Papelera de Reciclaje

Play.
Era un sábado naranja. En la ventanilla polarizada, en el contorno de las nubes, en la espalda de papá, en el humo de cigarrillo, en el pelo de mamá. Siempre el naranja. El coche avanzaba por la ruta 404. Papá fumaba. El coche tosía. Papá fumaba y manejaba. Mientras tanto, mamá editaba sus recuerdos en el asiento de acompañante. Yo estaba un poco inquieta y papá agarró mis lentes Quant de la guantera. “Jugá un poquito con mamá”, me sugirió y me alcanzó los lentes.
Me puse los lentes, pausa.
A mamá siempre le gustó editar recuerdos. Barrer el pasado de imperfecciones. Dejar la memoria impecable. Si había tartamudeado en una discusión, accedía a sus memorias y las editaba. Corregía el pasado. Los tartamudeos se convertían en respuestas sagaces. Los tropiezos en caminatas con la frente en alto. Los errores en soluciones. El pasado de mamá estaba limpio. Impecable. Ni una manchita, nada. Mamá era muy prolija con su memoria. La refregaba, y refregaba, y refregaba hasta que no quedaba nada sucio.
Obviamente a veces se encontraba con recuerdos imposibles de limpiar. A esos recuerdos, los más oscuros, los arrastraba a la papelera de reciclaje. Nunca supe de nadie que haya puesto tantos años en su papelera como mi mamá. Borró tantos momentos de su infancia que me es imposible pensar en ella siendo una muchacha. Supongo que debe existir una razón. Algo demasiado roto, y demasiado sucio.
Siempre que regresábamos de un cumpleaños, un evento o una reunión. Siempre, sin falta, en el viaje de regreso, mamá agarraba los lentes y se ponía a editar recuerdos. A veces papá la retaba, pero como a mí me entretenía terminó cediendo. Así fue durante meses, hasta que llegó el fin de semana en Santa Teresita.
Volvíamos cansados, pero contentos. Era una tarde color naranja. Los tres en el coche. Yo me puse los lentes Quant y empecé a rebobinar buscando a mamá en nuestra memoria. Recorrí el pasado como si fuese una jungla, hasta encontrarla en el primer día de las vacaciones que ya habían terminado. Para mi sorpresa, mamá estaba tranquila. Viendo el pasado, desde el pasado, muy tranquila. No estaba limpiando absolutamente nada. Era la primera vez que la veía conforme con sus memorias. Estaba en el fondo arbolado. Me acerqué. Ella de espaldas. Cubierta de tierra y sangre. En frente suyo un perro decapitado. Mamá sonreía. Yo empecé a acariciarlo.
Luego vino el cosquilleo en todo el cuerpo.
“Se está acabando la batería de los lentes”, me dijo mamá.
Las paredes de la casita empezaron a desmoronarse. Poco a poco. El cosquilleo empezó a doler. El recuerdo se desvaneció. Mamá y yo, nos sacamos los lentes Quant.
Play.
Volvimos al coche. A la ruta. A papá fumando. Salimos del recuerdo, pero todo seguía hermoso. El cielo seguía color naranja. Y había arena en el piso del auto. Es como si Santa Teresita nos acompañara. Imposible de ser arrastrada a la papelera. Pero se escuchó al auto toser muy fuerte. Más de lo común. Hubo una frenada y todo empezó a suceder en cámara lenta.
Se frenó justo en la curva. Yo miraba por la ventana y vi venir el trauma, a 120 kilómetros por hora. Papá no lo vió. Mamá tampoco.
El contacto fue un impacto. Mis ojos frágiles abiertos. Una tonelada de realidad chocó el costado derecho del coche. Una cámara lenta dilató la escena durante quince segundos que parecieron años.
No necesito ponerme los lentes para volver a vivirlo.
Tic. Todo gira. Todo se rompe. Vuelve a girar y vuelve a romperse. Tac. El tiempo se abolla. Tic. El auto deja de ser eso que era, se transforma en otra cosa… Tac. Un garabato que rueda. Un lavarropas desde adentro. Un portal a la tragedia... Nunca más un auto. Tic. Todo gira, todo se rompe. Vuelve a girar y vuelve a romperse. Tac. La ventana muestra el suelo, después el cielo, después el suelo, después de nuevo el cielo. Tic. La máquina se apaga, el portal se cierra. Tac. Hay un auto destrozado en el medio de la ruta. Un garabato estacionado en la rutina. Tic. Sobre el pavimento hay desparramados, mil trozos brillantes de un material frágil y traslúcido. Parece vidrio, pero no. Tac. Es mi infancia. Tic. Tengo sangre en la frente y dolor en todo el cuerpo. Tac. Me bajo del auto, descalza. Tic. Empiezo a agarrar, uno por uno los pedazos. Tac. No necesito lentes. Tic. Es inútil. Tac. El cielo no cambia de color. Tic. Es inútil. Tac. Papa no deja de fumar. Tic. Es inútil. Tac. Mamá no vuelve a mirarme fijo a los ojos.
Descalza y confundida caminé mi vida hasta el presente.
Stop.
Click derecho.
Vaciar papelera de reciclaje.
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