Pase cinco

La luz, como acostumbraba, retornó ligada a una tenue bajada en la temperatura.

Aquel techo transparente volvió a abrirse ligeramente ante todas nosotras. Presa de la incertidumbre, temía que esta vez fuera la última. Aquel cándido mar de cálida tonalidad que nos envolvía se retiró llevándose a aquellas almas que habían perecido mientras caían las arenas del tiempo.

Firme pero insegura me mantenía en mi sitio. Me sentía sucia y casi desnuda. Desprotegida. Tan sólo me cubría una capa de humedad.

Imaginaba que la sucesión de acontecimientos sería igual que siempre y, en parte, eso me tranquilizaba en aquellos segundos de espera. La tibia y cristalina ola no se hizo esperar y nos alcanzó a todas.

Ahora me sentía limpia pero el miedo latente seguía flotando en mi interior. Había vivido cómo compañeras mías habían desaparecido para siempre estando en idéntica situación a la mía. Era una moneda al aire y nunca se sabe en qué orilla desembarca la suerte.

La ola transparente se retiró dejándonos aquella humedad como única vestidura. El momento había llegado.

Una tormenta de vivo atardecer nos inundó. Irremediablemente dijimos adiós al suelo. Dejamos atrás nuestras formas ancladas y nos transformamos en esferas, en bolas de un sorteo incierto.

Una nueva inundación cálida nos hizo movernos a merced de un oleaje que hacía amainar la tormenta. Mi temor seguía a la deriva.

Una corriente hizo que abandonásemos aquel sitio de manera definitiva y mi único anhelo era arribar pronto a otro similar. Así la tranquilidad regresaría de nuevo. Al menos por un tiempo.

Caímos por una cascada a aquel gran pozo translucido y un opérculo opaco selló su gran ojo.

Pese a haberla ya vivido con anterioridad, se me hace imposible bucear entre el océano de palabras y apresar aquellas que describirían la sensación que experimenté durante breves minutos. Lo que está claro es que un vórtice irrefrenable nos precipitó a todas al fondo de aquel pozo. Sólo un angustiante pitido intermitente se abrió paso entre el silencio que imperaba en aquel inmenso tumulto del que formaba parte. Poco después, aquel opérculo dejó paso de nuevo a la luz y todo el líquido desapareció.

Un nuevo mar se vertió en el pozo y poco a poco nos fue separando. La corriente hacía que ascendiéramos y descendiéramos. Una y otra vez. Éramos dados en aquel cubilete manejado por la fortuna, naipes de una baraja en la que sólo algunas volverían a estar en el tapete.

Sumergida en aquel remolino de incertidumbre, me sorprendió verme junto a otras compañeras deslizándome en un nuevo y limpio mar tropical. La calma se apoderó de mí. Y de ellas. Y de todo. Podría echar raíces en aquel nuevo hogar aunque fueran temporales. Podría recuperar mi forma. Podría dar luz a una nueva vida, a una nueva célula. El destino me había regalado una nueva oportunidad.

El transparente techado se cerró y, al otro lado, una centella negra danzó por aquel firmamento y nos rebautizó. Pase cinco. Y entonces, volvió la oscuridad.
  • Visto: 61