Duda atómica

Hasta tercero de la ESO era una estudiante totipotencial, como una célula embrionaria. Se me daban bien las letras y las ciencias, y por eso no había elegido aún el camino por el que me iba a diferenciar. Pero conocí al profesor Fernando, y él determinó mi futuro en cuanto lo vi aparecer con su bata blanca en clase.
Nos venía a enseñar física y química, materias que en mi mente sonaban abstractas y complicadas. En la primera clase nos dijo que íbamos a aprender los secretos del universo. Aquella afirmación me sorprendió porque yo ya conocía todos los reinos y filos de animales, ¿qué más misterios me podían quedar por aprender? Si le hubieran dicho a mi yo de catorce años que la ciencia no tiene fin, no habría pensado con tanta suficiencia.
Un alumno le preguntó a Fernando por qué llevaba aquella bata si no se podía manchar de nada, como mucho de tiza. Los rumores decían que no se la quitaba ni para ir al baño.
—La bata es más que una prenda de protección, es el símbolo de los científicos. Es un orgullo poder llevarla y mostrarla al mundo. Tal vez algunos de vosotros algún día también llevéis una. ¡Espero que os acordéis de mí!
Puse los ojos en blanco y leí la primera página del libro. El átomo como componente unitario de la materia. Me lo imaginé como una célula, aunque no terminaba de visualizar cómo una célula podía componer un lápiz.
—Imaginad el átomo como un ladrillo —comenzó el profesor—. Con millones y millones de ladrillos tenemos este libro, la camiseta del chico de la primera fila, ¡incluso las estrellas! Los átomos son lo más pequeño que existe y son indivisibles, no se pueden romper.
—¿Más pequeños que una hormiga? —preguntaron.
—¡Millones de veces más pequeño!
—¿Y cómo son?
—Esa es la gran cuestión. Ya estáis empezando a pensar como científicos.
Mis compañeros soltaron exclamaciones de admiración. Yo volví a poner los ojos en blanco, aquel profesor solo hacía espectáculo, pero no enseñaba nada.
—El primer modelo atómico fue el de Dalton, que describía los átomos como bolitas. Tenemos la tabla periódica, ¿la veis allí? —Señaló la lámina colgada sobre la pared—. Existen todos estos elementos, de átomos distintos que son iguales entre ellos. La unión de distintas bolitas es lo que conforma toda la materia.
Avancé unas páginas en el libro y vi que el modelo definitivo era el de Rutherford y me apresuré a levantar la mano.
—Profesor, pero en el libro dice que los átomos no son bolitas sólidas, sino que tienen un núcleo con otras bolitas más pequeñas girando.
—¡Vaya, alguien que se adelanta! ¿Y tú de quién te fías, de mí o del libro?
—Debería decir de ti porque eres el profe, pero los libros nunca mienten.
La clase fijó su atención en el profesor puesto en duda, pero él sonreía calmadamente.
—La verdadera ciencia enseña por encima de todo a dudar y a ser ignorante.
—¿Eh? —pregunté sin entender su respuesta.
—De Miguel de Unamuno, ya lo estudiaréis. Quiero que sepáis que primero tenemos que aprender lo que se sabía en el pasado y, hoy en día, nos lo replanteamos una y otra vez. Seguimos añadiendo granos de arena, pero nunca eliminamos los antiguos.
—¿Qué es? ¿Una playa?
Mis compañeros rieron, aunque lo había dicho con mordacidad.
—Sí, la ciencia es una playa con un océano infinito. Volviendo a nuestros átomos que son bolitas…
Durante las siguientes semanas, Fernando nos explicó hasta el modelo atómico de Rutherford y comprendí que la idea del átomo se había ido refinando durante el tiempo, pero esta visión del núcleo y los electrones me satisfizo porque lo había visto representado así en The Big Bang theory y en Jimmy Neutrón. Abandoné toda reticencia hacia mi profesor y adoré cada una de sus clases en las que expandía mi visión de la realidad. Incluso empecé a etiquetar la sal y el bicarbonato con sus fórmulas empíricas, para disgusto de mi madre.
No obstante, no me pudo decepcionar más cuando en el curso siguiente nos volvió a hablar de los átomos. ¿Niveles de energía? ¿Los electrones no giraban todos igual? Y para remate, ¿los electrones eran probabilidades? Me enfrenté a él.
—¡Fernando! ¿Cómo no nos habías explicado esto antes? Nos has tenido engañados.
—¿Yo? Nada más lejos de mi intención. ¿Me habrías creído o entendido el año pasado si te hubiera hablado de orbitales?
—¡Sí! —grité indignada.
—Pues no dudaste de la veracidad del modelo de Rutherford. Os dije que un científico se apoya en la evidencia anterior mientras duda de ella para llegar a una verdad más refinada. Eso es la ciencia.
Me quedé sin palabras. ¿Cuánto me quedaba por aprender? Deseé que él me pudiera enseñar a ser científica.
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