LA TABERNA DEL ARCO ASIMÉTRICO

Münchhausen es un inmenso erial sin más interés que su situación estratégica en los límites de la galaxia. Al igual que algunas poblaciones fronterizas de los tiempos remotos, su única ciudad, que da nombre al planeta, es lugar de paso de aventureros, fugitivos e impostores de toda índole, y los peores de ellos (o los mejores, según se mire) se dan cita en la Taberna del Arco Asimétrico.
A imitación de las legendarias tabernas de la vieja Tierra, en la de Münchhausen hay una diana de dardos, una mesa de billar y un tablero de ajedrez, y su espumosa cerveza azul suelta la lengua y predispone a la credulidad más que ninguna otra bebida del universo conocido, según afirman quienes la han probado.
Las historias más fantasiosas y disparatadas entran y salen sin cesar de la Taberna del Arco Asimétrico. Algunas son creíbles pero falsas; otras, inverosímiles pero ciertas; y la mayoría, tan falsas como inverosímiles. Entre ellas, y dadas las características del local, menudean las relacionadas con la arquería, el billar y el ajedrez, y algunas se han hecho famosas. Como las tres siguientes:



Los arqueros suicidas

Tras lanzar sus dardos con singular pericia, uno de los parroquianos de la taberna dijo:
-Como armas, los dardos y las flechas tienen una notable limitación: no sirven para suicidarse.
-Eso no es del todo exacto -replicó el tabernero-. Es difícil quitarse la vida con el arco y las flechas, pero no imposible, como demostraron tres arqueros suicidas de los tiempos heroicos.
“El primero de ellos era muy certero. Tiraba con tal precisión que cuando decidió abandonar este mundo no tuvo más que disparar una flecha hacia el cenit. Tan exactamente se ciñó la saeta a la vertical que, tras agotar su impulso y alcanzar el punto de máxima altura, desanduvo por obra de la gravedad el camino recorrido y fue a clavarse en la cabeza del suicida.
“El segundo arquero era muy veloz. Disparó horizontalmente su última flecha y luego corrió en pos de ella, la alcanzó, la adelantó, se interpuso en su trayectoria y la acogió en su corazón.
“El tercer arquero era muy fuerte. Tensando al máximo su potentísimo arco por primera y última vez, disparó a su distante enemigo, que era él mismo. La flecha dio la vuelta al pequeño planetoide en el que se hallaba y se clavó mortalmente en su espalda.



El billar cósmico

Mientras entizaba con parsimonia la punta de su taco, uno de los jugadores sentenció:
-Para jugar bien al billar, tienes que ser la bola, igual que el arquero zen es uno con la flecha que dispara.
-No sabes hasta qué punto es cierto lo que has dicho -contestó su compañero-, a no ser que tú también hayas jugado al billar cósmico.
-¿El billar cósmico? Ni siquiera conocía su existencia.
-No me sorprende. Pocos llegan a conocerlo, y de esos pocos, poquísimos pueden o quieren contarlo… Las quince bolas del cosmobillar son chalupas esféricas de unos dos metros de diámetro pilotadas por otros tantos jugadores, con lo cual el requisito de “ser la bola” se cumple literalmente. Al comenzar el juego, las bolas orbitan, a pocos kilómetros de distancia, alrededor de una única tronera, que es un pequeño agujero de gusano, y cada jugador, por turno, se lanza a mayor o menor velocidad, según lo requiera la jugada, contra alguna de las otras bolas o de las grandes balizas elásticas que hacen las veces de bandas. Y el objetivo, huelga decirlo, es meter las otras bolas en la tronera.
-Deduzco que ganaste la partida, puesto que estás aquí para contarlo.
-Estuve a punto de ganar, sí; pero cuando solo quedábamos tres de los quince jugadores, uno de los otros dos, mediante una afortunada carambola, me envió directo al agujero.
-Pero en ese caso deberías haber salido del universo.
-Y eso hice: salí de mi universo. Por eso estoy en el tuyo.



El ajedrez y el azar

Cuenta el tabernero que un día visitaron su local dos eminentes SICS (superinteligencias cuasidivinas), y en un momento dado quisieron echar a suertes alguna decisión relacionada con sus inescrutables designios. Y para ello le pidieron un tablero de ajedrez.
-Excelentísimas cuasidivinidades -dijo perplejo el tabernero-, ¿no queréis unos dados, si de decidir al azar se trata?
-Para nuestras supermentes y nuestros supersentidos -replicaron a coro las SICS-, los dados, de movimientos caóticos pero deterministas, son tan predecibles como una moneda lanzada al aire por uno de esos hábiles tahúres que frecuentan tu taberna. Pero nuestros cerebros, al igual que el tuyo, no son meras máquinas deterministas, y dado que ambas poseemos idénticas capacidades combinatorias, será el inaprensible azar que anida en nuestros microtúbulos neuronales el que decida el resultado de una partida de ajedrez.
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