El test de Turing

Mientras el asistente robótico Sury acostaba a su pupilo de ocho años tras un día normal y anodino fue sorprendido por una pregunta inesperada.

–¿Sury tú tienes madre?
–No como la tuya.
–Entonces. ¿Tienes de algún otro tipo?
–Supongo que alguien me creó y ese alguien podría ser mi madre.
–¿Quien te creó?
–Mi cuerpo en una fábrica, eso no cuenta. Mi mente la crearon entre mucha gente hace bastante tiempo, ellos podrían pasar por mis madres.
–¿Los conociste?
–No, pero me sé sus vidas de memoria.
–Tú te sabes las vidas de todas las personas importantes.
–Pero no de todas puedo decir que hayan sido mis madres.
–¿Crees que les hubiera gustado conocerte?
–Seguro, te contaré una historia. Una de las personas que más ayudó a mi creación no creía que pudiera llegar a ser como soy. Era una mujer muy peculiar e inteligente. Una noche estaba en una cena benéfica de un gran filántropo que tenía varias empresas dedicadas al desarrollo de inteligencias artificiales, una persona también muy lista, pero un poco engreída, se pasó la noche hablando de lo mucho que habían progresado sus IA, mientras mi madre comía tostadas de atún, aburridísima. En un momento de la cena, el supermillonario dijo que sus IA estaban a punto de pasar el test de Turing.
–¿Quién es Turing?
–Alan, fue un matemático que podríamos considerar mi abuelo, vivió hace muchos más años que mi madre, e inventó un test para descubrir si una maquina puede considerarse inteligente, la maquina tenía que hacer creer a un humano que ella también era humana, comunicándose solo por escrito.
–Sigue.
–Cuando mi madre escuchó al superrico no pudo contenerse, le dijo amablemente que no creía que estuvieran cerca de pasar el test. El señor se ofendió, sabía que mi madre era experta en ese campo, pero él también tenía muchos expertos. Mi madre le escuchó y volvió a responder amablemente que tal vez no había entendido bien lo que Turing había querido decir. Esto le pareció demasiado, retó a mi madre a una prueba del test de Turing, no pensaba que fuera a ganar, pero si se lo ponía lo suficientemente difícil conseguiría una buena publicidad. Mi madre aceptó encantada y dijo que podría distinguir a su IA entre nueve humanos con menos de mil palabras, el señor se rió a carcajadas y puso en ridículo a mi madre, diciendo que de ninguna manera la descubriría tan rápido, le ofreció donar diez mil dólares a una ONG por cada palabra por debajo de mil que le sobrara. Se pusieron manos a la obra, reclutaron a nueve universitarios, los metieron en habitaciones solo con una pantalla y un teclado. Mi madre estaría en otra habitación igual, con un par de testigos y una cámara. En el monitor se mostrarían diez ventanas de chat y un contador con el numero mil, que bajaría a medida que usara palabras. Llegado el día, mi madre se presentó en la sala con un pequeño maletín, mientras el superrico lo observaba todo desde su despacho. ¿Es un poco tarde, no? Mañana te cuento el final.
–!¿Qué?! Eso es imposible, no puedes dejarme así.
–¿Por qué no?
–No puedo dormirme, me pasaré toda la noche pensando en esto.
–Claro que puedes dormir.
–¡Discrepo, discrepo muchísimo!

“Discrepo” era la palabra que usaban cuando no estaban de acuerdo. Cuando uno decía “discrepo” tenían que negociar entre ellos o llamar a su madre.

–No sé si tu madre querrá que pierdas tiempo de sueño.
–Ya te he dicho que no podré dormir, llámala o sigue.
–Mi madre llegó, miró la pantalla, se sentó, abrió su maletín, sacó un libro y…mañana sigo.
–¡Deja de hacer eso!
–Sacó un libro y se puso a leer. Los testigos la miraron extrañados, pensado que estaba consultando algo, pero pasados diez minutos seguía leyendo. Entonces alguien se dio cuenta de que el libro era una novela policiaca.
–¡Guay!
–Puedes imaginarte la cara del superrico cuando empezó a comprender la estrategia, a medida que pasaban los minutos los estudiantes empezaron a escribir preguntando si todo estaba bien, si había alguien ahí. Después de un par de horas todas las ventanas estaban llenas de mensajes menos una. Entonces mi madre puso el marcapaginas, guardó su libro y dijo: “La IA es el número ocho”, y se fue sin gastar una sola palabra.
–¿Qué te ha parecido?
–Creo que era bastante fácil, también podría haberles pedido que desenchufaran su ordenador o algo así.
–Claro, tú también habrías ganado un montón de millones.

El joven pupilo se fue acurrucando mientras le soltó la última pregunta antes de caer presa del sueño.

–¿Tú has pasado el test de Turing?
–Pues no, así que supongo que no puedo decir que sea humano.
–Bueno, no es que me importe mucho…
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