¿Qué es la ciencia?

Aún recuerdo cuando formulé por primera vez esa pregunta que todos los padres temen. Era yo muy pequeña. Le cogí la mano y, mirándole con mis grandes ojos de niña buena, le pregunté así, de sopetón: “Papá, ¿qué es la ciencia?”. Al principio, titubeó, con varios amagos de empezar una frase que no llegaba a salir de sus labios. Finalmente, afirmó no estar preparado para responder una cuestión tan importante. Necesitaba un rato para meditarlo. Yo pensé que no sabía la respuesta e iba a buscarla, como solía hacer cuando le pedía ayuda con mis deberes de matemáticas. Pero estaba equivocada.
Esa misma noche entró a mi cuarto y me entregó una nota con una sonrisa maliciosa en la cara mientras me decía “Me has preguntado qué es la ciencia y la mejor forma de responderte es contándote una historia”. Si me lo permitís, voy a leeros su contenido —dijo ella mientras desdoblaba un papel tan manoseado como amarillento, que acababa de sacarse del bolsillo:


Existió un simio desnudo que un día decidió caminar sobre dos patas para descubrir qué se ocultaba tras la maleza. Este homínido, con sus manos ya liberadas, construyó desde hachas de sílex hasta, con el paso de los siglos, cohetes aeroespaciales.
Este primate fue capaz de gritar ¡Eureka!, mientras corría sin ropa por las calles de Siracusa tras descubrir cómo un cuerpo sumergido desplaza un volumen de agua similar al suyo, o de darse cuenta de que la tierra no es el centro del universo y, a pesar de parecer estable, sólida e inamovible sin embargo, se mueve.
Un ser tan estúpido que necesitó un manzanazo de realidad para entender por qué estaba pegado al suelo, pero nunca tuvo buena memoria, por ello no tardó en olvidarlo y remontar un vuelo sin alas, cada vez a más altura hasta dirigirse, cual polilla, hacia la luz más brillante del firmamento nocturno. Y no para morir en ella, sino porque sabía que “en algún lugar, algo increíble está esperando a ser descubierto”.
Este bípedo implume necesitó recorrer los mares a bordo del Beagle para entender, mediante la teoría de la evolución, cómo una sucesión acumulativa de cambios transformó un puñado de compuestos inorgánicos en la increíble biodiversidad de nuestro planeta.
Biodiversidad que ha hecho suya. Desde las diminutas bacterias transgénicas, siempre dispuestas a fabricarle insulina, hasta sus compañeros caninos, seleccionados para ser grandes como caballos o pequeños como ratones, capaces tanto de guardar su ganado como de ser sus ojos. Jugando con la naturaleza como un relojero ciego, pero sin llegar a perder nunca la visión.
Logrando, a pesar de su estupidez infinita (o quizás gracias a ella) guardar el universo en una cáscara de nuez y brillar con luz propia cuando descubrió la radioactividad. No obstante, esa estupidez le está llevando a destruir su hogar. Y mientras no se dé cuenta de que el único camino para salvarlo es la senda del conocimiento, penderá sobre él la espada de Damocles porque, como todo el mundo sabe, un gran poder conlleva una gran responsabilidad.
Y por ello, seguirá viviendo dentro de una caja, vivo y muerto a un mismo tiempo, sin entender que la ciencia no es el robot que yace abandonado en Marte, el Big Bang, o la teoría de cuerdas. La ciencia es el brillo en los ojos de Jane Goodall en Gombe al ver, por primera vez, a un chimpancé usando herramientas y rompiendo, definitivamente, el altar que nos aupaba sobre el resto de animales. Es la pregunta de un niño a su padre cuando no entiende por qué vuela su cometa, y es el impulso que llevó a nuestro simio desnudo a erguirse para ver qué había más allá.
¿Todavía no te has dado cuenta de que la ciencia no existe? Que somos nosotros y esta es nuestra historia.


Por aquel entonces, no entendí del todo sus palabras, pero, con el paso de los años, he vuelto a releerlas una y otra vez. No puedo evitar pensar que si no fuera por ellas quizá no hubiera encontrado la inspiración o el valor para elegir este camino tan duro y poco reconocido, pero a la vez tan vocacional e ilusionante. Debido a ello, cuando os llegue el turno de responder a esta pregunta –que os llegará…– debéis estar preparados, pues nadie sabe los grandes descubrimientos que penden de vuestra respuesta. Y tal vez, en un futuro, cuando esa persona esté recibiendo el mayor reconocimiento de su vida, recuerde vuestras palabras y piense que sin vosotros nunca hubiera sido posible.
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