AMBROSÍA

La noticia se zambullía en millones de pantallas holográficas repartidas por los hogares: Se abre un nuevo restaurante en la ciudad. Ya son 876 establecimientos abiertos de la compañía Synedere desde 2045 y tienen 56 proyectos más en activo. La novedad es clara: S-Wagyu, wagyu sintético.
Las colas eran kilométricas: el consumo de este manjar se antojaba irremediable para tantas bocas saciantes. La enfermedad rondaba en cada esquina. Esperas que perforaban el sentido común y lo ahuecaban, dejando a la humanidad desnuda. ¿Acaso éramos alquimistas convirtiendo el capricho en necesidad? Los restaurantes de clase alta llevaban una S que indicaban el lujo y la ostentación.
El primer día de apertura, Derlan, un cocinero químico con buenas recomendaciones se incorporó como ayudante en el nuevo establecimiento.
— Bienvenido. Me llamo Jarob. –se presentó el jefe de cocina.
— Yo, Derlan. – aseveró estrechándole la mano.
— Ponte el buzo y los guantes. Por esa puerta del fondo accedes a la Quocina. – le dirigió el chef con gestos. — Ahora voy yo.
La situación era rutinaria y confusa: sin fuegos, con cámaras frigoríficas que desprendían vapor de nitrógeno. El único movimiento en los pasillos era el de los pies agitados.
Derlan se encargaba de coger las muestras de células, añadirles el sabor, el color y meterlos en las cámaras acelerando el proceso de expansión. Tras unos minutos, los sacaba y el chef se encargaba de cocinarlo en su punto.
— Increíble, ¿no? Carne de vaca japonesa en la mesa. - decía el chef para romper el hielo.
—La ciencia prospera.-asintió tímidamente.
— Es hora de probar esta delicia. ¿Quieres?
— No, gracias.
—La clientela estará embriagada con esto durante meses. –respondió Jarob entusiasmado.
De repente unos gritos se pegaron al cristal de fuera. Les acompañaban unos carteles que modificaban los mensajes a intervalos cortos.
— ¡Lo artificial es arte superficial! ¡Comida sintética, comida sin ética!
La concentración duró dos horas hasta disolverse en el aire. Tras acabar la jornada, chef y ayudante se sentaron en un banco mientras la noche los acompañaba.
— ¿De dónde eres? –preguntó Jarob.
— Del norte de Baolbi, me crié en una granja. Aprendí cocina de mi madre y estudié química. Y ahora, Quocinero, ¿Y tú?
— Viví en la periferia de Tiasnod durante cinco años. Luego me mudé aquí. Mi padre me enseñó todo lo que sé. Este restaurante era suyo antes de que lo compraran, y tuvieron la amabilidad de dejarme trabajar..
Estuvieron en silencio un rato mientras las estrellas se colgaban del brillo nocturno.
— ¿Crees lo que dicen las manifestaciones?- soltó de repente Derlan.
— Vete a saber. –afirmó el chef. — Nosotros tenemos esta oportunidad. Solo importa eso.
Jarob contempló una estrella, buscando en ella el reflejo extinto de su padre. Tras unos minutos más de conversación se retiraron a dormir. Al día siguiente se volvieron a juntar en el mismo banco, era su rincón de charlar.
— No baja el trabajo, ¿eh? – sonrió Jarob.
— Sudor es nuestro segundo apellido.
— Y que lo digas. El S-Wagyu es un furor. Todo el mundo lo adora. Somos... como dioses. Ja, ja, ja.
— Veremos lo que dura esta moda.
— Lo que dure. Luego vendrá otra y nosotros estaremos ahí para sacar tajada. ¿Qué animal tocará? ¿Armadillo, pangolín, murciélago? Gira la ruleta. – hizo el gesto imaginario como un presentador de televisión.
— ¡Estás loco! – dijo entre risas.
— Todos lo estamos, Der. Todos. –cambió el semblante a uno más serio. Nos hemos cargado casi todas las especies de animales y plantas. Los más pobres viven de ellos. – apretó los puños con fuerza.
— La vida no es justa. – desvió el tema rápidamente.
Tras el comentario, la conversación se cerró dejando entreabierta las dudas en la cabeza de Derlan.
Jarob cogió unos días de baja por asuntos personales, dejando a Der al mandó de las cámaras en su ausencia. Mientras, las manifestaciones se sucedían como una rueda perpetua. Los nervios de principiante se mezclaron con un titular. Dos comensales se intoxican en el recién abierto restaurante.
Las manifestaciones se volvieron multitudinarias, proponiendo el cierre definitivo de todos los locales. La locura se desató mientras Der deseaba que acabara el día. Cuando se quitó los guantes y el buzo recibió una llamada holográfica.
— ¿Trabaja aquí Jarob?
— Sí, ¿Qué pasa?
Los pasos al hospital fueron meteóricos dejando una estela de lágrimas y preocupación constantes. Ahí estaba él. Frágil, con los ojos semicerrados tumbado sobre la cama.
— ¿Qué pasa, Der?
— ¿Cómo estás?
— Torpe. Han caído los dioses.

Jarob falleció unos días después. Las intoxicaciones no frenaron, facilitando los contagios y más muertes. La noticia se zambullía en millones de pantallas holográficas repartidas por los hogares. Derlan recortó el final de una que acababa casi como un epitafio:
Como afirmó E. Grahm: El hambre no se extingue, la miseria humana nos devora. Probamos a ser dioses pero demostramos ser humanos.
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