Un minuto y medio

Al abrir los ojos, el profesor vio sus propios dedos sobre el botón que tanto ansiaba apretar. Lo acariciaba con tanta suavidad que parecía que estuviese hecho de seda. Aquel era el momento culminante de su carrera, un sueño que ni siquiera se atrevía a expresar en voz alta. Estaba a punto de protagonizar el momento más importante de la historia de la ciencia. ¡No! De la historia de la Humanidad. Y sería injusto negarle esa categoría: el viaje en el tiempo estaba a un solo botón de distancia.
Sentía golpear su corazón contra los tímpanos, la adrenalina recorría cada centímetro de sus venas. Se obligó a respirar profundamente hasta llenar sus pulmones, lo que provocó que el ozono que flotaba en el laboratorio le hiciese sentir un picor suave en el fondo de la nariz.
Desvió sus ojos al papel impreso donde había garabateado una lista de comprobaciones previas a la prueba. Por quinta o sexta vez aquella mañana repasó cada uno de los puntos escritos a lápiz con letra incomprensible para cualquier ser humano, salvo para su autor. Comprobó una vez más que la pila de uranio estaba conectada a la máquina, los medidores confirmaban que la energía fluía hasta los motores. En la interfaz parpadeaba con luz roja -00:01:30, un minuto y medio hacia atrás. El destino que había elegido para aquel primer viaje.
La pequeña batería no tenía la potencia suficiente como para emprender un salto de años o siglos, tan solo unos segundos. A lo sumo cinco minutos, según los cálculos más optimistas del profesor. Pero ese minuto y medio era más que suficiente para comprobar que el prototipo funcionaba. Después, cuando publicase los resultados e hiciese demostraciones en público, no le sería complicado conseguir la financiación para construir una máquina más potente que permitiese que los cronosaltos fuesen tan grandes como la imaginación pudiese concebir.
Recordó los sacrificios que había consagrado a su gran obra. Había puesto en jaque su prestigio al elegir como tapadera un proyecto tedioso que le permitía desarrollar en secreto su gran invento; se había autoimpuesto una severa ley del silencio, no solo ante sus colegas por temor a las burlas que, sin duda, iba a recibir cuando se enterasen de la locura en la que estaba trabajando, también frente a su mujer y a sus hijos, que no comprendían su obsesión por una investigación tan aburrida que ningún otro físico de la Universidad había querido desarrollar.
Y, por cierto, no había sido fácil esquivar la complicada burocracia de la institución que, a través de una montaña inagotable de cuestionarios y el acoso constante de sus superiores, habían indagado en su ocupación. Algunas veces con diplomacia, y otras con la amenaza de cortar la escasa financiación que nutría su investigación, le habían exigido resultados para su proyecto parapeto.
Todo ello ya queda atrás, pensó el profesor. Sonrió con complacencia en la soledad del laboratorio. Había conseguido sobreponerse a centenares de fracasos y al mutismo autoimpuesto para preservar el prestigio de su currículum. Hoy, finalmente, iba a conseguir el mayor hito de la historia de la humanidad. Eso si el aparato funcionaba, claro.
De nuevo desvió los ojos al papel garabateado y se cercioró de que todo estaba en orden una vez más.
—Bien ya está todo listo, sería estúpido comprobar las cosas una vez más —murmuró para sí.
Cayó entonces en la cuenta de que no había pensado en ninguna frase culminante para aquel momento. “Eureka”, “Un pequeño paso para el hombre…”, “Me he convertido en la muerte…”. Bueno, qué más da si al final la mitad de aquellas citas son apócrifas, pensó.
Sin embargo, antes de apretar el botón dejó que de sus labios saliesen las primeras palabras que le llegaron a la lengua.
—Veamos si funciona —se oyó decir con voz ronca.
Vaya frase más estúpida, pensó. Pero daba igual, el éxito de aquel experimento enterraría una nimiedad así. Fue entonces cuando otra idea le pasó por la cabeza y se permitió dibujar una sonrisa divertida.
—Bueno, si da resultado siempre podré cambiarla.
Cerró los ojos y se preparó para el gran momento. Contuvo el aliento durante un segundo y le pareció que su corazón, que poco antes bombeaba con fuerza, ahora se había detenido en seco. Todo su cuerpo temblaba, las piernas le flaqueaban, los dedos tiritaban, el vello de sus brazos estaba erizado. Su índice presionó lentamente el botón hasta que un clic mecánico acabó con el silencio que asfixiaba el laboratorio.
Al abrir los ojos, el profesor vio sus propios dedos sobre el botón que tanto ansiaba apretar. Lo acariciaba con tanta suavidad que parecía que estuviese hecho de seda. Aquel era el momento culminante de su carrera. Un sueño que ni siquiera se atrevía a expresar en voz alta…
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