que la historia de nuestra protagonista comenzaba, el principio del fin para otra daba sus primeros pasos. Esmeralda sufría de una enfermedad degenerativa que afectaba directa e incurablemente al corazón. Y no era una fórmula metafórica para el amor, sino una arritmia que la dejaba sin aire y aturdida constantemente. Esto le supuso años de dolor incesante. Cada primavera restaba un otoño, y cada latido podía ser el último.

Pero Esmeralda tenía algo de lo que la gran mayoría de su entorno carecía: una familia poderosa y capaz de todo cuanto quisiera. Y el cariño incondicional que sentía por ella no iba a ser menos. ¿Cuánto valía una vida que arrebataba la de un igual? ¿Acaso todo tenía precio en la sociedad mercantilista? ¿Cuál era el límite de la moral? Los valores perdían su sentido, dejando paso a la codicia y al afán de egoísmo.

Fue una fría mañana de diciembre, a escasos días de comenzar el año siguiente, cuando una estrella se apagó por dar luz a otra. Esmeralda no soportaba la lentitud aplastante de su pulso. Se desvaneció antes de poder pronunciar siquiera la que habría sido su penúltima palabra. Sus párpados cedieron ante un sueño implacable que la sosegaba en cierto modo. Su cuerpo cayó, sin vida, ante los que se la habían concedido.

Y ahí entró Celeste. Celeste, hija de unos simples informáticos. Celeste, conocida por sus ganas de vivir, de dejar huella allá por donde pasaba. Celeste, con una valiosa parte de ella que destacaba por encima de todas las demás. Celeste, con un corazón enorme, que no le cabía en el pecho, como solía decir su madre y todo aquel que se dignaba a conocerla.
Y en esta paleta de colores tan viva, el artista pintó sobre un color otro completamente distinto que obnubilaba al primero. Licencia de autor, quizás. Su pincel marcó un antes y un después en la obra final. El lienzo, blanco e insulso, quedó manchado por un color azulado, que con tan solo una mínima diferencia de longitud de onda pasaba drásticamente de una tonalidad a otra. Y eso es lo que hizo. Manchó toda una vida de color Esmeralda, provocando la desaparición del Celeste que tan llamativo resultaba. Oscureció un último latido, y dio color al deficiente.

Y como era de esperar, el pintor pintó, con bisturí por pincel.

Por un momento no fue. No era, no sentía. Por un momento dejó de existir, y su nombre perdió todo el sentido que le daba al cuadro. Celeste no fue sino un color olvidado durante esas dos horas de infinita y absoluta nada. Por un momento no fue, pero tampoco tuvo la oportunidad de volver a ser. Fría y afiladamente, y como el artista había ideado, Celeste desapareció de la paleta de colores para dejar sitio a una Esmeralda, que quizás a partir de ese momento tenía más de Celeste que esta nunca había tenido. Se llevó la mejor parte, la que sentía sin esforzarse y latía con ganas. Ganas de vivir, ahora enajenadas , usurpadas, abatidas.
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