Operadores telefónicos, medicina genómica preventiva, y seis euros de sobrecoste

—No lo entiendo. —Cabeceé, incrédulo, sin poder procesar lo que acababa de decirme la doctora Márquez.
—Cáncer, señor Fernández —repitió—, y muy avanzado. No podemos hacer nada.
—Pero no puede ser. —Sentí un mareo. La pantalla de mi antebrazo mostraba lecturas anormales de tensión arterial, pulsaciones, cortisol y glucagón—. Mi madre tenía un seguro médico —expliqué.
—Lo sabemos. —Su visor brilló mientras revisaba el informe médico —. Instalaron en su cuerpo nanobots de medicina genómica preventiva, ¿verdad?
—Eso es —asentí—. En ninguno de los escaneos periódicos le detectaron cáncer, y a esas malditas máquinas no se les escapa nada. —prácticamente supliqué—. Por favor, vuelvan a buscar. Tiene que ser algo más.
—Señor Fernández… —La doctora pareció suspirar, como dudando de lo que iba a decir—. Mire, usted llame al seguro, y yo revisaré con el escáner del hospital el alargamiento de los telómeros de las células alveolares de su madre. —Esta vez sí que suspiró—. Le prevengo: la tasa de error es del 0,0000001%.
—Lo entiendo… Muchas gracias por repetir la analítica.
—No se merecen... —y añadió, yéndose al laboratorio—: Usted haga esa llamada.

Me llevé rápidamente la mano al implante bajo mi oído derecho y le indiqué a la aplicación telefónica el número a marcar. Esperé unos instantes y, tras transmitir la secuencia de nucleótidos de mi madre almacenada en mi banco de datos, al fin un agente de seguros cogió la llamada:
—GenomX, compañía médica de seguros preventivos. Habla con Alejandro. ¿En qué podemos ayudarle? —La voz del agente se me antojó meliflua.
—Buenos días. —Apenas controlaba mis nervios—. Me llamo Antonio Fernández.
—Es usted el hijo de Pilar Llanos, ¿verdad?
—En efecto.
—¿Qué puedo hacer por usted, señor Fernández?
—Verá, mi madre está ingresada en el Hospital Universitario de Barcelona, y la doctora me ha informado de que puede padecer cáncer de pulmón. —Tragué saliva—. En estado avanzado.
—Lo sentimos mucho, señor Fernández —y añadió—: Pero nosotros somos un seguro de medicina preventiva, no nos hacemos cargo de intervenciones quirúrgicas o…
—Lo sé, lo sé —le corté.
—Entonces… —Pareció dudar—, ¿cuál es el motivo de su llamada?
—Mi madre tenía contratado con ustedes un paquete de seguros —expliqué—. Los nanobots que instalaron en su cuerpo debían avisarla a ella y a mí de cualquier enfermedad que estuviese a punto de iniciarse. Esto incluía el cáncer. —Mientras hablaba, el agente no paraba de teclear—. Y nunca apareció nada.
—Entiendo… ¿Puede facilitarme usted la fecha de nacimiento de su madre y la firma electrónica que nos autoriza a comunicarle esta información?
—Claro. —Hice memoria, pues el código exigido por la ley de protección de datos lo había decidido yo—. 23 de mayo de 2104, firma electrónica 89706542-R.
—Muchas gracias, señor Fernández. —Tras un instante de silencio, el agente volvió a hablar—. Su madre contrató el paquete de seguros económico tipo dos, que incluye un monitoreo de todas las enfermedades infecciosas conocidas. En este seguro no se incluyen ni las enfermedades psiquiátricas, ni hormonales, ni medulares.
—Lo sé —afirmé—, Pero sí el cáncer.
—Durante los primeros seis meses, sí.
—¿Cómo?

Varias personas se giraron a mirarme. Viéndome incapaz de controlar mis emociones, hice que el regulador de mi garganta bajase los hercios de mi voz.

—Era una oferta —procedió a explicarse—. Durante los primeros seis meses, sí, nuestros nanobots monitorearon la aparición de células cancerígenas. Transcurrido este tiempo, ella debía comunicarnos que quería continuar con este servicio prestado, ampliando así la póliza para que incluyese dicho monitoreo con un sobrecoste de seis euros más al mes —y se exculpó—: Avisamos a su madre vía impulso neural.
—¡Ya os dije que quería que a mi madre todas las comunicaciones se las hicieseis llegar por email! —exploté, con la cabeza a punto de estallar—. ¡No se aclara con las nuevas tecnologías!
—Lo siento mucho, señor, pero las directrices de la empresa…
—¡Me importa una mierda! ¿Por seis euros habéis condenado a mi madre? —Las lágrimas agonizaban en mi rostro. Mi alma lo hacía a mis pies—. ¿Por seis putos euros?
—Sentimos no poder ser de más ayuda, señor. Por supuesto, puede expresar cualquier valoración en nuestra encuesta de satisfacción. Gracias por contar con GenomX. —Y, antes de que me diese tiempo a decir nada más, me pasaron con la IA de la operadora—. ¿Cuál ha sido su grado de satisfacción con la atención prestada? Marque del 1 al 5, donde 1 es nada satisfecho, y 5 totalmente satisfecho.
—¡Me cago en vuestra puta madre!
—Disculpe, no le he entendido. Marque del 1 al 5, donde 1 es nada satisfecho, y 5 totalmente satisfecho.
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