Al viento

“Las hojas de los árboles son sus plumas. Si los árboles no amaran tanto la tierra, hace tiempo que habrían echado a volar”.
El Abeto

Allí estaba yo, tirada y desnuda, sucia de barro, dentro de aquel charco. Parecía que había pasado una eternidad.

Entonces me dormí.

Pasaron días de lluvia.

Me fracturé. Me desmoroné. Me habitaron hongos.

Llegaron las hormigas y trocearon lo que quedaba de mí.

Hice viajes por el interior de las lombrices y algunas larvas.

Y ya, siendo sal y siendo jugo, busqué los hilos que conducen a la raíz para volver a subir.

Nos adelantaron los jugos de las flores. Íbamos rápidas, las hojas, o más bien, los jugos de las hojas. Íbamos rápidas por nuestros conductos, avanzando de centímetro en centímetro, subiendo y subiendo, como chupadas hacia el sol. Pero las flores eran más ligeras, claro. Iban empujadas por sus esencias de pétalos, de estambres cosquilleantes, y esas ansias de explotar de color en la primavera.

Las flores son, y lo saben, las ventanas que el árbol abre al mundo en cuanto se marcha el frío. Por eso son tan exhibicionistas y vanidosas. Creo de todos modos que tienen que serlo. Si no, no podrían destaparse, enseñar sus partes íntimas y permitir que los insectos las anduvieran manoseando.

Las flores, como digo, nos adelantaron todas. Se abrieron, fueron tocadas, perdieron brillo y quedaron calvas. Pero no se les apagó ese afán suyo tan carnoso, y empezaron enseguida a engordar y a llenarse de los jugos dulces de la reproducción. Escondían semillas secretas en vestidos de jalea dulce. Eran la tentación y lo sabían.

Solo entonces entramos nosotras en escena. Nos asomamos primero a las ramas como puntas de lanza, comprimidas, abrazadas. Y empezamos a desempaquetarnos. ¡Ah! ¡Qué bueno era desplegarse, llenarse de savia, tensarse como los paraguas.
Ese primer baile al viento, todas riendo, compensa el largo viaje. Eso y sentir de nuevo en nuestras velas verdes el tamborilear fresco de la lluvia.

Llegaron también, como siempre, algunas orugas voraces.

No es agradable que te coman los rebordes. O que las avispas te inyecten sus huevos y te salgan jorobas llenas de larvas afiladas.

Pero no hay viento sin avispas, ni lluvia sin orugas.

Y no había espacio para los lamentos, pues ahí volvían el viento y el sol, y empezábamos a mecernos de nuevo, canturreando alborotadas, imitando a los pájaros.

Ese tiempo de estar abiertas al cielo es siempre el mejor. El tiempo de bailar juntas, olvidando la oscuridad subterránea.

Pero los días se acortaban, eran cada vez menos cálidos y empezamos a tiritar.

Cuando sé que vuelve a acercarse el fin, escucho siempre al abeto. Sus agujas son viejas como el bosque y nos miran siempre perplejas, desde su lentitud petrificada y angosta.

Ellas saben lo que es la escarcha, doblarse por el peso de la nieve. Nosotras no. Nosotras caeremos dentro de poco. Nuestros pies están tan débiles que ya solo pisan la rama de puntillas.

Temblamos en la niebla, pero el abeto nos dice que no tengamos miedo. Que volveremos. Que siempre volvemos. Que dormiremos mientras el mundo esté helado y regresaremos casi al mismo tiempo que los pájaros.

Yo espero que sea cierto, pero lo sé y lo dudo cada vez.

Hoy me desperté y no conseguía ondear. Mis nervios estaban ya rígidos. Mis compañeras miraban al vacío y nadie tenía ganas de cantar. Era el momento.

El tiempo pasa tan despacio cuando finalmente te dejas caer. La caída es un sí y un no, un balanceo que la va negando y a la vez haciéndola evidente. Es un mecerse oscuro que presagia el desgarro de las piedras y el temor de ya nunca volver a encontrar la raíz.

Caigo y pienso en el abeto. En su certeza. Y termino de caer, para fundirme con la tierra, para poder tras el invierno, volar verde de nuevo.


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