Pequeña

Cuando Zaira escuchó de la voz de su maestra que este año el carnaval sería 'científico', supo al instante de qué quería disfrazarse... Esa misma tarde convenció a su madre para ponerse manos a la obra, y fueron a escoger los tejidos: tendría negro, un negro oscuro, azabache, mucho, esa tela de lino era preciosa. ¿Y seda negra, tenéis? Buscamos también un hilo finísimo, de color blanco. Dorado, mamá. ¿Tendríais?

La víspera de carnaval ambas contemplaban, con una sonrisa en la cara, la creación que colgaba de la pared de la habitación. La mamá despidió a Zaira con un beso, y la niña se durmió sin perder de vista su traje... A la mañana siguiente, Zaira saltó de la cama, desayunó deprisa y se vistió con suma delicadeza. Cariño, es hora de irnos, ¿lo tienes todo? ¡La lupa, mamá!

De camino a la escuela ya empezaban a verse niñas y niños disfrazados, algunos de los cuales lanzaban miradas de desconcierto a Zaira. Al doblar la esquina, la mamá notó que Zaira aflojaba el ritmo y en la puerta de la escuela, abarrotada de padres despidiendo a sus hijos, su rostro había perdido el entusiasmo del día anterior. Mamá, pero ¿y si no lo entienden? Se van a reír. Zaira, cariño, todo va a ir bien. La mamá besó a Zaira con cuidado de no despeinarla. Ella no parecía muy segura de aquello y en ese momento habría querido irse de ahí, pero el empujoncito en la espalda y la cantidad de niños andando hacia la puerta hicieron el resto...

Zaira enfiló el pasillo hacia su clase de Primero B. A su alrededor los niños corrían, gritaban, lucían sus trajes orgullosos, pero ella no podía evitar sino sentirse pequeña en ese pasillo que se hacía larguísimo... Solo pensaba en esconderse tras el pupitre - al fin y al cabo aquel disfraz había sido una mala idea.

Pasó la clase de matemáticas y seguido la de lengua. Tras el pupitre, Zaira apenas levantaba la mirada. Entonces sonó el timbre que anunciaba la hora del recreo. Zaira aguantó sentada lo que parecía una eternidad, y cuando casi todos habían salido, cogió su bocadillo. Eulalia, que hoy vestía de Matraz Erlenmeyer y también acostumbraba a ser de las últimas que salían de la clase, se le acercó. ¿De qué vas? De microcosmos, dijo Zaira con un pequeñísimo hilo de voz, sintiéndose avergonzada. ¿De microcosmos? ¡Qué guay! Aquella respuesta pareció aliviarla - quizás podría estar a salvo al lado del Matraz.

Llegó la clase de ciencias naturales. La maestra había preparado una sorpresa, juntaría a las clases de primero en el salón de actos para que exhibieran sus disfraces. Cuando les dio la noticia la clase estalló en bullicio y Zaira, lejos de alegrarse, empezó a sentir un dolor de tripa terrible. Eulalia vino con ella mientras formaban fila de a dos. Zaira se aquejaba de su dolor de tripa, que expresaba un momento de pánico total: ya se imaginaba subiendo al escenario delante de todos, que harían burla. No entenderían de qué iba, ¡iba vestida de negro! Solo quería irse a casa... En ese momento, Eulalia, le preguntó: ¿Y la lupa, para qué es? ¿La lupa? Ah… es para que encuentres el núcleo y los electrones, están por el traje.

Zaira había creado una maravilla. Un traje negro en el que escondidos, y de tamaño diminuto, había un núcleo atómico y dos electrones, espaciados muchísimo y que evidenciaba que los átomos - aquello de lo que todos estamos compuestos - son en su mayor parte un espacio vacío, negro. La lupa era para ayudar a encontrarlos.

¿Cómo? ¡Es chulísimo! La fila avanzaba y Eulalia intentaba sin suerte encontrar las partículas atómicas por el traje. Se sentaron en las butacas del salón. Eulalia seguía obsesionada en encontrar los electrones y eso tranquilizó un poco a Zaira, aunque su corazón se puso a mil cuando la maestra anunció que era el momento de subir al escenario. Sobre este había volcanes, dinosaurios, una Marie Curie, árboles… y estaba Zaira - aparentemente vestida de negro...

Zaira explicó su traje, no sin tragar saliva varias veces. Tímidos güalas… se podían oír desde las butacas, y es que lejos de ser un fiasco, el traje despertó el interés de todos. Al bajar, la maestra tuvo que ir a por más lupas: sus compañeros se amontonaban para buscar los electrones por el traje... Esta vez sí, sonó el timbre para irse a casa. Zaira salió corriendo - el pasillo se le hizo cortísimo. Al ver a su mamá, se le tiró al cuello. ¿Ha ido bien cariño? Zaira esbozaba una sonrisa preciosa.
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