The inner life of cell

La profesora Martorell entró en el aula a toda prisa con aquellos aires de suficiencia investigadora. No se molestó en cerrar la puerta. El frío viento de principios de diciembre, que se colaba sin piedad a través de los agujeros de las ventanas roídas de aquella vieja aula, se encargó de ello. Emitió una queja que dejó a los alumnos petrificados, se avecinaba una clase intensa. Sin más preámbulos dio inicio a la clase.
Aquella tarde tenía que explicar en cuarenta minutos el citoesqueleto de la célula, poner ejemplos y llamar la atención de sus alumnos. «Deberías disfrutar de poder hacer investigación tal y como van las cosas en este país de pandereta», le había recriminado su mujer, cuando llegaba con ansiedad a su chalet en Abrera.
- El citoesqueleto es un entramado tridimensional de proteínas que provee soporte interno a las células…
Se hizo el silencio en la clase y todo el mundo se puso a tomar apuntes. Llegaron a la estructura del sarcómero. Que si actina, que si miosina, con la ayuda del complejo tropomiosina-troponina, el calcio y la neurona. Todos ellos formaban una estructura compacta y fácilmente modificable, que permitía la contracción y la relajación muscular. La doctora Martorell atrajo la atención de todos sus alumnos con el vídeo “The inner life of cell”. Minuto 1:14. La actina danzaba sutilmente sobre la miosina con celeridad pero sin perder el equilibrio sosteniendo sin despeinarse la estructura al completo del sarcómero. Bruscamente pausó el video dejándolos con ganas de más, pero no había tiempo que perder.
Años más tarde, en el hospital de rehabilitación de la Virgen de los Desamparados recordaría con precisión aquellos fármacos anotados en letra diminuta en la parte superior de la diapositiva. Solía fijarse en los pequeños detalles, los que no salían en las preguntas del examen. Recordó que la toxina botulínica destruía el sincronizado compas de aquella estructura tan perfecta creada por la naturaleza.
Tras un largo paseo por los desgatados pasillos superiores, su padre y ella se estremecieron frente a la solemne puerta del despacho de la doctora Saavedra. Llamaron con timidez y el eco resonó con la dureza de todas las palabras que quedaron por decir. La puerta de madera robusta decorada con motivos dorados dio paso a la consulta médica más opulenta que habían visto jamás. La doctora Saavedra les esperaba repiqueteando impacientemente su pluma Montblanc sobre su ostentosa mesa de mármol blanco. Con indiferencia, sugirió la inyección de toxina botulínica para acabar con el reflejo Babinski de su pie izquierdo. Con tan solo 19 años, Asteria Larreta había sufrido un ictus hemorrágico que la dejó hemipléjica. Asteria confiaba en la ciencia pero, a pesar de sólo haber cursado un año del grado en Ciencias Biomédicas, estaba convencida que la terapia que recibía distaba mucho de lo que un paciente en su situación debería recibir. Miró asustada a su padre con cara de circunstancias y selló con fuerza los labios para no mostrar sus emociones. Se aguantó las lágrimas hasta que le faltó el aliento. Sintió que sus emociones, rígidas como la fachada del edificio, se derrumbaban. Se imaginaba como si fuese un muro de granito que se desmoronaba como una pieza de domino al ritmo del pequeño y sutil empujón que desencadena su destrucción. Con suma delicadeza, su padre pidió un tiempo para tomar la decisión que cambiaría la vida de su hija. Al salir de la consulta, el desgarrador recuerdo del efecto catastrófico de la botulina sobre el perfecto vaivén de la actina y la miosina de su clase de primero de biología molecular y celular, la condujo a decidir que había que encontrar la manera de salir de aquel maldito centro.
- No voy a permitir que me inyecten nada – le explicó a su padre con solemnidad y añadió – No tienes ni idea de lo que van a hacerme con eso.
Larreta se preguntaba ¿Qué culpa tenía el sarcómero como para que lo destrozasen cuando era el cerebro el que fallaba? Como si de nada sirviese el esfuerzo de la naturaleza por sincronizar cada uno de nuestros elementos y permitirnos danzar por la vida, tal y como la conocemos.
Diez años más tarde, recordaría con cariño su huida del hospital de rehabilitación de la Virgen de los Desamparados y sus fisioterapeutas especializados en rehabilitación neurocognitiva le estarían muy agradecidos a los pequeños conocimientos que adquirió la Asteria en su primer año de estudios científicos. A estos conocimientos se le sumaron muchos más con los años, hasta conseguir el máximo grado académico.
- Damos la bienvenida a la Doctora Larreta, reputada neurocientífica que nos hablará sobre su experiencia personal de haber sufrido un ictus– vociferó uno de los miembros de la Organización de Ted Talks.
Asteria todavía se ponía nerviosa cada vez que daba una charla.
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