Los lances del cabezudo por un ovocito

―¿Cuántos habrá? No me atrevería a dar una cifra, parecen millones ―le dijo el Morico al Verrugón y al Torero, asombrado al ver la multitud que les rodeaba―, parece que la invitación de Dulcinea se ex-tendió rápido ―añadió según tomaba la suya para leerla de nuevo―: “Se aproxima mi mayoría de edad, y como marca la tradición, debo iniciar una nueva vida, pero necesito a un acompañante digno de com-partir mi destino; es por ello que todo aquel deseoso de reunirse conmigo deberá alcanzar mi fortaleza. El camino posee múltiples obstáculos que protegen mi hogar, mas sólo uno puede salir con vida; aguar-daré paciente vuestra llegada”.
―Vista la advertencia adjunta, lo más sensato es mantenernos unidos ―intervino el Verrugón.
El Morico asintió. El Torero, sin embargo, se lanzó a la carrera sin previo aviso.
―Disculpad mi osadía, pero yo tengo claro que, si sólo uno será el elegido, debo darme prisa ―co-mentó mientras se alejaba.
Ambos se sentían traicionados por lo que acababan de presenciar, pero no había tiempo para lamentar-se, debían emprender su camino hacia la cima.
Parece que al Torero razón no le faltaba, ya que, de forma súbita, el tiempo empezó a cambiar, originán-dose de la nada un vendaval que dificultaba la marcha de los cabezudos y les provocaba una sensación de ardor intenso en la piel; se veía incluso a gente volar despedida hacia el mar, o caer desplomada al suelo por el dolor. Por si fuera poco, junto al viento apareció una oleada de caballeros blancos que apre-saban a todo aquel que se cruzara en su camino. La pareja de cabezudos corrió con gran brío para aban-donar lo antes posible esa infernal bienvenida. Por fortuna, en su huida localizaron unas cuevas introdu-ciéndose por las paredes.
―¡Por aquí, rápido! ―gritaron al unísono.
Consiguieron refugiarse dentro y dejar atrás al grupo de guardias blancos. Aliviados, aunque sin aliento, decidieron tumbarse y, casualmente, al mirar al techo identificaron unos grabados: “Gigante blanco no ve senda viento luminoso, camino hacia hogar nueva vida”.
Tras reponer fuerzas, retomaron su camino, y en esta ocasión, manteniéndose por una ruta próxima a las cuevas, ya que inspiraba un ambiente más seguro y calmado que la inicial. Pasados varios minutos, se abrió ante sus ojos un amplio y bello valle, aunque ese momento de éxtasis visual se vio interrumpido por un temblor del suelo, obra de un ejército de guardianes blancos que desfilaba en su dirección. Ante este momento crítico, el Verrugón avistó a los flancos del valle unos pájaros volando sobre unas co-rrientes de aire que emitían espirales de luz multicolor, luz que le evocó una imagen de aquel grabado de la cueva.
―¡Morico, hacia aquella corriente luminosa! ―exclamó― ¡Es nuestra única escapatoria de estos salvajes blancos!
Ninguno de los dos tenía la certeza sobre esa afirmación, pero tampoco tiempo para dudar, por lo que sus piernas tomaron iniciativa propia. Ambos son excelentes corredores, no obstante, una piedra en el camino decidió interponerse entre el Verrugón y su salvación; su compañero no logró hacer nada por salvarlo, mas sólo pudo presenciar cómo era engullido por la avalancha de guardianes. Una gran frus-tración inundó su cuerpo, aunque sabía que arrepentirse no era la solución y, tras prometerse alcanzar la cima por su compañero, decidió continuar con su travesía por el viento luminoso. Al final del valle fue recibido por un ermitaño, quien le propone descansar en su cabaña.
―Solo los pacientes alcanzan la fortaleza, es mi señora la que elige el momento ―añade.
Esa noche, en otro lugar, se distinguía una gigante silueta bajar con ritmo pausado por unas amplias es-caleras de mármol, y acto seguido, aparecieron en primer plano sus labios moviéndose. Al amanecer, se observó al ermitaño colocarle una pluma plateada en el sombrero al aventurero.
―Es la hora, mi señora espera ―dijo―. He aquí la llave de la fortaleza, y ante vos ―abre la puerta y llama a su caballo―, el único que conoce el camino hacia la misma, buena suerte.
El Morico agradece la hospitalidad del ermitaño y parte hacia la fortaleza junto al veloz corcel. En el ca-mino se hallaba, apoyado sobre un árbol, un Torero derrotado ondeando una bandera blanca, pero su presencia fue obviada.
―Ya llegamos… todo gracias a ti ―reconoció el Morico cuando avistó la fortaleza.
Al desmontarse, la pluma que le fue entregada comienza a brillar y alzarse, dibujando un intrigante sím-bolo en las puertas del castillo.
―Os estaba esperando ―resuena en el ambiente―, adelante, el verdadero camino acaba de co-menzar.
Al instante, los dos portones de madera se abrieron progresivamente, dejando emanar desde el interior un haz de luz que, en pocos segundos, inundaría de brillo el lugar, fulgor con el cual, desde la distancia, vemos desvanecerse la silueta del cabezudo.
―Bienvenido seas, elegido.
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