La consulta de los treinta

Pestañeo más lentamente de lo habitual, y abro mis ojos; con esta orden, el proyector holográfico procede a su activación. Se da inicio a mi sistema operativo, que dibuja pantallas en el cálido aire que domina mi despacho; este, se encuentra junto al salón principal, en el que es mi hogar.

Me hallo sentada en mi sillón articulado. A través del pensamiento, manejo este software. Abro el archivo de Yeon-Keller, la más importante de entre las marcas que poseen un alcance interplanetario.

Corre el año 2071. He probado su tecnología durante doce temporadas. He alcanzado los treinta años, y por ello les debo una respuesta. Me veo en la obligación de comunicarles cuán de satisfactorio ha sido el proceso.

Leo su consulta:

«Yeon-Keller: ¿Qué opina de nuestra marca?».

«Desia Cala: Es habitual oír críticas hacia ustedes, ya que disfrutan de un monopolio. Es vox pópuli que esto fue mal visto en épocas pasadas; no obstante, el invento es absolutamente suyo. Por lo tanto, es justo que tengan la exclusividad de su tecnología de alta predicción. Y así lo dispuso el Consejo. No pienso que la ética empresarial se vea comprometida porque ustedes hayan incorporado un dispositivo en cada elemento electrónico de nuestro país. Tan solo cobran unos céntimos más de lo que les cuesta fabricarlos».

Me encojo de hombros. Espero que con estas palabras tengan suficiente.

«Yeon-Keller: ¿Podría calificar la cadena de aprendizaje que experimentó durante su adolescencia?».

«Desia Cala: Fue algo sobresaliente. Sus videos tutoriales me encantaron, y aquellos ejercicios fueron tan sumamente introspectivos…, que realizarlos fue un gusto. Me resultó muy ameno el verme en diversos escenarios virtuales, como si me encontrara en una plataforma de videojuegos online, escogiendo si quería ir hacia aquí o hacia allá..., dialogando, haciendo shopping, o meditando para despejar dudas acerca de lo que quiero y, sobre todo, cómo lo quiero. Incluso me entristecí, cuando las inteligencias artificiales recopilaron el cien por cien de los datos que se requerían sobre mí».

No me siento bien. Me levanto, y camino hacia la cocina.

Gracias a este dispositivo fabricado por Yeon-Keller, mi robot de servicio es conocedor de mis necesidades, y lo que me gusta, lo que prefiero… En estos instantes, me prepara un chocolate exprés, y me dice que el nivel de azúcar en mi sangre es bajo. Antes de ofrecerme una taza, la enfría ligeramente con la luz que sus ojos emanan, para que así la temperatura esté a mi gusto. Ha introducido la cuchara que tanto me encanta usar en primavera. Entonces me recita uno de mis trescientos sesenta y seis haikus preferidos y, finalmente, me ofrece el recipiente con buenas maneras.

No sé si este chocolate va a aliviarme por completo. Dichosas inquietudes...

Soy madre soltera. Fue mi elección en base a las preferencias personales que he ido decantando en los registros. Ahora mismo, estoy pensando en que el vehículo autónomo ya debería haber vuelto de pasear a mi hijo… ¿Intuyo que algo va mal? No. No es eso; habría recibido un aviso. Y quiero respetar que mi hijo ha deseado tener algo más de independencia.

Vuelvo al despacho, pensando en que este malestar es una tontería pasajera. Voy a continuar con la consulta:

«Yeon-Keller: ¿La implementación de nuestra tecnología le satisface?».

«Desia Cala: Esta vida material no es perfecta, y no va a serlo en mucho tiempo, supongo. Sin embargo, me alegra saber que mi auto-conocimiento es mejor que antes, y que he estructurado mi vida según mis principios, que mis gustos mantienen su originalidad, y que puedo actualizar todos mis datos cuando lo desee. La respuesta es un sí: esto ayuda a mi bienestar, así como a mi felicidad».

No siento ganas de escribir más. Al fin y al cabo, solamente es una empresa.

Vuelvo al salón. Estoy cansada, y me tumbo en el sofá. El robot acerca una silla; se dispone a dar comienzo a una sesión de psicología. La verdad es que mi cerebro lo está pidiendo a gritos.

—¿Querías hablarme de algo? —El robot inicia la terapia en base a la configuración que hice en su día.
—El invento de Yeon-Keller es casi perfecto…; y, sobre todo, esto se debe a sus trabajadores. Mira…, la verdad es que no tengo pega alguna. Solo es que…
—Prosigue.
—¿Esta vida es ideal? ¿Has visto cómo está el mundo al margen de nuestra Europa?
—A los dieciséis años, aprendiste a no responsabilizarte de aquello que era de otros.
—Mantengo que soy feliz, y, que, además, esto otro me disgusta.
—Bien. Escucha estas palabras, y pon la mano sobre tu corazón… ¿Lo notas? No importa el cómo la vida se exprese, ya sea a través de un cuerpo, la naturaleza, la ciencia…; la vida es, en sí misma, un plan para todos nosotros, y este siempre continúa en marcha.
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