Primer paso

“¿Por qué me metí en este marrón?” se preguntaba mientras comprobaba que todos los parámetros se encontraban en orden. Era la cuarta vez que los comprobaba y posiblemente no fuera la última, pero prefería estar haciendo algo para ahuyentar ciertos pensamientos. “Te metiste porque quisiste, nadie te obligó”. Y tenía razón, no dudó ni un segundo en apuntarse al proyecto, ni tampoco en aceptar cuando la eligieron. Parecía cosa del destino, cumplía a la perfección el perfil que buscaban: astronauta, experiencia en el mantenimiento, conocimientos sobre obtención de energía y, lo más importante, la total falta de pareja y/o hijos. Una condición comprensible si te embarcas en un viaje de solo ida al planeta vecino. “Esto es una locura en toda regla, pero como responder que no cuando te preguntan: ‘¿Quieres ser la primera persona en pisar Marte?’”.

El proyecto empezó hace años con la búsqueda de una zona adecuada donde construir una base habitable. Peinaron distintas zonas con satélites y algún róver hasta dar con una cueva que sirviera de cimientos. Algunos robots teledirigidos se encargaron de taponar la entrada y sellar las paredes para crear una zona estanca que llenar de aire respirable. Tras ello llevaron semillas y tierra con el objetivo de crear una plantación marciana. El proyecto se mantuvo en silencio durante algunos años, solo informando de pequeños avances. “Incluso yo me pensaba que estaba muerto, y eso que estaba dentro”. Hasta que publicaron un video que dejó a todo el planeta sin palabras. Se veía, desde el punto de vista de un pequeño róver, los desérticos yermos de Marte y, al girarse la cámara, la puerta metálica de base marciana. Una vez dentro, el róver se acercaba a un cristal, para mostrar un pequeño vergel con flores, insectos e incluso pequeños roedores correteando. Pronto la gente le dio el nombre popular de “El Pequeño Jardín de Marte”.

Era obvio cual sería el siguiente paso. Y así había terminado ella, siendo parte del primer grupo de humanos en pisar Marte. Tras la emoción del aterrizaje “o amarterizaje tal vez”, repitiendo de forma teatral y casi paródica la frase de Neil Armstrong, se habían dado prisa en entrar en la base y comprobar que todo estaba en orden. “O comprobar que no lo estaba, más bien”. Habían pasado casi un mes arreglando desperfectos de la base para asegurar su hogar. “Sí, hogar. Desde hoy y hasta el día de nuestra muerte… que será pronto si la cagamos en algo”.

Y ahora estaban esperando el permiso de la Tierra para salir a explorar los alrededores, sin más objetivos que “ver lo que hay por aquí”. Mientras duraba el trabajo pudo despejar la cabeza, pero ahora volvían todos esos pensamientos y dudas que tenía. Aceptar aquel viaje le valió algunas discusiones con su madre y con algunos amigos. “Y conmigo misma también”. Se había asegurado de haber hecho las paces antes de partir. Todos terminaron aceptando su decisión. “’Si no lo hicieras no serias tú’ decían… aunque no sé si tomármelo como un halago”. Pero las dudas volvían esporádicamente. “No podía decir que no a esto, es una oportunidad única en la vida” argumentaba parte de ella. “También lo es la muerte” contestaba la otra. Por suerte o por desgracia, no era la única. Todo el equipo, ruidoso y cantarín durante el mes, se había sumido en el silencio. “Ninguno estamos seguro, todos tenemos miedo. Ni siquiera sabemos bien cuál será la esperanza de vida aquí, con menos gravedad y más radiación. Pero hemos dicho que sí… ¿Por qué?”.

Pero por interminable que pareciera la espera, el mensaje de confirmación llegó. Era una mera formalidad. “A fin de cuentas ¿cómo nos van a castigar si nos saltamos los protocolos? Estamos en otro maldito planeta”. Pero cumplir con la espera, por dura que fuera, les servía para postergar lo verdaderamente terrorífico: la salida. Cuando llegó el mensaje de la Tierra se produjeron unos minutos en los que nadie se movió, como si el tiempo se hubiera detenido. “Bueno… vamos allá…”. Se encaró a la puerta de salida. Tras esa puerta había un mundo totalmente desconocido. Un infierno desértico lleno de preguntas. “¿Encontraremos rastros de vida? ¿Agua, tal vez? ¿Restos de meteoritos? ¿Cómo se verá una noche con dos lunas? ¿Se podrá poblar a gran escala?... ¿Por qué me metí en esto?”.

Abrió la puerta…
Y vio un mundo totalmente desconocido. El paraíso de un científico. Se le ensanchó la boca en una sonrisa nerviosa. “¡Ah, sí! Por esto… ¡Va a ser divertido!”.
Y dio su primer paso hacia un mundo de preguntas por responder.
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