Fiesta cuántica

Cuando recibí aquella extraña invitación jamás podría haberme imaginado lo que en aquella peculiar fiesta sucedería. La carta decía así: “Estimado amigo, ha sido invitado a una exclusiva fiesta cuántica que tendrá lugar en las coordenadas 46.94767, 7.44997 el vigésimo séptimo día tras el eclipse solar. Preséntese una hora antes de que el sol se ponga, esperamos gustosos su presencia”. Nunca había escuchado el término “fiesta cuántica” pero pronto descubriría de qué se trataba, la aventura prometía.

Cuando llegué, me reuní con un grupo de asistentes que esperaban pacientes para entrar al local donde se celebraba la fiesta. Un apuesto hombre llamado Feynman nos recibió y al vernos tan serios exclamó -no tomen todo esto de manera solemne, ¡relájense y disfruten!- y así hicimos.

Nada más entrar deduje que aquella sería una noche inolvidable. En lo alto del escenario se distinguía al DJ al que identifiqué como el bosón de Higgs, el alma de la fiesta que proporcionaba masa al conglomerado de partículas que bailaban enérgicamente al ritmo de la música colisionando constantemente unas con otras. Los que más destacaban eran una pareja de electrones que danzaban al unísono dando vueltas en sentidos contrarios como establece el principio de exclusión de Pauli y realizando exactamente idénticos movimientos lo que les dotaba de una coherencia y sincronización inigualables que atraían todas las miradas.

Tras una primera impresión que me dejó atónito logré tranquilizarme y comprobé que veía completamente borroso a través de mis gafas por lo que probé a colocármelas de nuevo para poder enfocar mejor los objetos pero no sirvió de nada. Comencé a limpiarlas con un pequeño trapo que siempre me acompaña en el bolsillo cuando un jovial hombre con dotes de intelectual me sobresaltó dándome palmaditas en el hombro con una risa sarcástica que me hizo enrojecer de vergüenza. -Deja de limpiar esas gafas, no lograrás ver nítido por mucho que te esfuerces, todas las partículas poseen cierta incertidumbre y no podrás localizarlas en un lugar concreto- me advirtió, y antes de desaparecer entre la multitud susurró a mi oído -por cierto, me llamo Heisenberg-.

Los más animados de la fiesta eran sin duda los fotones, que iluminaban completamente la estancia con sus agitados y veloces bailes incapaces de seguir para mis ojos, lo que me produjo cierto mareo. Completamente desorientado pregunté la hora a uno de ellos y su respuesta me dejó desconcertado, ¡era imposible que hubieran pasado 57 horas desde que entré en la discoteca! Inicialmente pensé que el fotón estaría bromeando hasta que llegó a mi lado un peculiar hombre de pelo blanco y alborotado y me explicó que el tiempo no es inmutable sino que factores como la velocidad o la gravedad pueden alterar el tejido espacio-temporal lo que me creó más dudas que certezas pero al menos ya supe que el fotón no se estaba quedando conmigo. El hombre que me había proporcionado aquella minuciosa explicación sobre un fenómeno al que denominaba relatividad parecía aburrirse en la caótica fiesta cuántica y percibí cierto descontento cuando al despedirse, mientras miraba a su alrededor, me dijo -recuerde, Dios no juega a los dados-. Justo antes de que se marchase le pregunté su nombre, -Me llamo Albert- respondió. Aquel encuentro me dejó reflexionando, tenía la sensación de que aquel hombre pasaría a la historia pero no logré determinar la causa de tal fugaz pensamiento.

La fiesta llegaba a su fin, era hora de recoger y algunos asistentes comenzaban a marcharse cuando un hecho llamó mi atención. Un electrón salía por una de las puertas de la discoteca y su sombra se proyectó sobre la pared en un extraño patrón de interferencia como si de la interacción de dos ondas se tratara. Me dispuse a filmar aquel extraordinario suceso pero resultó que cuando otro electrón abandonó el local su sombra se reflejó a la perfección sobre el muro de enfrente. Comprobé la grabación y, en efecto, sobre la pared tan solo se percibía una oscura mancha, como si el suceso dependiese de la presencia del espectador, como si el simple hecho de observarlo interfiriese en el proceso de la misma manera que cambia el comportamiento de los niños pequeños en presencia de sus padres.

Con la cabeza a punto de estallarme, decidí abandonar resignado la fiesta. Al verme cabizbajo, otro presente al que más tarde reconocí como Niels Bohr trató de consolarme, me dijo -no te preocupes, si la mecánica cuántica no le deja a uno perplejo es que no la ha entendido-. Finalmente regresé a mi casa con la convicción de que aquella fiesta supondría una gran inspiración para mis futuras investigaciones. Por cierto, se me olvidaba, mi nombre es Erwin Schrödinger, pero esa ya es otra historia.
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