LUCES FANTASMA: NOCTILUCA


La mar aun borboteaba en la lejanía, arropando los restos del navío en su gélido manto. Apenas era visible desde la chalupa, la cual medía no más que unos pocos metros y que se retiraba poco a poco de aquel silencioso espectáculo. En ella se hallaba una mujer, cuyas facciones se torcían en tonos blanquecinos y amoratados. A su lado, un muchacho alto y escuálido, desgañitándose en gritos de auxilio con no más respuesta que el ruidoso romper de olas contra el bote. El horizonte se presentaba opaco frente a los ojos del chico y la noche desdibujaba cualquier relieve de tierra firme. Toda ave se había alejado del plano, negándose a participar en un juego con los dados en blanco. Los ahogados alaridos del joven cesaron en su fallido intento, mientras contemplaba como la mujer desfallecía tirada junto a él. Su rostro no mostraba signos de vitalidad y el único indicio de vida palpable era el de sus heladas carnes temblando a la velocidad de un tarro repleto de abejas. En su más absoluta desesperación, el chico se desprendió de su chaquetón, tapando a su compañera y empezó a arremeter violentas brazadas contra la marea en dudosa dirección. El agotamiento crecía y el frío entumecía sus brazos, los cuales penetraban en el agua, delgados y rígidos, evocando el aspecto de dos ramas secas en el lecho de cualquier bosque.
Con los ojos ya entrecerrados del cansancio, advirtió como sus zarandeos contra el agua desprendían un extraño centelleo. Chispas brotaban fruto de la fricción con el oleaje a cada impulso, como si el mar emitiese llamas azules. Aturdido y con el sabor del océano en los labios, apenas podía comprender lo que estaba ocurriendo. Las alucinaciones a causa de la fatiga y la deshidratación eran la única explicación razonable que le daban fuerzas a seguir remando e ignorar tal suceso. Pero en alzar la vista a la negrura, una cresta de fuego esmeralda oteaba en el abismo cual fantasma. Su aspecto era el de una luz vibrante que danzaba de una forma irregular. Sin más idea a la que aferrarse, decidió dirigirse hacia aquella lumbre incandescente. A cada aspaviento el dolor se tornaba insoportable y cada uno de sus huesos crujía, mezclándose con el sonido de las olas en harmoniosa agonía. Tal vez el mismísimo lucifer haría acto de presencia para arrebatarles lo poco que restaba de ellos en mitad de la aterida falla. El pánico y el frenesí se enredaron en su estómago hasta la náusea, cuajando en una breve y lamentable interrupción en su boga; esputando bilis.
A cada milla rebasada, la estela esmeralda se volvía más intensa alrededor de la chalupa, la cual se aproximaba cada vez más y más a las flamas fantasma. Aquel embrollo de luces se tornaba intermitente y el ruido de la espuma deslizándose sobre la arena atravesó los oídos del muchacho como si de una serenata se tratase. Cuando estuvieron lo bastante cerca se esgrimió una extensa sonrisa en sus agrietados labios una vez advirtió la llanura. A unos pocos palmos de la arena cesaron sus esfuerzos. Receloso, asomó la cabeza por proa. El agua de la costa resplandecía como el corindón, reflejándose en su atónito semblante. Todo aquel escenario que habían creado sus delirios no eran más que las olas rompiendo en costa chilena. Pero por algún motivo irradiaban un misterioso fulgor en restallar contra las rocas. Tal escena no podía ser obra de un demonio sino una intervención divina. Sea como fuere no podía ser nada de este mundo. Tras unos segundos contemplando la orilla reaccionó. Descalzo, empujó la embarcación los últimos metros hasta encallar en tierra firme. El agua llegaba hasta sus canillas. De un salto se coló en el interior de la nave para ayudar a incorporarse a su madre. Sus extremidades se mantenían quietas y agarrotadas. Su piel era firme a la vez que pálida. Entre un mar de fuego su llama se había extinguido. La cara del niño se descompuso en un gesto ininteligible. Permaneció junto a ella y nada más. Le dedicó un beso en la frente como despedida y una lágrima que se diluyó bajo sus pies.
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