El huevo de Schrödinger


La Universidad Hebrea de Jerusalén es la institución que custodia los más de ochenta mil documentos personales que Albert Einstein legó a ese centro. Un número indeterminado de originales, no obstante, permanece en manos de particulares; como una carta que dicha entidad compró en 2010 por mil ochocientos dólares antes de que saliera a subasta: fechada en 1925, Erwin Schrödinger la había escrito al físico alemán desde el sanatorio de Arosa (Suiza), donde se recuperaba de su enésimo brote de tuberculosis.
Este es un fragmento de su contenido:

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Permítame ahora, apreciado Albert, que me desvíe un instante de las disquisiciones cuánticas con las que le estoy atormentando en esta carta, para hablarle de algo que, en mis delirios febriles, creo que está más relacionado de lo que parecería a primera vista con los debates existenciales que ocasionalmente nos enfrentan. Y para ello he de remontarme a un breve acontecimiento de mi infancia.
Cuando era pequeño, en mi casa se celebraba la Pascua de manera significada, hecho comprensible siendo mi madre luterana y mi padre católico y muy cumplidores ambos en cuanto a festividades religiosas se refiere. Yo tendría unos seis o siete años y recuerdo que me llevaron con ellos a la reputada pastelería Gerstner, en el centro de Viena, para adquirir el tradicional huevo de chocolate. Nos atendió, lo supe tiempo después, Anton Gerstner, su fundador y amigo de la familia y que, ya mayor y retirado, seguía acudiendo al establecimiento regentado entonces por su hijo. Aquel año, pienso ahora que quizá para aumentar las ventas y remontar la crisis económica que asolaba Austria y Europa entera, el hombre había tenido la feliz idea de introducir, dentro de cada huevo, una figurita de barro cocido relativa a diferentes personajes de los cuentos de los hermanos Grimm, que por aquellos días gozaban de cierto resurgimiento debido a una edición con muy buena acogida popular; no por los relatos en sí, sino por las ilustraciones que los acompañaban y el nombre de cuyo autor no recuerdo en este momento [1], pero que a mí me fascinaban. Escogí el cuento de Los Músicos de Bremen, porque era con el que estaba aprendiendo a leer. La estrategia del señor Gerstner, claro, consistía en obligar al cliente a comprar varios huevos, cuatro en mi caso, ya que los protagonistas eran un burro, un gato, un perro y un gallo. Pero aunque mi familia era adinerada, mis padres intentaban educarme en la contención y la austeridad, algo paradójico teniendo en cuenta el lujoso local en el que nos encontrábamos. No compraremos los cuatro, Erwin; escoge uno, me dijo mi padre que, a pesar de mis súplicas, se mostró inflexible. El señor Gerstner, al ver mi decepción, se agachó con no poca dificultad hasta mi altura y me dijo: «Piensa que, elijas el que elijas, no sabrás qué animal es el que se oculta en su interior; así pues, estarán los cuatro mientras no lo abras». Quedé mesmerizado por la magia de aquel argumento y me pasé la mañana del Domingo de Resurrección debatiéndome entre romper o no la cáscara de chocolate. Naturalmente, sucumbí a mi curiosidad infantil. El huevo contenía un gato, animal por el que, debido a su carácter hermético, siempre he sentido atracción y rechazo a la vez.
Ignoro por qué, entre las fórmulas y ecuaciones con las que me paso las horas peleando, aparece con recurrencia ese hasta ahora olvidado episodio de mi vida; pero el instinto, quizá espoleado por la fiebre, me sugiere que la metafísica explicación del señor Gerstner ha de tener un papel en estos debates con los que nosotros, científicos brillantes pero pobres filósofos, pretendemos comprender el universo subatómico como si se rigiese con las mismas leyes que el mundo que nos rodea.

[1] Robert Leinweber (N. del T.)


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