Ese toque invisible inspirado por Génesis.

Consuelo miró al horizonte desde la terraza del café. Era una vista impresionante en la que se podía contemplar toda la ciudad. Su pequeña ciudad. Llena de callejuelas y recuerdos, donde había pasado la mayor parte de sus 56 años. Este local era su preferido: buena gente, buena música y buenas vistas. Un bálsamo reparador para todo lo que había pasado y lo que quedaba por pasar.
Cogió la magdalena del desayuno y la mojó en la humeante taza de cacao. Cerró los ojos, y sus papilas gustativas se llenaron de momentos de su infancia en casa de su abuela, de aquellas mañanas de sábado de infinitas posibilidades con música de John Barry de fondo.
- ¿Puedo sentarme? –Escuchó la mujer, saliendo de su ensoñación. Era un hombre calvo y menudo vestido de oscuro, con una sonrisa que irradiaba paz.
El primer pensamiento de Consuelo fue considerar que había que tener cuidado, pero, de alguna manera extraña, sabía que podía confiar en él.
- Si, por supuesto. Siéntate. – Manifestó Consuelo. - ¿Quieres tomar algo?
- No lo había pensado, pero ese almuerzo parece muy apetitoso. ¿Puedo pedir lo mismo?
La madura dama llamó con su mano al camarero, indicándole que quería un desayuno idéntico para su invitado.
- Te lo agradezco, Consuelo.
- ¿Me conoces? – Interpeló extrañada.
- Si, por supuesto. Y antes de que me preguntes, permíteme que tengamos algo más de intimidad. – Expuso el agradable hombrecito.
Chasqueó los dedos y ocurrió algo maravilloso. Todo se quedó congelado en el tiempo: las personas en las mesas cercanas, los coches que se veían como hormiguitas desde la terraza, e incluso las aves del cielo. Era como estar en una fotografía de 360º.
- No te asustes. Es un truco muy usual crear burbujas temporales. Es ciencia, aunque te parezca hechicería. Como bien decía Clarke: “Cualquier tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia”.
Consuelo no sabía qué decir.
- A mí me pasaría lo mismo en tu situación. – Observó el pequeño hombre. -Me llamo Grant y vengo de lo que vosotros llamáis otra dimensión, una de las infinitas que hay.
- Y para… ¿para qué has venido? – Logró articular la mujer acordándose de episodios de series de ciencia ficción con funestos finales.
- Para agradecerte ser como eres.
- ¿Eh? No entiendo. ¿Qué me tienes que agradecer? Soy una persona muy normal, del montón.
-No te menosprecies. Eres muy importante y tu hija Clara también.
- ¿Mi hija Clara?
- Tu hija Clara, la gran inventora, la que traerá una época dorada al mundo con sus técnicas para dar energía libre a todo el mundo, la que acabará con el hambre con sus ideas rompedoras sobre cultivos autoabastecidos en cada casa y que ayudará a sanar la tierra convirtiendo toda la contaminación en estiércol para alimentar la tierra.
- ¿Mi hija hará eso? No tiene más que quince años. Creo que te has equivocado de persona.
-No. Ella lo hará y ¿Sabes por qué? Por ti.
- ¿Por mí? Ya te he dicho que no soy una persona muy especial.
- Sí que lo eres. El tipo de persona que estudia lo que pregunta su hija para darle respuestas y proporcionarle los medios para que las busque por sí misma; el tipo de persona que se quitaba horas de sueño para grabar documentales de ciencia y arte para que su pequeña los viera; el tipo de persona que vio en la televisión qué pasaba cuando se metían ciertos caramelos en pastilla con sabor a menta en una botella de cola, y que repitió el experimento en casa, poniéndola perdida por el efecto geiser que casi llegó al techo, sólo para que Clara lo viera. Tú eres la que despertó su curiosidad, la que provocó el efecto dominó empujando la primera ficha, la que encendió la mecha de la genialidad, inspirándola. ¿Y me dices que no eres especial?
- Bueno es que siempre me han gustado esas cosas y sobre todo cuando nació Clara. Quería que viera todo lo que este mundo le podía ofrecer.
- Ya sabes lo que va a pasar. Es una pena que lo vayas a olvidar.
- ¿Por qué tengo que olvidarlo?
- Para que no interfieras en el destino de tu hija. Esas decisiones debe tomarlas sola. He venido a decírtelo porque, aunque no recuerdes lo que te he contado, el sentimiento de satisfacción quedará y te acompañará en las horas bajas. Te servirá para seguir adelante con brío. Las espinacas de Popeye, la poción de Astérix. Es nuestro regalo por ser como eres.
Grant chasqueó los dedos y el tiempo volvió a correr.
- ¿Cómo dijiste que te llamabas? –Preguntó Consuelo olvidando la gran revelación.
- Me llamó Grant y ahí llega ese apetitoso cacao. El nuevo día empieza bien. ¿No crees?
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