Mamá cuántica

El famoso físico y premio Nobel, Richard Feynman solía decir: «Si crees que entiendes la física cuántica, en realidad no entiendes la física cuántica».
Los otros días leía el periódico en la sección de ciencia, cómo los investigadores intentan realizar experimentos muy complejos para explicar ciertas particularidades de la materia a nivel subatómico. Al parecer, el mundo de lo diminuto se comporta de manera muy diferente a como lo hace el mundo macroscópico, donde vivimos.
¿O no?
Mientras leía el artículo, se me venían imágenes de mi niñez y entonces lo vi claramente: Mi mamá se comporta como una partícula subatómica. ¡Claro! Es tan simple que cuesta creer que no lo haya entendido antes.
Mi mamá tiene esa dualidad onda-partícula: tiene esos cambios de humor que oscilan como las ondas de un estanque. Me acuerdo de niño, que estaba muy contenta de que la ayudase a cocinar, pero de un momento al otro me estaba regañando por haber desparramado la harina por todo el suelo. Ya lo ven, «buena onda» cuando la ayudaba, pero las partículas de cuero de su sandalia impactando contra las partículas de mi trasero, eran muy reales en el mundo macroscópico.
Seguía leyendo y mencionaban el espín: no creo que me haya quedado claro qué es realmente un espín, pero sería algo así como cuánto debe girar una partícula para que vuelva a la posición original. Cualquier físico diría: «Fácil, debes girar 360 grados para quedar en la posición original, por lo que tienes un espín de valor 1». Pues mi madre tenía varios espines. A veces tenía espín de valor 2: giraba 180 grados, me daba su espalda, y por algún fenómeno inexplicable de la cuántica, sabía lo que yo estaba haciendo, como si tuviese ojos en la nuca. Usualmente estaba haciendo alguna travesura, con lo que volvía a sentir las partículas de su sandalia en mi trasero. A veces, cuando de pequeño la llamaba innumerables veces para que viese lo que estaba haciendo, tenía espín de valor ½: necesitaba dos giros completos para volver a su posición original. Claro, en el primer giro no me veía, estaba ocupada con los quehaceres de la casa…
Otro de los principios que mencionaba el artículo que leí era el de la «incertidumbre», ese por el cual no se puede saber —a la vez— la velocidad y posición de una partícula, sino una sola propiedad por vez. Ahora bien, mi madre habrá tenido sus incertidumbres, pero siempre supo exactamente dónde estaba yo, y a qué velocidad me movía, e incluso hacia dónde iba. Y aún lo sabe porque ella siempre está ahí. Es decir que incertidumbre, en su relación conmigo, nula. Pero lo interesante del principio de incertidumbre es que no se puede saber con precisión la velocidad y la posición de una partícula, porque esta existe en estados solapados. Es decir, puede estar en dos lugares a la vez. ¡De eso sí sabe mi mamá! De niño, ella siempre estaba en dos cosas, o más, a la vez: ocupándose de que haga los deberes del colegio mientras cocinaba; ocupándose de mi salud a la vez que ella trabajaba; atendiéndonos a mí y mi hermana, acomodando la compra a la vez que me regañaba y me decía «te regaño porque te quiero» (he ahí una vez más la dualidad), y tantos otros ejemplos que les sonaran familiares.
Pero, al seguir leyendo aquel artículo, la propiedad cuántica que más llamó mi atención fue sin duda la del «entrelazamiento cuántico», aquella propiedad que estipula que al afectar una partícula, otra partícula que está «entrelazada» con la primera, también sentirá la perturbación sin importar la distancia que las separa. Al leer eso, mi madre me vino a la cabeza inmediatamente, y no solo de niño, sino hasta el día de hoy. Sé bien que cualquier cosa que me suceda a mí (una simple partícula), mi mamá lo percibirá y lo sabrá al instante y sin que yo se lo diga, ¡y estamos a más de diez mil kilómetros de distancia! Algunos lo llaman amor, otros, instinto maternal. Yo lo llamo «entrelazamiento cuántico maternal», y es real en el mundo donde vivimos.
Les digo la verdad, yo no sé si realmente entendí algo de aquel artículo que leí. Posiblemente, como lo dijo Richard Feynman, ni me enteré de que va la física cuántica. Pero les aseguro dos cosas: Uno, mi mamá tiene propiedades que son de otro mundo, y seguramente las de ustedes también. Y dos, por más que no entienda de física cuántica, al menos entendí de la importancia de la ciencia que la estudia.
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